Hace pocos días participé en la presentación del libro Economía en el cambio climático (Icaria Editorial) en el Col·legi de Periodistes de Catalunya. Su autor es el ingeniero industrial Joan Vila, una persona experta en temas energéticos y profundamente concienciada de la gravedad del cambio climático, que hace incursiones desacomplejadas en el mundo de la economía. El autor reúne una condición que, a mi entender, lo hace especial: es un empresario, concretamente del sector del papel, ámbito en el que, según dice, fabrica el papel más sostenible de Europa, entre otras cosas por la drástica reducción de consumos energéticos, de agua y de fibras, y una larga retahíla de certificaciones ambientales.

He conocido a muchos empresarios industriales a lo largo de mi vida, pero muy pocos que además de dedicarse a su empresa, hagan lo que, por sistema, hace Joan Vila, que es dedicar una parte de su tiempo a pensar, documentarse, valorar, y hacer propuestas sobre temas que afectan al conjunto de la sociedad. Lo hizo hace unos años en su libro sobre la penúltima crisis (La crisis desde la trinchera: economía para empresarios, publicado en 2014) y lo ha vuelto a hacer, esta vez sobre el modelo de desarrollo económico y sobre el grave problema del cambio climático, que hay que abordar seriamente. De lo contrario el planeta se va al garete, nosotros incluidos.

En resumen, el modelo de desarrollo que ha tenido occidente y que ha servido de pauta para los países que se van añadiendo detrás (con China como alumno no solo aventajado, sino liderando la cabecera), ha descansado sobre una sobreexplotación de recursos energéticos, minerales y de materias primas, como si su disponibilidad fuera ilimitada. En la misma línea, se ha tratado el aire del cielo y el mar como si fueran vertederos de libre disponibilidad.

El cambio climático es una auténtica amenaza para el futuro y un síntoma más de la manera inmisericorde en que tratamos el planeta. El modelo económico basado en el endeudamiento y en el crecimiento at eternum son síntomas de cómo nos hemos organizado los humanos que, al entender de Vila, hay que revisar profundamente. Entre otras cosas porque parece que los cimientos de la casa del bienestar material que hemos construido se están pudriendo... Y podría caer en un futuro no lejano.

Vila aporta datos a nivel global y a nivel catalán para defender sus argumentos. Y no se limita a la diagnosis de la situación de los retos energéticos, ambientales y económicos, sino que da recetas (cambio de hábitos de consumo, tasación extensiva del CO2, reparación del daño ocasionado al planeta, decrecimiento, entre otros) y da pinceladas aplicadas a nuestra casa, con calendario incluido, algunas de las cuales inspiradas en actuaciones en curso a su querida Garrotxa.

El problema que tenemos delante no es fácil de solucionar, porque los países que vienen detrás se sienten con el mismo derecho que los desarrollados a aplicar el modelo que utilizaron los adelantados. Los movimientos migratorios del futuro no son independientes de las soluciones que se encuentren.

Consciente de la dificultad de los cambios y del horizonte en el que se plantean, Vila sabe que está sembrando, que los cambios no son de hoy para mañana, que crea un relato de racionalización de los recursos y de frugalidad imprescindible para detener la degradación del planeta, en beneficio no ya de nuestros nietos, sino de nuestros hijos. El autor interpela tanto a los individuos como a los políticos que pueden hacer mucho para corregir la dinámica en la que estamos instalados.

En definitiva, el libro de Joan Vila puede interesar a muchas personas. No solo porque lo ha escrito un empresario que, como todos, se ocupa permanentemente de mejorar la eficiencia, la innovación, la penetración en el mercado, etcétera, sino por otros motivos: su intelecto traspasa las paredes de la empresa y practica la responsabilidad social personal. Apasionado por la economía, hace propuestas con valentía y convencimiento; siempre mira lejos, pone las luces largas sobre los problemas; es realista, nada de lo que propone es imposible, aunque puede tardar más de lo que él querría; piensa en las personas... y en el planeta.

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