Uno de los principales escollos a la hora de cuestionar el alcoholismo social imperante es que quienes consiguen dejar de beber y lo cuestionan se vuelven rematadamente pesados con el tema. Escribo esto el primero de enero sin ni una gota de alcohol en la sangre, habiendo dormido prácticamente doce horas, procurando encontrar la fórmula idónea para poner palabras a mi ley seca particular sin ser un plomo. Hace cosa de dos meses decidí que aquella resaca sería la última y, contrariamente al futuro que se le intuye al narrador de la canción de Mishima, aquella resaca fue, efectivamente, la última. No he vuelto a ello y no tengo intención de hacerlo. Rememoro algunos de los momentos de embriaguez con una cierta grandeza impostada, incluso con un punto de nostalgia y romanticismo. Me los miro, sin embargo, sin querer volver a ellos, despidiéndome como quien hace un corte limpio en su línea temporal y asume que aquella versión de sí mismo ya ha hecho todo lo que tenía que hacer. Aquella piel está agotada, y ahora hay que mudarla. 

He bebido en buenas coctelerías. En el Tàndem, en el Ideal, en el Belvedere, en el Ascensor, en el Gimlet. En la clase de sitios donde la chavalería que empieza la veintena va para sentir que descubre una ciudad nueva y que sacia la necesidad de exprimirla como se exprime el primer amor. He bebido en la clase de bares que antes eran de Pepe, de Juan, de Manolo, y donde ahora Pepe, Juan y Manolo son un señor chino. Son los sitios donde hay la cerveza más barata y, por lo tanto, son la clase de sitios donde una se sienta con las amigas a charlar sobre las incomodidades de hacerse mayor, y las vocaciones frustradas, y los hombres atascados hasta que siente que empieza a echar raíces en la acera. He bebido en las sobremesas de viernes, ratafía tras ratafía, hasta que ha oscurecido. He bebido en la plaza de la iglesia de la Garriga con la clase de gente que te quiere vayas borracha o no. He bebido en todas partes y, a pesar de lo que pueda parecer leyendo estas líneas, nunca he hecho un consumo que me haya impedido cumplir con mis obligaciones de persona ordenada, ni me ha empujado a hacer nada con unas consecuencias irreversibles. Las copas estaban allí, y yo estaba allí, y de vez en cuando pasábamos lo que entonces tenía el aire de una gran noche cogidas del brazo. Bailaba con las copas hasta que las copas me hacían bailar a mí, a menudo llevándome hasta lugares insospechados. O indeseados. 

Más que un problema, el beber era un estorbo. Las mañanas después de la juerga tenía que cargar con el peso de haber sido una persona que no reconocía

Más que un problema, el beber era un estorbo. Las mañanas después de la juerga tenía que cargar con el peso de haber sido una persona que, a la luz del dolor de cabeza y el estómago revuelto del día siguiente, no reconocía. Había explicado cosas que quizás no quería explicar, me había dejado llevar por aquella euforia incipiente que se esconde en el fondo de la primera cerveza. Sabía que no había prestado atención a las señales de alerta, que había cruzado la línea que separa el autogobierno del gobierno de los Moscow Mule. Más que como un instante de liberación, ahora pienso en ello como momentos de esclavitud en los que se batían dos voces dentro de mí y, prácticamente sin opción de diagnosticar el combate interior, siempre ganaba la que alzaba el dedo y bramaba: “¡Camarero, ponme otra!”. Me cuesta desentrañar de qué huía, de qué pensaba que necesitaba liberarme, de qué quería abstraerme. La bebida construía una ficción pasajera y golosa que he podido dejar atrás cuando he recobrado el gusto por la realidad. He dicho basta porque me he hartado de la nebulosa que empañaba las cenas con amigos, que me impedía recordar por qué una noche memorable había sido memorable, que me hacía sentir que el día anterior, durante unas horas, me había fallado. Se dice que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, pero en la culpa de un resacoso descubriréis la intuición de que eso es mentira, porque la lengua del borracho siempre va al ritmo de su propio tambor.

Ahora he cambiado aquella molestia por una batería de molestias nuevas, pero sobre las cuales mando yo. Hay comentarios, obviamente. “Eres muy radical”. “Ya volverás”. “Siempre puedes reducir el consumo y punto”. “A mí me gustaba beber contigo”. “Por una cerveza no pasa nada”. En la mayoría de los reproches he leído el dolor de perder una compañera de copas, más que la alegría de descubrirme una fortaleza renovada que no me conocían. Me parece que es por eso que, como mínimo parcialmente, quienes dejan el trago de un día para otro se hacen tan pesados a ojos de los demás: la posibilidad de su abstinencia apunta a la imposibilidad de abstenerse de aquellos con quienes hasta entonces había bebido el abstemio. También hay preguntas. Buscar las respuestas a los “¿por qué?” me ha ido bien para escribir esta columna, pero para no tener que explicar intimidades haciendo el vermut y fuera del marco controlado de la escritura, siempre acabaría respondiendo “porque sí”. Porque hace cosa de dos meses, sin saber que aquella sería mi última resaca, anhelé una libertad y un sentido de la presencia consciente que el alcohol aparentemente inofensivo me estaba negando, y decidí imponerme. Me he tenido que convertir en el plomo abstemio para que la bebida no sea el plomo de mi vida. En este intercambio de papeles discierno —ahora sí— un combate que he ganado y una satisfacción real, permanente y deliciosa que no se esfumará mañana cuando me despierte.