Estamos en pleno mes de mayo y todavía arrastramos las escurriduras del último intento del españolismo de convertir la Feria de Abril en una celebración catalana. Toda ocasión es buena y aprovechable cuando la intención es la de popularizar entre los catalanes la idea de que la catalanidad real, la que está en contacto más estrecho con la verdad, la catalanidad que, por lo tanto, está más cerca del bien moral, es aquella que asume una cuota de españolidad, la tolera y la considera necesaria para su aceptabilidad. En estos términos, la catalanidad presentable es aquella que se entiende a sí misma como una identidad subalterna, de manera consciente o inconsciente, como un añadido que en ningún caso puede ser ajeno a la españolidad, porque la una hace de vehículo de la otra. Es curioso, porque esta última afirmación une al españolismo supuestamente blando de la izquierda española con el españolismo tradicionalista de la derecha. El hecho es que, por un lado o por el otro, el nacionalismo de Estado que el Estado que nos ocupa promueve se encarga de reconfigurar la moral para poder reconfigurar nuestra identidad. Y lo hace con el fin último de que la españolidad no solo nos parezca necesaria, sino también propia. 

Cuando los académicos españoles aprovechan la Feria de Abril para hablar de "realidad", lo que hacen es catalogar de falacia la catalanidad desprendida de influencia castellanoespañola. Me hace pensar en una de las tesis de Ferran Sáez en La fi del progressisme il·lustrat, en la que narra cómo determinadas ideologías vinculan sus planteamientos a lo que es natural para que el resto de marcos ideológicos siempre puedan ser señalados de artificio. Y tiene narices que la cosa sea así: en esto que nos ocupa, quien se sirve de estos parámetros tramposos defiende que lo natural es la ocupación y el genocidio lingüístico y cultural que promueve el Estado español. Y el artificio, pues, es la catalanidad que no se doblega. Cuando el españolismo de izquierdas se refiere a la Catalunya plural y diversa, lo que hace es ligar la pluralidad y la diversidad a la presencia española y vincular la falta de españolidad —o la integración total en la catalanidad— al aislamiento, a la amargura, al tipo de carácter que tiene miedo al progreso. Porque —¿lo veis?— progresar también es aceptar la ocupación española. Y llamarla por su nombre y combatirla es una amenaza a la convivencia, una falta a la verdad, una visión retrógrada desligada del presente del mundo. Un presente, digámoslo todo, al que solo puedes acceder si te mantienes español en Catalunya, y si te haces un poco más español en caso de ser catalán. 

Ya lo sabéis, estimados compatriotas catalanes: esto que hacéis de contestar, y de defenderos, y de cuestionar la 'realidad' que el españolismo impone, está mal. ¡Portaos bien!

Desafortunadamente, este juego de asociaciones es más efectivo de lo que pensamos en muchos de nuestros compatriotas. De una manera u otra, acoplar a la españolidad todo lo que por defecto se asocia al bien moral es un mecanismo que, empleado sobre un pueblo que lleva siglos sufriendo la represión política, está pensado para hacernos sentir mal. Parece una herramienta estúpida, tan chantajista y evidente que es aparentemente infantil, desmontable, pero el nacionalismo de la nación de Estado está pensado para avivar la culpa de la nación minorizada, especialmente sobre los pilares que la mantienen en pie. 'Esto que haces está mal', a la luz de las violencias heredadas que cargamos por el hecho de ser catalanes, no es una afirmación cualquiera: es una amenaza. Y vivir bajo la sombra de la amenaza de manera sostenida conduce al tipo de indefensión aprendida de la que el catalán solo puede deshacerse politizándose. Por eso, también, las renuncias del procés y el desencanto político —instigado por la propia clase política— nos han dejado tan consumadamente desarmados

Todo lo que es bueno y bello es español porque, así, todo lo que no sea español será una transgresión artificiosa, fraudulenta, pérfida, ruin. Antinatural, en definitiva. E irreal. Este es el marco moral que promueve el españolismo en Catalunya porque es lo que les permite mantener a los españoles españoles, detener sus posibilidades de integración y, a la vez, españolizar a los catalanes, que, incomunicados de las raíces políticas nacionalistas que les permitirían oponer resistencia, se someten a la españolización, convencidos de que hacen lo que es mejor —sin preguntarse para quién es mejor, evidentemente. Solo con el propósito de ahorrarse la incomodidad y el precio del cuestionamiento. La enésima muestra de que la cosa funciona como aquí la he descrito es que Arantxa Tirado, la académica con la que empezó en X la polémica de la Catalunya real y la Feria de Abril, se ha escudado de la columna de Daniel Vázquez Sallés aduciendo un "linchamiento". Porque ya lo sabéis, estimados compatriotas catalanes: esto que hacéis de contestar, y de defenderos, y de cuestionar la "realidad" que el españolismo impone, está mal. ¡Portaos bien!