A lo largo de la vida aprendes —si tienes ganas, claro— que las personas que son felices y están bien consigo mismas no pierden el tiempo destrozando la vida de los demás. No les hace falta, se lo pasan bien con su día a día. De hecho, ni se les pasa por la cabeza dedicar una parte de su valioso tiempo a hacer el mal, están demasiado concentradas viviendo su propia vida en presente y disfrutándola. Y que, cuando alguien te putea, por más que te cueste creer que alguien te pueda putear sin haberle hecho nada —que se pueda considerar una traición— antes, suele ser, primeramente, porque odian su vida y no se soportan a sí mismos, y, en segundo lugar, porque, por algún motivo que —seguramente— solo conoce su inconsciente (su conciencia está demasiado distraída lidiando con la sintomatología de la somatización), te envidian o haces tambalear sus síntomas y, consecuentemente, su —falsa— estabilidad mental. Es decir, les das miedo. Por lo tanto, la catalanofobia y cualquier otro odio irracional hacia alguien tienen un denominador común: quienes lo experimentan en realidad tienen envidia o miedo de aquello que odian.

El caso de España —concretamente, la envidia/miedo que tiene hacia Catalunya— es un buen ejemplo de lo que he intentado transmitiros hasta ahora (siendo muy consciente de que no hay nada más difícil en este mundo que enviar un mensaje y que el receptor entienda lo mismo que tú le intentas transmitir): no hace falta ser un gran economista para intuir que un Estado que está acostumbrado a vivir con grandes lujos a costa de la sumisión de las naciones que lo componen no podrá seguir viviendo con esos lujos si la parte sometida abre la puerta de la libertad y lo envía a paseo. No hace falta hacer muchos cálculos. Otro caso paradigmático de esta envidia/miedo es, como ya he insinuado al principio, la catalanofobia: ¿cómo es posible que alguien que no es de Catalunya odie a los catalanes por hablar catalán en su propia tierra? Dicho así, parece totalmente absurdo; ¿sabéis por qué? Porque es totalmente absurdo. Entonces aparecen esas bromas más viejas que Matusalén para desprestigiarnos y proyectar sus defectos e inseguridades sobre nosotros: los catalanes son unos peseteros, cuando en realidad somos los que les pagamos la bebida, la pensión, las bajas y lo que haga falta, faltaría más. Quizás deberíamos dejar de pagar para que tengan razón. Todo sea para que haya armonía. Entonces sí podrán decir con toda seguridad y con orgullo que los catalanes somos unos peseteros. Supongo que no debe ser agradable que quien te paga la pensión decida dejar de pagártela y destinar el dinero a llegar a final de mes. Los puedo entender perfectamente; soy una persona muy empática.

De hecho, si nos paramos a pensar en ello, la envidia (de ser más atractivo, más rico, más poderoso, más alto, más bajo, más delgado, más pechugona, más semental…) no es más que miedo, también. Por lo tanto, todo acaba siendo lo mismo: miedo; miedo a perder un estatus, un modus vivendi, la seguridad… Y todos los miedos acaban convergiendo en un mismo punto: el miedo a no ser amado, a quedarte solo con una personalidad que no soportas.

Hay quienes, a pesar de hacerse llamar catalanes, ¡no os riáis!, no hablan ni catalán

Con las "amistades" pasa lo mismo: a veces crees que te acosan o que te marginan porque no eres lo suficientemente bueno, simpático, atractivo, divertido… (pon los adjetivos que quieras), es decir, por culpa tuya (tendríamos que hablar del goce que obtiene una persona cuando se identifica con el papel de víctima, pero lo dejaré para otro día), y la realidad es que hay un acosador al otro lado que tiene miedo, miedo de que, por los motivos que sean, le abras una caja de Pandora que no tiene ganas de abrir, y que hará lo que sea para que no se abra, como proyectar sus inseguridades sobre ti o desviar la atención hacia ti para que los demás no vean sus defectos. Nos podemos llegar a encontrar el caso de una persona que no es nada agraciada físicamente humillando a otra por su físico, por ejemplo. Desde fuera puede parecer una gran incongruencia, pero, si profundizas un poco en su actitud, ves claramente los motivos. Esto es como una cebra que está a punto de ser devorada por un león que le tira el primer cordero que encuentra para poder huir a toda prisa mientras está distraído comiéndoselo.

Pero volvamos a la catalanofobia: ¿qué podemos decir de esos que se hacen llamar catalanes, pero que reniegan de la catalanidad? Y que no solo reniegan, sino que muchas veces hacen todo lo posible para destruirla. Hay quienes, a pesar de hacerse llamar catalanes, ¡no os riáis!, no hablan ni catalán. ¿De qué o de quién tienen miedo? ¿De quién buscan el aplauso: del padre, de la madre, de algún abuelo? ¿O de quién se vengan: de la abuela materna, del tío por parte de padre? ¿Cómo es posible que un país que tiene sometida a una nación diga que el oprimido es él? ¿Qué perdería si se acabara la sumisión? ¿De qué tiene miedo realmente? ¿Sabría vivir sin los lujos que tenía hasta ahora? ¿Qué es mejor: que los que se lo quedan todo renuncien a una parte para que todo el mundo esté contento o que se lo sigan quedando todo y haya discordia y malestar? Cuántas preguntas… Pensemos en ello.