Hay razones de sobra para señalar los peligros de un seguidismo ciego a Donald Trump. Para cuestionar y exigir ciertas reglas a una dinámica internacional que las ha volado por los aires. El presidente de Estados Unidos no ha pasado por el Congreso, donde reside el poder para declarar la guerra. No informó en el Discurso del estado de la Unión siquiera de la posibilidad del ataque y sus consecuencias. Ha utilizado, como en la guerra de Irak, un motivo como casus belli que ni un solo experto pueda avalar. Irán ha construido su política de enriquecimiento de uranio como expresión de fuerza, pero no estaba a punto de conseguir la bomba nuclear.

Es probable que Trump esté repitiendo el modelo de Venezuela. Decapitar los regímenes eliminando a sus líderes y dejando una dictadura iraní débil que sirva a los intereses norteamericanos. Pero Irán no es Venezuela, donde se podían delimitar las consecuencias. Aquí pasamos a un polvorín que condiciona todo Oriente Próximo con consecuencias directas en Europa.  

La soledad de Pedro Sánchez en su rechazo al ataque unilateral no es un signo de debilidad por sí mismo. Es fácil que otros países acaben convergiendo si se camina a ciegas sin conocer el what’s next de Trump. Lo más polémico a corto plazo es la negativa a permitir el uso de las bases de Rota y Morón frente a un Reino Unido, Francia y Alemania que dan vía libre. La ministra de Defensa Margarita Robles ha explicado por qué: sin resolución internacional no habrá cheque en blanco a un aliado impredecible. Defender las garantías de derecho que definen el ADN europeo no debería ser la excepción. Se está normalizando un "todo vale" ante el despliegue de la Estrategia de Seguridad Nacional americana que en ocasiones no coincide con los intereses de Europa. Sin exigir información, una hoja de ruta compartida y una mínima formalidad sobre hacia dónde van las guerras que abre EE. UU., la UE pierde fuerza en el tablero global al margen de la dificultad que tiene para hablar con una única voz.

Se puede estar en contra de los ayatolás y, al mismo tiempo, denunciar la represión en Irán y exigir garantías jurídicas internacionales

La precipitación del PP en cargar contra Sánchez en la agenda internacional le lleva a cometer errores y descolgarse de la postura oficial de Von der Leyen. Ya le pasó en Venezuela, cuando Trump depuso a Nicolás Maduro y Alberto Núñez Feijóo celebró el cambio de régimen. Horas después, con Delcy Rodríguez al mando, tuvo que desdecirse.

“Sin matices con las democracias liberales”, como ha dicho la portavoz Carmen Funez, no debe significar “sin ley”. Aplaudir una operación militar unilateral de consecuencias desconocidas requiere una reflexión más amplia. No hacerlo es tanto como avalar que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o de la OTAN no sirven. Porque lo que ha dicho Exteriores es que hay que defender el orden internacional, no sacrificarlo en nombre de una posición simplista.

Se puede estar en contra de los ayatolás y, al mismo tiempo, denunciar la represión en Irán y exigir garantías jurídicas internacionales. No son posiciones incompatibles; son la base de una cultura política que no acepta que el fin justifique los medios. La derecha española parece abrazar esa máxima con demasiada ligereza, como si la legalidad internacional fuera un obstáculo y no un dique de contención.

Normalizar decisiones fuera del marco del Consejo de Seguridad equivale a vaciar de sentido instituciones que costó décadas consolidar. Si Washington decide y Europa aplaude, el multilateralismo es decorativo. Y eso no solo afecta a la guerra contra Irán. También a Ucrania, a Venezuela, a cualquier conflicto futuro.

La política internacional está llena de deudas morales: con el pueblo iraní, con el venezolano, con el ucraniano, con Haití. Pero reivindicar esas deudas no puede implicar asumir que cualquier método es válido.