Todo el mundo sabía desde hacía muchos días que Jordi Pujol, debido al estado de salud cada vez más delicado en que se encuentra, no estaba en condiciones de ser juzgado con plenitud de garantías en la causa abierta contra él y la familia por la procedencia del dinero que durante años tuvieron en Andorra y que mantuvieron escondido del fisco español. Por eso no es extraño que finalmente el tribunal lo haya excluido del caso, como ya pasó en su momento con Marta Ferrusola, su mujer, fallecida en 2024. Pero, para llegar a esta conclusión, no hacía falta hacerlo ir a Madrid para someterlo a un ejercicio de escarnio que prácticamente todo el mundo —siempre hay a quien le gusta hacerse notar y llevar la contraria— ha deplorado.
El 126.º president de la Generalitat tiene, desde hace tiempo, dificultades serias de movilidad —necesita andador para desplazarse— y deficiencias cognitivas severas que le producen lapsus, pérdidas de memoria y bloqueos temporales que lo dejan en blanco. A punto de cumplir 96 años —el 9 de junio—, haberle hecho pasar el suplicio de un viaje de ida y vuelta en coche a la capital de España han sido ganas de querer demostrar quién manda de verdad para que quede claro que es el estamento judicial —la Audiencia Nacional como digna sucesora del franquista Tribunal de Orden Público (TOP)— el que salvaguarda la integridad de la patria española por encima de todo y de todos y el que no tiene piedad ni siquiera con quienes han sido colaboradores leales. Y es que eso es lo que había sido Jordi Pujol como valedor del marco legal autonómico surgido de la transición tras la muerte del general Francisco Franco y como detractor, por tanto, de cualquier veleidad independentista de los catalanes. Él no había comulgado nunca con el independentismo y cuando se acercó a él —en 2017— fue solo por razones puramente circunstanciales.
Jordi Pujol no ha sido exculpado, solo ha sido dejado fuera del caso, y eso a alguien le puede generar la duda de si realmente es inocente o culpable
Todo ello no quita que la historia no lo acabe juzgando como el político catalán más importante de la segunda mitad del siglo XX y como el mejor president de la Catalunya autonómica. Pero para eso todavía falta, porque justamente la exclusión de la causa judicial ha abierto un último interrogante a su alrededor. Jordi Pujol no ha sido exculpado, solo ha sido dejado fuera del caso, y eso a alguien le puede generar la duda de si realmente es inocente o culpable. Por este motivo, a pesar del estado de salud, él quería poder declarar, para ofrecer su versión de los hechos y para manifestarse inocente como ha hecho siempre desde la devastadora confesión de 2014 que causó un auténtico terremoto en la escena política catalana, para contextualizar, como lo ha definido él mismo, el “esguerro”. Es la ambivalencia con la que los suyos han acogido la decisión del tribunal: por un lado, se sienten aliviados porque no tiene que afrontar el trance del juicio y, por el otro, les sabe mal que no pueda explicarse y defenderse públicamente, como habría querido hacer, con la intención de despejar, precisamente, dudas.
Ahora, casi doce años después de que cogiera a todo el mundo a contrapié en un intento de asumir toda la culpa de la suerte que había acompañado a lo largo de los años la “deixa” del abuelo Florenci —su padre— y evitar que recayera sobre la mujer y los hijos, lo que quedó en evidencia desde el primer momento que no conseguiría, el 126.º president de la Generalidad se encuentra prácticamente rehabilitado desde el punto de vista político. La decisión, en este sentido, de Salvador Illa de incluirlo con toda normalidad en la tanda de entrevistas que, en el momento de asumir el cargo, mantuvo con sus predecesores y el hecho de declararse admirador de su obra de gobierno han sido determinantes para que, cuando menos desde el punto de vista institucional, la imagen quedara restaurada. Y desde entonces ha asistido a actos diversos siempre que ha sido invitado. Otra cosa es el legado político y la consideración social, que no queda claro que haya transcurrido tiempo suficiente como para que todo permanezca como si nada hubiera ocurrido.
El tiempo dirá si la sociedad que había confiado en su persona y a la que tanto decepcionó está en condiciones de pasar página. La decepción fue muy grande y hubo mucha gente de buena fe que se sintió legítimamente engañada y que quizás todavía no lo ha digerido del todo. Él intentó explicarse ampliamente en el libro Entre el dolor i l’esperança, que apareció en 2021 y que, en formato de entrevista con el periodista Vicenç Villatoro, puede considerarse, a caballo entre la rendición de cuentas y la asunción de culpas, su testamento político. Jordi Pujol hace un esfuerzo de honestidad para tratar de recuperar la confianza que sabe que ha perdido y que sabe también que, aun así, no será fácil justamente de recuperar. Un texto, en todo caso, que cinco años después sigue siendo una obra de referencia para entender los últimos años de su vida política.
En cuanto al legado político propiamente dicho, hay un elemento clave que él nunca ha entendido: ¿por qué se prescindió de una marca de éxito como lo era CDC? Aquí la respuesta la tiene Artur Mas, que creyó que la mejor manera de superar el shock provocado por la confesión de que él y la familia habían tenido dinero escondido en Andorra era hacer desaparecer a CDC y crear otra marca. Pero a la vista está que se equivocó porque el resultado, el PDeCAT, fue un auténtico fiasco que ya hace tiempo que ha tenido que bajar la persiana. Y, con el JxCat de Carles Puigdemont, de entrada no acabó de sintonizar e incluso dio a entender que en aquel momento se encontraba más cómodo con la ERC de Pere Aragonès y Oriol Junqueras. Hoy, mal que bien, JxCat se ha resituado en la línea sucesoria de CDC y las cosas han regresado más o menos a su lugar.
Para Jordi Pujol, sin embargo, nunca será lo mismo. En todo caso, todos los que lo han sucedido en la presidencia de Catalunya y al frente del partido han bajado tanto el nivel que al final entre todos han contribuido a hacerlo mejor de lo que muchos creían. Y el tiempo dirá el resto, porque solo el tiempo podrá despejar definitivamente las dudas que aún lo rodean.