La nación escocesa, referente atlántico de civismo, europeísmo e impulso democrático, celebra hoy, 7M, unas elecciones nacionales que constituirán un plebiscito sobre su propia existencia como sujeto político. No se trata de una simple renovación de escaños en el Parlamento de Holyrood, sino del día del ataque de un populismo británico extremista que pretende convertir Edimburgo en una sucursal de la derecha más xenófoba y uniformadora de Westminster.

El sistema electoral escocés constituye una estructura de proporcionalidad electoral diseñada para el consenso, alejada del sistema de mayorías de Londres. De los 129 diputados que integran el Parlamento, 73 son elegidos directamente por mayoría simple en cada circunscripción, mientras que los 56 restantes son elegidos mediante el sistema proporcional D’Hondt a través de candidaturas regionales plurinominales. Un elemento correctivo fundamental de la elección por mayoría que parece va a seguir priorizando el soberanismo del Scottish National Party (SNP). Pero ahora, este modelo, que durante décadas ha favorecido las coaliciones estables, se enfrenta a la paradoja de que el auge del populismo extremista podría atomizar la cámara hasta el punto de bloquearla, favorecido por la inmovilidad de los conservadores y los laboristas.

El SNP, liderado por John Swinney, busca revalidar su hegemonía histórica como único garante de una Escocia soberana y socialdemócrata. Frente a ellos, laboristas y conservadores aparecen como cómplices de una política británica que ya no ofrece soluciones al norte del Tweed. Pero el hecho inquietante de estos Idus de mayo de 2026 es la erupción volcánica de la rama escocesa del Reform UK de Nigel Farage, que amenaza con concentrar tanto el voto de descontento como el de los sectores más viscerales del unionismo.

Las últimas encuestas reflejan un escenario de polarización absoluta. Tras un periodo significativo de desgaste y cambios de liderazgo (Swinney es el tercer first minister de la legislatura que finaliza, tras Nicola Sturgeon y Humza Yousaf), el SNP parece haber logrado estabilizarse en torno al 34-35% de la intención de voto en las circunscripciones uninominales, pero se encuentra en peligro frente al Reform UK en las circunscripciones plurinominales regionales, donde el partido de Farage ha alcanzado un inusual 20%. Las encuestas indican que uno de cada cinco escoceses podría optar por el voto populista de extrema derecha, impulsado por un mensaje que combina el nacionalismo supremacista británico con una feroz crítica a la agenda progresista de la soberanía escocesa.

¿Por qué las elecciones se convirtieron en una lucha entre el first minister John Swinney y la sombra de Farage? Porque el SNP es hoy la única estructura institucional capaz de resistir el asimilacionismo. Swinney, con su imagen de gestor sensato y "estadista", personifica una Escocia que quiere decidir por sí misma. En el otro extremo, Reform UK no busca gobernar Escocia para mejorarla, sino desmantelar, desde dentro de la autonomía, la desigualdad y el bienestar social, atacando la identidad política propia de la nación, del mismo modo que la ultraderecha española ataca a Galicia, Catalunya y Euskadi.

La lección, para Catalunya, Euskadi y Galicia, es clara: la integración e inclusión sociales y el progreso económico solo son posibles a partir de la afirmación nacional

Es difícil —pero no imposible— que el SNP obtenga la mayoría absoluta (65 escaños). Por ello, un pacto de legislatura con los Verdes escoceses será muy probablemente necesario. Lo más sensato sería que el soberanismo canalizara sus votos en las circunscripciones regionales para consolidar a este posible socio político, ya que es muy difícil para el ganador de las circunscripciones uninominales obtener un buen resultado en las circunscripciones regionales de representación proporcional, debido al carácter correctivo del escrutinio en este tipo de distritos plurinominales respecto a lo obtenido por el partido mayoritario en las constituencies uninominales.

Si el nacionalismo democrático del SNP, liderado por Swinney, no frena la demagogia de Farage, el Reino Unido entrará en una fase de desenfrenada recentralización.  Por ello, este 7-M la antigua Caledonia no solo elige a 129 diputados, sino que opta por seguir siendo el motor de una Europa de naciones o convertirse en el parque temático de una Inglaterra que parece mirar hacia el pasado.

También este 7-M Gales celebra elecciones a su Parlamento (Senedd), en las que se enfrentará también a una prueba existencial en un contexto de mutación institucional sin precedentes. Estas elecciones son las primeras regidas por la reforma electoral (Senedd Cymru Act), un movimiento para profundizar la democracia que aumenta el número de escaños de 60 a 96 (sí, allí creen que una mayor representación dedicada a tiempo completo al control de la gobernanza pública y a la transmisión de las demandas ciudadanas beneficia a la democracia y a la economía del país) y que establece un sistema de representación proporcional mediante el método D'Hondt en cada una de las 16 circunscripciones, que eligen 6 representantes cada una en candidaturas cerradas que deben alternar entre hombres y mujeres.

Fuerzas en plena redefinición compiten en el escenario político. La filial galesa del laborismo británico, que ha ejercido una hegemonía casi orgánica desde 1999, año en que comenzó a funcionar el autogobierno (después de que la ciudadanía ratificase en referéndum la devolution), se presenta hoy como una estructura agotada, debilitada por una gestión errática y por el colapso de los servicios públicos. Por su parte, la rama galesa de los conservadores tories está presenciando su propia irrelevancia, devorada por una criatura a la que ellos mismos han alimentado: Reform Wales, filial antigalesa del Reform UK. En esta coyuntura, el soberanista Plaid Cymru de Rhun ap Iorwerth se erige como el único baluarte de racionalidad nacional y ciudadana frente al impulso nihilista y filofascista que, como en Escocia, amenaza las instituciones de Caerdydd (Cardiff).

No debe subestimarse el peligro que representa el programa de Reform UK para el país. Bajo el falso lema de "libertad" y su aparente preocupación por el aumento del coste de la vida, se esconde una agenda para desmantelar la autonomía, los servicios públicos y la sanidad pública (National Health Service, NHS), así como un populismo xenófobo que busca convertir el descontento social en una cruzada no solo contra la inmigración, sino incluso contra la diferencia, contra la misma existencia de la alteridad. Su discurso, plagado de tics parafascistas, propone también en Gales una agresiva recentralización a favor de Londres y la criminalización de la inmigración como única respuesta a una crisis que, en realidad, es de índole económica. Es la derecha radical la que provocó el fracaso del Brexit y la que ahora pretende que Gales renuncie a su propia existencia política para disolverse en una Gran Bretaña uniforme y regresiva.

Las encuestas de los últimos días confirman un cambio de paradigma sísmico. Nos enfrentamos a un empate técnico de infarto: las encuestas de YouGov e Ipsos sitúan a Plaid Cymru y Reform UK prácticamente empatados, con algo más del 28% en sus intenciones de voto (hasta hace dos semanas, los nacionalistas tenían una ventaja de tres a cinco puntos), mientras que el Partido Laborista ha caído de su tradicional mayoría relativa a un insignificante 13-15% y los conservadores apenas alcanzan el 10%. Esta fragmentación extrema, donde el 52% de los votantes se declara aún indeciso, revela un Senedd donde alcanzar la gobernanza será un ejercicio de compleja precisión. El auge de Reform UK es síntoma de una sociedad herida, pero la resiliencia de Plaid Cymru demuestra que la soberanía democrática es el mejor antídoto contra el miedo y el extremismo parafascista.

La lección, para Catalunya, Euskadi y Galicia, es clara: la integración e inclusión sociales y el progreso económico solo son posibles a partir de la afirmación nacional. El bienestar y la libertad solo son alcanzables mediante el ejercicio democrático de la soberanía.