El fútbol es política. De hecho, a quien escribe, la política es la única parte que le interesa del fútbol. Un Mundial de fútbol es un torneo deportivo entre Estados que aprovechan el deporte para homogeneizar y unificar las identidades nacionales que lo conforman bajo un paraguas común: el del nacionalismo de Estado, que se quiere por encima de todo lo que considera capas de identidad subalternas. Con una apariencia inofensiva, festiva, con toda la carga sentimental que ya impregna el fútbol habitualmente, el nacionalismo banal induce el tipo de disociación que hace que el catalán despolitizado banalice el ejercicio de adscripción nacional que supone animar a la selección española. El problema de tu amigo catalán, del chaval —imaginario o no— con quien te cogiste las manos en la vía catalana cuando erais adolescentes y que ahora cuelga instantáneas con la camiseta de la selección española, es que, como no ha politizado su catalanidad, es carnaza fácil para la política subliminal que administra el Estado.

Podemos culpar al amigo catalán que anima a la selección española de ser blando. Podemos culpar al amigo catalán que anima a la selección española de ser desleal. Podemos culpar al amigo catalán que anima a la selección española de ser manipulable, de no ofrecer resistencia intelectual —ni prácticamente espiritual— a la euforia colectiva de un colectivo que se vertebra en el objetivo de hacer desaparecer la lengua, la cultura y la nación del amigo catalán. No podemos culparlo, sin embargo, de identificar su catalanidad con un cierto sentimiento de derrota, porque la única vez que el amigo catalán en cuestión participó consciente y activamente de la vida política de su país, aquellos en quienes el amigo catalán depositó eufóricamente su confianza la malbarataron. Más allá de eso, sin embargo, el amigo catalán no ha hecho el esfuerzo de descubrir la profundidad histórica, estética, política, gastronómica, literaria o artística que hace y explica su catalanidad, una identidad de siglos. Que el acceso a la propia catalanidad pida este "esfuerzo" y que la españolidad sea percibida como lo natural es consecuencia directa de la violencia y la represión política que el Estado español ha ejercido reiteradamente sobre nuestro país con afán asimilador, pero esto, por supuesto, el amigo catalán no se lo cuestiona.

El amigo catalán que anima a la selección española ha ido cultivando, inconscientemente, un cierto autoodio

Tu amigo catalán, que es un poco perezoso, pero que sobre todo es muy influenciable, bebe acríticamente de los referentes culturales españoles. No se pregunta si podría tener los suyos propios o, si se lo pregunta y busca, acaba bebiendo de referentes catalanes que folclorizan su propia catalanidad. El amigo catalán que anima a la selección española ha ido cultivando, inconscientemente, un cierto autoodio. Digamos que su blandura con todo ello empezó antes de decir que la camiseta blanca de la selección española tiene "aura". O antes de decir que, al fin y al cabo, juegan muchos catalanes. Tu amigo catalán que anima a la selección española no puede poner en cuarentena la sed de sumarse a una victoria colectiva, la que sea. Te pide que lo entiendas, te explica que "al final, la gente va con quien gana"  y tú, que sabes que cada partido de la selección española se emplea contra aquello que eres, no te acabas de creer que tu amigo catalán celebre con tanta ingenuidad los goles contra sí mismo

En este punto de la columna, ya podemos afirmar que tu amigo catalán que anima a la selección española es un poco gilipollas. Ya lo sé, que no lo vas a volver a mirar igual. Que te has empezado a dar cuenta de que, como un adolescente a quien ponen una pantalla delante por primera vez, parece que no tiene otra personalidad que lo que absorbe borregamente de Instagram. Que no tiene ningún sentido del gusto propio, que incluso el deseo de dónde ir de vacaciones se lo ha dictado el algoritmo. Que no se ha cultivado ninguna herramienta moral ni política para plantearse cuál debe ser su lugar más allá de las corrientes de las mayorías. Tu amigo catalán que anima a la selección española ha elegido obviar que sus abuelos nunca aprendieron a escribir en catalán por culpa del mismo nacionalismo del que hoy su nieto celebra los goles. Y a mí, en el fondo, me sabe mal por tu amigo catalán, porque pensando que su catalanidad lo hace pequeño, y derrotado, y amargado, y poca cosa, animando a la selección española con el anhelo de celebrar algo, el derrotado, en realidad, es él.