Sorprende ver cómo se minimiza un atentado, por más fallido que haya resultado, si la víctima es Donald Trump. Sobre todo cuando quienes bromean sobre una supuesta performance del estrafalario dirigente sean quienes años atrás pusieron el grito en el cielo por unas balas viejas metidas en un sobre que fueron enviadas al entonces líder de Podemos, Pablo Iglesias, y al ya ministro de Interior, Grande-Marlaska. El contexto entonces fueron las inminentes elecciones, tan contexto como para que, superada con pésimo resultado aquella contienda electoral, no volvieran a acordarse del tema, ni recurrieran el archivo de las actuaciones por ausencia de pruebas sobre su autoría.
Es fácil aventurar que el desgraciado incidente, producido en el Washington Hilton, como ya en alguna otra ocasión, se haya convertido en oportunidad para que el presidente estadounidense desvíe la atención y el foco mediático respecto de aquellos asuntos internacionales en los que las cosas no están sucediendo como desearía o previó (tal vez sí, por supuesto; con Trump casi todo es posible) y que están contribuyendo a acelerar la erosión de su liderazgo y credibilidad. Le sirven también, además, para criticar a los adversarios políticos, a quienes atribuye la incentivación de la violencia hacia su persona, y por supuesto a los medios de comunicación de todo pelaje, por quienes siente manifiesta animadversión y a quienes considera responsables de una vergonzante connivencia con el Partido Demócrata y todo el espectro electoral que lo sustenta.
Sánchez parece querer tapar con algunas ocurrencias verbales —luego contradictorias con sus hechos— su grave crisis interna
Pero algo parecido podría decirse en España de Pedro Sánchez, operando, en este caso, en el sentido inverso. Nuestro presidente parece querer tapar con algunas ocurrencias verbales —luego contradictorias con sus hechos— su grave crisis interna: mientras dice la obviedad de “no a la guerra”, olvidamos que todos los frentes de su gobierno hacen aguas, que no ha resuelto ninguno de los problemas domésticos que constantemente denuncia desde cualquier atalaya que se preste, que no consigue el mínimo consenso necesario para aprobar unos presupuestos, que tiene inmersos en causas judiciales penales a familiares, amigos y conocidos, de cuya vigilancia él es responsable y cuyas corruptelas, permitidas o desconocidas por él, corren paralelas a la duda creciente sobre el origen de su liderazgo en el partido.
Sánchez se dedica también a la constante demonización del adversario político, de la justicia que no le da razón y de todos aquellos medios a los que, por discrepar de sus posturas, mete en un mismo saco, al que denomina “máquina del fango”, junto con activistas heterogéneos de las redes sociales a los que está en vías de cancelar con su proyecto HODIO, aunque lo anunció y nada nuevo se ha vuelto a saber.
Aunque aquello sea Extremo Occidente respecto de este nuestro; en general, se expande por el mundo una idea claudicante de democracia. Quienes más se llenan la boca con el término, menos la defienden. Quizás porque han llegado a la conclusión de que los gigantes de este mundo global, sean estados o corporaciones sus sujetos principales, no beben desde hace tiempo (o desde siempre) de la voluntad popular. Se parecen más de lo que cualquiera de los dos desearía. Aunque uno de ellos goce de mejor estética, su ética es parecida.
