Dicen los que saben que, además de la lógica perversa del aumento de las temperaturas por culpa del cambio climático, la proliferación de incendios terribles se debe a tres factores clave: el crecimiento urbanístico descontrolado en zonas sin vías de evacuación segura; la falta de gestión de los bosques, que crean grandes cantidades de biomasa; y el despoblamiento rural. Hay que añadir además el problema de la falta de limpieza de la vegetación donde hay torres de alta tensión, o el abandono de las prácticas tradicionales como el pastoreo o la recogida de leña. Y también es una crítica recurrente el exceso de bomberos temporeros en muchas zonas del Estado, a diferencia de las plantillas de bomberos profesionales que hay en Catalunya. No hace falta decir que, además, existe el factor humano de la negligencia o, directamente, la intencionalidad, que completan el anillo de fuego que arrasa de manera trágica.
Con todos estos factores, ¿dónde se acota la responsabilidad política que de ninguna manera puede ampararse en la pura fatalidad? Y es aquí donde, como ocurre a menudo en la política, los números dicen más que las palabras, sobre todo porque dejan clara una realidad letal: la opción de la prevención queda relegada a números irrisorios. Esta es la realidad en cifras: a pesar del aumento de grandes incendios y las previsiones pesimistas a futuro, la inversión estatal y autonómica en prevención ha caído en más de un 50 %. De los 364 millones de euros anuales dedicados exclusivamente a la prevención que había en 2010, se ha pasado a 175 millones anuales. Al mismo tiempo, por culpa de las trabas burocráticas y la mala gestión de las administraciones, los fondos europeos Next Generation, que justamente debían ser un motor para la transición ecológica y la protección de los bosques, no se han ejecutado. En total hay más de 312 millones de euros de estos fondos europeos retenidos, precisamente los que debían ser para la "gestión forestal sostenible" y la prevención. En porcentaje, no se han ejecutado más del 80 % de los fondos, que quedan atrapados en las redes burocráticas.
Es la política de la inmediatez, de ponerse la medalla al instante, de buscar resultados a corto plazo que puedan venderse fácilmente. Lo de pensar en las nuevas elecciones, y no en las nuevas generaciones
Para acabar de remachar el clavo, mientras se reducen los fondos para prevención y se tiran a la basura los fondos europeos que debían gestionar los bosques, el coste para apagar incendios se dispara hasta cifras espeluznantes. El año pasado, el coste de apagar incendios llegó a los 6.700 millones, según los cálculos de Greenpeace, y dado que este año ya se duplican las hectáreas quemadas (130.000 hectáreas hasta ahora), es previsible que la cifra también se duplique.
Esta es, pues, la tremenda y perversa ironía de la situación: no se dedican las inversiones mínimas para gestionar los bosques y retirar la biomasa, y tampoco hay un mínimo de pudor para no perder los fondos europeos que deberían ayudar a esta prevención. Como consecuencia, los incendios encuentran terreno abonado para descontrolarse, y entonces se tienen que gastar miles de millones para apagarlos. Por el camino, el fuego deja vidas, familias, patrimonios destruidos y miles de hectáreas arrasadas. ¿Cómo es posible que no haya una política responsable en prevención, cuando los indicadores apuntan hacia un escenario creciente de fuegos? La respuesta da miedo: políticamente, se prefiere gastar dinero en apagar fuegos en verano antes que destinar millones en invierno a gestión de bosques, porque la prevención es una tarea gris que no sale en las noticias. Es la política de la inmediatez, de ponerse la medalla al instante, de buscar resultados de corto plazo que puedan venderse fácilmente. Aquello de pensar en las nuevas elecciones, y no en las nuevas generaciones... No se puede combatir fácilmente el cambio climático, pero se puede preparar el terreno para dificultar sus estragos, y es aquí donde la política falla estrepitosamente.
Acabo con un apunte final que da bastante asco: la pelea de poca monta entre la presidenta Díaz Ayuso y el ministro Óscar Puente, lanzándose "mamarrachos" por la cabeza. ¿Qué se han creído que son estos personajes, para dedicarse a hacer peleas políticas de barro en medio de una desgracia que afecta la vida de miles de personas? Que callen, que dejen de hacerse fotos, que no enturbien. Si no han sido capaces de gestionar la prevención, ahora que el fuego quema, que no estorben. Silencio. La tierra llora.
