Me cuesta entender que haya quien se eche las manos a la cabeza, anticipe desastres y augure el advenimiento de los peores fantasmas ahora que parece que hay —como mínimo— una parte de la Iglesia que tiene a los jóvenes en la puerta, como quien espera para entrar. Durante años se ha dicho que la Iglesia tenía un problema de comunicación, y ahora que la presencia de católicos en las redes es una evidencia, parece que el problema es que la Iglesia no los puede “controlar”, en palabras del antropólogo Manuel Delgado. Durante años se ha solicitado, desde un sector de la Iglesia, que el laicado tuviera más presencia en la vida de la institución y que, a la vez, hubiera más espacios para los jóvenes. Ahora que parece que con Hakuna o con Effetá y Emaús esto ocurre —bueno, en estos movimientos también hay religiosos implicados—, parece que son “sectarios” y que “ha habido abusos”, sin especificar, en palabras de Vicenç Lozano. De Vicenç Lozano, aprovecho para decir que hay que tomarse todas sus declaraciones con pinzas: cualquiera que esté un poco al tanto de lo que ocurre en la Iglesia se da cuenta de que quien es el informador de referencia sobre las “sombras” del Vaticano en los medios catalanes sirve poco más que desinformación. En definitiva: parecía que el problema de la Iglesia, para quienes tienen una idea muy concreta —equivocada— de progreso, era la jerarquía y el anacronismo, pero cuando una parte de la Iglesia sí que ha adaptado las formas y ha incorporado a los jóvenes, el problema es si los sectores objeto del cambio son más o menos conservadores. Ya podríamos haber empezado por aquí, pues.
Durante décadas, sobre todo en Catalunya, también dentro de la Iglesia, ha sonado la cantinela de que la clave para rejuvenecer a los feligreses era un cambio de fondo: la Iglesia tenía que adaptar su doctrina, modernizarla, para conectar con las nuevas generaciones. El tipo de movimientos que aquí nos ocupan han dejado esta tesis en entredicho, ya que, sin ningún cambio doctrinal, valiéndose de las herramientas comunicativas de su época, se han convertido en la puerta de entrada de muchos jóvenes a la fe. Cuando se lee la Iglesia en términos parlamentarios, políticos, terrenales, la tendencia es la de pensar que el progreso intraeclesial equivale a una adaptación de fondo a las modas ideológicas del mundo. Pero estos movimientos han adaptado la forma, y su éxito apunta al inmovilismo de una parte de la Iglesia —también catalana—, que durante décadas ha creído que bastaba con dos guitarras en el altar para decir: “hemos hecho todo lo posible, pero la fe ya no interesa a las generaciones que suben”. Diría que una parte de este inmovilismo se ha producido, precisamente, porque se ha dado por muerto antes de tiempo lo único que tiene la fuerza para resucitar eternamente.
Lo que la fe ofrece, lo que la conciencia de la presencia de Dios en la vida de uno mismo infunde, no lo puede ofrecer ninguna otra cosa. En un momento histórico, cultural y político que sumerge a los jóvenes en la incertidumbre, en el individualismo, en la soledad y en un relativismo que priva a los compromisos de sentido, los jóvenes se acercan a Dios porque anhelan autenticidad, belleza, trascendencia y solidez. El triunfo de los movimientos en cuestión no se basa en ninguna conspiración, y quizás habría que dejar de hacer titulares como “qué hay detrás de…”. Lo que hay es gente, religiosa y laica, que ha identificado las consecuencias de la falta de Dios en la vida de las generaciones más jóvenes y que ha ofrecido una propuesta para acercarse a Él. Que han entendido que el desencanto y la desesperación instigados por el nihilismo cultural necesitan algo más que una asamblea de barrio, unos valores y la repetición tartamudeante de todas las críticas que los sectores más anticlericales de la sociedad hacen al clero.
Quizás Hakuna o Effetá no sean lo que muchos querrían, o que muchos querríamos, pero son un síntoma, y su éxito revela unas verdades que no se deberían menospreciar
La buena lectura del momento espiritual de los jóvenes no hace que sean movimientos sin mácula, por supuesto. Y no priva de verdad a la alerta que los obispos españoles hicieron al respecto: son movimientos que hacen una aproximación a la fe netamente sentimental y, por lo tanto, superficial. Con un toque evangélico, por cierto, incómodo para quien aquí escribe. En el caso catalán, además, son movimientos que funcionan netamente en español y, por lo tanto, su éxito puede facilitar que prenda la idea en el seno de la Iglesia catalana —o lo que queda de Iglesia que funciona en catalán— de que lo que hace falta para atraer jóvenes es españolizarse. Pero habiendo entendido las claves de su éxito sin renegar de ellas y, sobre todo, sin demonizarlos para desacreditarlos, diría que es más fácil remediar sus externalidades negativas o, incluso, copiar su fórmula para revitalizar otros sectores eclesiales.
¿Que los jóvenes que se vinculan a estos movimientos no se vinculan a su parroquia? Que se ofrezcan en la parroquia en cuestión, en la medida de lo posible, propuestas para jóvenes —grupos de fe, de revisión de vida, conferencias— que les puedan parecer atractivas. Quizás no basta con guitarras. ¿Que los jóvenes que se vinculan a estos movimientos no tienen formación y hacen una aproximación a la fe netamente sentimental, que, por cierto, también los hace más manipulables? Formadlos. ¿Que los comunicadores católicos en las redes pueden hacer una interpretación sesgada de la doctrina de la Iglesia? Que las posiciones “jerárquicas” de la Iglesia tengan presencia en las redes para hablar en primera persona. Ya hay quienes lo hacen, por cierto: la comunicación de la Iglesia “institucional” en Estados Unidos es impecable. ¿Qué herramientas está ofreciendo actualmente la Iglesia y, concretamente, las parroquias catalanas, para la formación espiritual de jóvenes adultos que buscan respuestas? ¿Por qué la mayoría de los curas con quienes hemos hablado mi novio y servidora para enfocar el curso de preparación prematrimonial nos han remitido a los grupos de Hakuna?
La obsesión de una parte de la Iglesia catalana con una idea de modernidad de hace cuarenta años les está impidiendo ver que toda esta efervescencia espiritual joven la pueden jugar a su favor. Y que la sed de Dios, que es profunda y persistente, precisamente porque se trata de propuestas sentimentales y superficiales, no la podrán saciar por sí solos los movimientos en cuestión. En mi entorno social, que entiendo que no es representativo, pero que es el que me queda cerca, esta efervescencia espiritual en jóvenes catalanes se manifiesta en un interés por las tradiciones y en un vínculo con el trasfondo de la cultura popular, que en nuestro país casi en todos los casos es religioso. De alguna manera, hay quien entiende que el arraigo conduce a la trascendencia. Este tipo de itinerarios también necesitan mapa y acompañamiento, pero mientras tachamos de reaccionaria cualquier tipo de inquietud espiritual y atisbamos conspiraciones de extrema derecha en cualquier entorno religioso donde haya jóvenes, perdemos capacidad de anticiparnos y, sobre todo, de diversificar —o de reflejar la verdadera diversidad de la Iglesia— las propuestas que brindamos para quienes justo ahora se incorporan. Quizás Hakuna o Effetá no sean lo que muchos querrían, o que muchos querríamos, pero son un síntoma, y su éxito revela unas verdades que no se deberían menospreciar. Sí, parece que la gente joven quiere volver a casa. Ahora que están aquí, que los tenemos a las puertas, haced que entren.
