Esta semana una persona me pedía recomendaciones sobre cómo responder a una entrevista para un medio de comunicación. Le habían contactado para explicar un asunto muy técnico y, debido a la importancia de la cuestión le perturbaba la posibilidad de no saberse explicar, de ponerse nervioso, o lo que es peor, de ser interrumpido, enfrentado a alguien por sorpresa, y que su imagen pudiera quedar dañada. Ciertamente tenía razones para estar preocupado, puesto que es bastante frecuente ver cómo los medios despellejan a personas que acuden a ellos pensando que podrán dar su opinión, informar y salir bien parados.
Es bastante frecuente ver cómo los medios despellejan a personas que acuden a ellos pensando que podrán dar su opinión, informar y salir bien parados
No es la primera vez que alguien me plantea sus “miedos” cuando tiene que sentarse frente a un periodista. Quienes estamos expuestos a los medios de comunicación y hemos respondido alguna que otra entrevista sabemos el tipo de terreno tan peligroso del que estamos hablando.
Al principio, la primera vez, piensas que has sido llamado porque al otro lado consideran que tienes “algo interesante que decir”, algo por lo que mereces que el foco se ponga sobre ti y tu voz sea amplificada. Puede que caigas en manos de una persona con ética y profesional que se ciña a hacer su trabajo: preguntarte por aquello que se considera de interés al público y plasmar tus respuestas haciendo que tú mismo te sientas orgulloso de haber sabido transmitir aquello que querías decir. Esto, que debería ser la norma, por desgracia no siempre sucede: en demasiadas ocasiones el entrevistado se siente traicionado y considera que aquello que ha sido publicado no corresponde con lo que él había dicho.
Hace años que trabajo en medios de comunicación. Llegué después de haber estado “al otro lado” y vivir en primera persona las consecuencias de la falta de ética, de la falta de rigor y de profesionalidad. Como se suele decir, las he vivido “de todos los colores” y no hay mejor manera de aprender que experimentando casos flagrantes de aquello que no se debe hacer.
La primera experiencia brutal que recuerdo la viví cuando, al ser entrevistada en el programa de Ana Rosa Quintana, apareció en escena Alfonso Rojo. (https://www.telecinco.es/elprogramadeanarosa/politica/beatriz-talegon-cierra-la-boca-a-alfonso-rojo_0_1556625251.html) Para contextualizar el momento, apunto que hacía bastantes años que yo vivía fuera de España (en ese momento en Austria) y desconocía por completo quién era aquel señor.
Así que yo, absolutamente confiada, esperé sus preguntas con una sonrisa. Recuerdo que comenzó dirigiéndose a mí en un tono un tanto extraño, llegando a afirmar, de entrada que yo “no había dado un palo en mi vida”, incluso que “no había terminado mi carrera universitaria“. Mi cara era, como se suele decir, “un poema”.
No sabía si estaban gastándome una broma y tardé unos instantes en reaccionar. Lo hice y recuerdo la amarga sensación de presenciar en directo una mentira soltada con toda la intención de manchar mi imagen “porque sí”.
Tuve que aprender a marchas forzadas que cuando me llamaban para una entrevista debía prepararme “para lo peor”. Mis palabras serían utilizadas como jamás podría haber sospechado, se buscaría el titular más provocador y me utilizarían para batallas que no eran la mía. Aprendí que algunos me entrevistaban “por encargo de” alguien que quería exponerme, en no pocas ocasiones compañeros de mis propias filas de partido.
Iba pasando el tiempo y comprendí lo complicado que es hacerte entender cuando hay una serie de factores que no dependen de ti: los tiempos, los que no te quieren dejar hablar, los que hablan por ti, los que insisten en crucificarte manipulando tus palabras. Por eso aprendí a protegerme, sin negarle a nadie una entrevista. Fuera quien fuese.
Trabajando en la tele aprendí que mientras lleves el micrófono puesto, alguien te escucha e, incluso alguien te graba. Por eso es importante que seas consciente de que, desde el instante en que estás microfonado, cualquier conversación que tengas no es íntima. He visto rodar cabezas por no tener en cuenta este detalle y despacharse a gusto en la pausa del café.
He vivido situaciones en las que, en una entrevista, en la contraportada de algún periódico de tirada nacional y en papel, se han tergiversado mis palabras hasta la náusea. Y he experimentado la desagradable sensación de tener que explicar una y otra vez que “aquello que sale ahí publicado no es en realidad lo que yo dije”. Recuerdo un par de discusiones muy serias con dos periodistas que se empeñaron reiteradamente en mantener publicado algo (en formato digital) que no era cierto. Fue cuando aprendí que, desde ese instante, las entrevistas que realizase por teléfono, o en persona de viva voz, yo como entrevistada también las grabaría. Desde entonces, aviso al entrevistador y le explico que yo también grabaré lo que hablemos, por su seguridad y por la mía.
Recuerdo una ocasión no hace mucho, que un periodista de un conocido medio catalán me llamó para entrevistarme. Le expliqué que mi única condición era poder grabar yo también nuestra conversación. El entrevistador se quedó muy sorprendido y pospuso la entrevista “para poder enfocarla mejor”. La entrevista se hizo y en ella aparece precisamente relatado por el entrevistador este detalle que señalo.
Desde que comencé a hacer entrevistas procuré tener en cuenta todo esto para no caer en ello. Y puedo decir que mi experiencia en el campo de las entrevistas ha sido siempre muy positiva.
Hay múltiples tipos de entrevista. No es lo mismo preguntar a una persona que presenta un proyecto, un libro, un disco, que es protagonista por una polémica, que tiene un descubrimiento del que informar…
Procuro prepararlas con la persona entrevistada: si considero que su mensaje debe ser escuchado, es por algo y precisamente es importante enfocar el por qué de este proyecto.
Cuando se trata de un proyecto determinado, de una cuestión técnica, de la presentación de una información específica, trato de asegurarme de que las preguntas serán útiles y el entrevistado podrá presentar toda la información relevante. A veces será necesario preguntarle previamente algunas cuestiones para enfocar correctamente los asuntos a poner sobre la mesa.
La intención de la entrevista es que esa persona exponga su punto de vista, opinión, criterio o información al público y que el entrevistador sepa obtener la información que el público necesita. No se debe esconder ningún tipo de pregunta que sea de interés, por incómoda que pueda resultar. El arte de llegar a las cuestiones más sensibles creo que está en hacerlo desde la educación y el respeto.
Cuando hago una entrevista grabada en soporte de voz o de imagen no hago jamás ningún tipo de edición que conlleve supresión de las respuestas del entrevistado —tampoco de las preguntas—. La única edición que aplico es de imagen para facilitar al espectador su seguimiento. Y esto es algo que anuncio también antes de comenzar para que el entrevistado sea consciente de que todo lo que diga desde ese momento será publicado tal cual (para bien o para mal). Este punto, que yo en un principio pensé que pudiera “enfriar” las entrevistas, en mi experiencia, ha sido para todo lo contrario: he visto muchas veces crecer a la persona entrevistada, relajarse y decir aquello que jamás pensé que diría.
Para que eso surja, evidentemente, has de hacer sentir al entrevistado que no le estás juzgando, que no le estás agrediendo y que también debe entender que tus preguntas puedan a veces ser afiladas porque el objetivo final es informar a los que van a ver, escuchar o leer su opinión. En mi experiencia he podido obtener más y mejor información respetando a mis entrevistados de la que he visto en otras entrevistas donde la persona entrevistadora se empeña en reventar a quién tiene en frente.
Y al hilo de esta cuestión, tengo la sensación de que en demasiadas ocasiones los entrevistadores se comportan como si la persona relevante para el público fueran ellos, cuando lo que debe ponerse en el centro es a la persona entrevistada.
Antes de publicar una entrevista tengo como costumbre facilitársela al entrevistado. Y aquí es donde el asunto hace saltar las alertas a juzgar por las opiniones vertidas por no pocos periodistas en las redes. Qué duda cabe que si las cosas se hicieran bien, estas precauciones no haría falta tenerlas. Pero en no pocas ocasiones este paso supone una garantía para el entrevistador y también para el entrevistado.
Me parece importante porque es su mensaje el que quiero trasladar, por lo que no tendría sentido que el propio entrevistado fuera la primera persona que no compartiera aquello que se le atribuye. Algo que, por desgracia, pasa en demasiadas ocasiones.
Evidentemente, la grabación o transcripción total existe, por lo que no es el momento de modificar una respuesta dada, sino de presentar al entrevistado el trabajo final por si considera que ha habido alguna cuestión que no haya quedado bien expresada.
Siempre he trabajado de este modo, algo que aprendí de un periodista que en su día hizo lo mismo conmigo y me sorprendió gratamente, porque ningún otro lo había hecho. Me quedé “con la copla” porque me demostró que podía confiar en él, que no tergiversaba lo que yo le había dicho y que en caso de considerar que alguna de sus “ediciones” pudiera modificar mi respuesta, tendría la posibilidad de subsanarlo a tiempo. He aprendido así que puedes preguntar todo lo que quieras, obtener respuestas a veces valientes y claras, y mantener el compromiso con la información que se debe dar. Sin censuras de ningún tipo.
Los consejos que le di a esta persona tenían que ver con todo esto, que me parece primordial. Los hice públicos porque consideré que podrían venirle bien a más personas que tengan que verse ante los medios de comunicación y no sepan cómo prepararse y también “protegerse”.
Las reacciones no tardaron en llegar. Y pude ver cómo algunos periodistas se mostraban ofendidos por mi recomendación de enviar la entrevista al entrevistado antes de publicarla. Muy ofendidos.
Consideran demencial el presentar el resultado final antes de ser imprimido porque entienden que eso es una “revisión censora”. Curiosa interpretación de algo que, si se hace bien, es absolutamente lo contrario: porque se evita así la posible censura del entrevistador al entrevistado. Algo éticamente exigible.
Basta con preguntar a cualquier personaje público que haya tenido contacto con los medios si alguna vez se ha visto injustamente maltratado por algo que en realidad no había dicho. Pregunten.
Quizás por eso algunos se han alterado y se han mostrado muy sorprendidos: confunden una práctica honesta con “censura”, o “entrevistas acordadas”, “masaje”…
Es realmente sorprendente cómo han sacado las garras no pocos periodistas sintiéndose ofendidos por mi opinión sobre cómo creo que se puede plantear una entrevista con garantías para todas las partes (entrevistador, entrevistado y público que debe recibir la información lo más veraz posible). Con la arrogancia propia de quien se cree que está en posesión de la verdad, atribuyéndose aquello de decirte “si llueve”, que es algo muy manido entre la profesión.
Algunos que se comportan como si hubieran interiorizado a la perfección aquello de que ustedes verán la realidad que aquellos les quieran contar.
Dan por hecho, curiosamente, que mi recomendación sobre grabar ambas partes la entrevista es caer en “publi-reportajes”, “entrevistas-masaje”, “propaganda”. Como si no se pudiera preguntar lo más incómodo desde la educación, el respeto y la honestidad. Como si el periodista tuviera que tragar con las posibles recomendaciones cuando tiene su grabación que le respalda.
Asomarse a leer los códigos éticos del periodismo, tanto a nivel de España, europeo como internacional dan buena muestra de demasiadas cosas que brillan por su ausencia. El respeto al entrevistado está entre ellas. Quizás por eso sea importante protegerse ante tanto abuso por parte de algunos que se sienten dueños de la información. Por todo ello mis recomendaciones, desde la experiencia. Será que tuve muy mala suerte y en demasiados casos me encontré con malas prácticas.
Un recordatorio para los periodistas ofendidos: se puede y se debe preguntar todo lo que sea relevante para la ciudadanía. Sin ningún tipo de miedo. Esa es la labor de un periodista. Tratar de ayudar a encontrar la verdad de las cosas, o la razón de las distintas verdades.
Y si uno es profesional, debería hacerlo sin necesidad de agredir, avasallar, y mucho menos trampear aquello que le dicen. Y para eso, nunca hay que tener miedo: ni con el público ni con el entrevistado.