El rey de los lagartos gigantes, el Tyrannosaurus rex, ha sido el depredador más grande que ha caminado jamás sobre la superficie de la Tierra. Con el cráneo gigantesco, mandíbulas poderosas y colmillos terroríficos, una longitud total de 12 metros de largo y hasta 8 toneladas de peso, su paso hacía temblar la tierra por donde pasaba, pero se extinguieron junto con la mayor parte de los dinosaurios hace unos 66 millones de años, cuando un asteroide impactó en la Tierra, en la región actual de Yucatán. Es innegable la fascinación que ejerce este dinosaurio extinto en nuestro imaginario.
Se han encontrado restos fósiles de T. rex adultos, pero también de individuos más jóvenes. Los cálculos que se habían hecho hasta ahora eran que los T. rex podían crecer muy rápidamente y pasarían la mayor parte de sus aproximadamente treinta años de vida dominando su hábitat con su volumen y voracidad. Sin embargo, en las especies fósiles es muy difícil extraer información sobre cuáles fueron sus patrones de crecimiento y desarrollo, en parte porque el registro fósil no siempre es completo, faltan huesos o faltan individuos de edades intermedias. Además, hay características que se presentan en los adultos, pero no en los jóvenes, o viceversa, lo que puede confundir la asignación a una misma especie. Os preguntaréis, ¿cómo se ha calculado que la longevidad de los T. rex era de treinta años? Una forma de calcular la edad de los organismos extinguidos es mirando los anillos de crecimiento (de forma similar a los anillos de crecimiento de los árboles) en los huesos de los fósiles a estudiar. Se puede efectuar este análisis, por ejemplo, en la dentina de los dientes de restos humanos antiguos y se pueden detectar isótopos de elementos químicos incorporados a la dentina, e inferir cuál era la dieta y el origen geográfico de personas que vivieron hace muchos años (como ya os expliqué en otro artículo). En cuanto a fósiles tan antiguos, es más fiable estudiar los anillos de huesos más grandes, como el fémur, que crecen mucho anualmente. Los fémures de los T. rex adultos son tan grandes como troncos de árboles. De esta manera se realizaron los primeros cálculos de la longevidad de los fósiles más grandes.
Recientemente, sin embargo, un equipo de investigadores decidió estudiar la edad de diecisiete especímenes distintos de T. rex procedentes de distintos museos e instituciones estadounidenses. Estos científicos han perfeccionado esta técnica histológica de los huesos, extraen cortes tan finos que son casi transparentes y pueden analizar los anillos de crecimiento con refracción de luz polarizada, lo que les da una mejor precisión en la identificación y medida de los anillos. Sus resultados son muy interesantes: en primer lugar, descubrieron que no todos los anillos tenían la misma separación. Si los animales hubieran crecido durante toda su vida al mismo ritmo, esperaríamos patrones de crecimiento homogéneo y separaciones muy similares entre los anillos. Si, como se había postulado previamente, el período de crecimiento se hubiera concentrado al inicio de la vida, de forma que rápidamente los tiranosaurios jóvenes hubieran alcanzado su tamaño final, deberían haberse distinguido claramente unos anillos muy amplios al inicio y muy estrechos o casi inexistentes hacia el exterior del hueso, señal de que el animal habría alcanzado su tamaño máximo; pero no es eso lo que encuentran.
No solo debemos pensar en el T. rex, el gigantesco rey de los saurios, sino que también tenemos evidencias de la coexistencia con otras especies de tiranosaurios, como el Nanotyrannus, un gran depredador en miniatura
Lo que revela la histología de estos cortes de hueso es que los T. rex crecían a lo largo de toda su vida adulta, pero de forma variable. Se encuentran regiones con anillos de crecimiento muy separados, señal de crecimiento muy rápido en poco tiempo, alternadas con regiones de anillos estrechos. Los investigadores deducen que estos dinosaurios adaptaban su crecimiento a factores externos, seguramente, a la cantidad de comida que tenían. Por lo tanto, el patrón de crecimiento de cada tiranosaurio cambiaba según si era época de abundancia o época de escasez de alimento, lo que muestra una gran flexibilidad en el patrón del desarrollo. El hecho de que pudieran crecer de forma ajustada al alimento también aseguraría que pudieran sobrevivir mejor, ya que para mantener su gran volumen, debían ingerir una gran cantidad de comida.
Además, estos resultados les permiten concluir que los T. rex vivían mucho más tiempo de lo que se pensaba, porque los adultos más grandes tendrían alrededor de los 45 años, y la mayor parte de la vida de estos animales, o, como mínimo, las primeras décadas, tendrían un tamaño mucho más ajustado, lo que haría que compitieran con otros depredadores de tamaño similar. Aunque queda mucho por investigar, parecería que los animales jóvenes, de tamaño más pequeño, pero más rápidos, podrían cazar, mientras que los más grandes podrían cazar o alimentarse de presas más grandes, pero envejecidas o enfermas.
Dentro de los diecisiete esqueletos de tiranosaurio analizados, han encontrado a dos individuos de tamaño más pequeño que no se ajustan a las medidas observadas en los demás individuos del mismo tamaño. De hecho, a pesar de tener un tamaño correspondiente a un animal juvenil, presentan diferencias significativas en la histología ósea que indicarían que quizás no pertenecen a la misma especie. Este no es un resultado menor, ya que existe algún otro resto fósil que ya se había propuesto que no correspondería al gran T. rex, sino a otra especie de tiranosaurio más pequeño, llamada Nanotyrannus. La existencia de esta especie fue propuesta cuando se encontró un cráneo fósil (pero, desafortunadamente, sin otros huesos conservados), pero otros investigadores opinaban que, en realidad, se trataba de un tiranosaurio joven. Un artículo recién publicado en la revista Science, sin embargo, ha demostrado que los huesos ceratobranquiales (huesos alargados entre las mandíbulas inferiores a los que se unen los tendones de la lengua) también presentan anillos de crecimiento. El estudio de estos anillos demuestra que no se trata de tiranosaurios jóvenes, sino que son especímenes adultos, por lo tanto, una evidencia potente a favor de la existencia de los Nanotyrannus, lo que encajaría también con los dos fósiles de tamaño más pequeño que hemos comentado anteriormente.
Así pues, no solo debemos pensar en el T. rex, el gigantesco rey de los saurios, sino que también tenemos evidencias de la coexistencia con otras especies de tiranosaurios, como el Nanotyrannus, un gran depredador en miniatura.
