Durante muchos años, la llama de libertad de este país la sostuvieron un puñado de personas en cada pueblo, en cada barrio. Hoy somos multitud los que salimos a la calle, al menos puntualmente. Y aun así todavía insuficiente. Ahora bien, si hace sólo diez años nos hubieran dicho que viviríamos un 1 de Octubre nadie habría dado crédito. Casi parece un milagro. Algunos, como Miquel Florido, no sólo lo vivieron, aquel referéndum, sino que lo hicieron posible.

Miquel, "independentista de izquierdas y republicano", según declaraba, era católico y la última vez que hablé me recordó vagamente aquella jornada histórica y al mismo tiempo cuán reconfortado se sintió cuando Oriol Junqueras irrumpió a la política. Oriol fue un bálsamo. No sólo no hacía befa de los creyentes, como él, sino que se declaraba creyente, me dijo. "A mi manera soy católico o hago lo que puedo", sentenciaba, como Oriol más o menos. Hace unos días, Oriol hizo llegar, desde Lledoners, un ejemplar de su libro Contes des de la presó con una sentida dedicatoria a la familia de Miquel. Dos días antes también había hecho llegar el pésame por el fallecimiento de Miquel al alcalde de Sant Quintí de Mediona, el también republicano Pol Pagès, por la pérdida de quien también fue concejal en Sant Quintí la pasada legislatura y que venía de batallar cuándo obtener representación ya era un hito en sí misma.

Miquel lo bastante bien sabía que el 1 de Octubre no fue obra del espíritu santo. Las urnas llegaron diligentemente aquel verano.

No era hijo de Sant Quintí de Mediona pero se le hizo suyo. También en Torrelavit (trabajaba en Cartonajes Font y estaba a punto de prejubilarse), o en Sant Sadurní d'Anoia, la población de referencia del eje de los ríos Bitlles y Anoia, una trama de militantes republicanos recibió y custodió las urnas, como a lo largo y ancho del Penedès o del resto del país. Aquellas urnas que el Gobierno de Mariano Rajoy buscó desesperado mientras aseguraba, desafiante y despectivo: "no va a haber ni urnas ni papeletas". Que Santa Llúcia li conservi la vista, también de retorno a su ministerio crematístico, primero a Santa Pola, y al cabo de cuatro días en Madrid, porque enseguida le otorgaron graciosamente plaza.

Miquel sonreía sagaz y orgulloso cuando hablaba de las urnas y de aquellos días. Charlé por última vez en Torrelavit, hace sólo unos meses, cuando me saludó poco antes de empezar un acto de presentación de los libros de Oriol Junqueras. También estaba el alcalde, Manel Raventós, el primer alcalde republicano de Torrelavit desde la República, de donde Miquel era hijo. Poco me podía imaginar que sería la última vez| que lo saludaba, nada hacía presagiar el fulminante desenlace.

Miquel Florido se ha ido de este mundo habiendo vivido que su eje geográfico de referencia se haya teñido, por primera vez, mayoritariamente de amarillo. Tanto que en la capital del cava, y del Corpinnat, la alcaldía también es republicana. Se ha ido como quintinenc de lleno derecho, implicado y acogido en este pueblo que cada viernes que sigue a la virgen de las Neus, celebra un correfoc despampanante que deslumbra por su potencia.

Miquel ha sido un patriota de piedra picada toda la vida y un enamorado de la vida. Cada año se hacía eco del Marató de TV3 y colaboraba de una manera u otra de esta iniciativa única por su impacto y por la solidaridad ejemplar que expresa la ciudadanía del país. ¿En qué país de Europa hay una actitud tan desprendida o una red de entidades que ejerce la solidaridad en tantos ámbitos?

Pero aquello que de verdad tenía a siempre, era la libertad de Catalunya. Era, por encima de todo, un entusiasta de la causa de Catalunya, la justicia y la libertad, hasta el último día, repitiendo a todo el mundo "persistiremos". Allí donde esté Miquel resonará la voz del poeta: "Y nos mantendremos para siempre más fieles al servicio de este pueblo".

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