Las naciones del mundo son como organismos vivos, evolucionan en permanente mutación en función de múltiples parámetros, como la composición de su economía y su competitividad, la demografía, el territorio y el uso que se hace de él, el mercado de trabajo, los sistemas de protección social, los servicios públicos y su calidad, la identidad colectiva... Para evitar que la evolución nacional venga determinada exclusivamente por las inercias de intereses privados (de particulares o de grupos de interés organizados), existen las administraciones públicas, que velan por el interés general y por lo que es mejor para la población que les encarga esta tarea a través de las elecciones.
De las elecciones salen los diputados que determinan la composición de los parlamentos. Estos tienen por función (además de hacer leyes y aprobar presupuestos) controlar las acciones del gobierno, que es el brazo ejecutivo del sistema político. Así, toda la maquinaria pública (un cuerpo que en Catalunya suma casi 375.000 empleados) sigue las directrices políticas de unos cargos electos que tienen la responsabilidad de guiar y controlar, en la medida que pueden, la nave de la economía y de la sociedad.
Para evitar que la evolución nacional venga determinada exclusivamente por las inercias de intereses privados (de particulares o de grupos de interés organizados), existen las administraciones públicas
Desde el máximo respeto y mi reconocimiento, pero también desde la libertad y la preocupación por la buena gestión de nuestros impuestos y la estima por el país, quiero referirme a cuatro ingredientes que considero fundamentales en las actuaciones que se realizan desde el mundo de la política. Las trato en mi último libro, pensando no solo en términos económicos, sino también sociales. Son los que siguen.
- Liderazgo en la iniciativa y en las actuaciones públicas, sea en el nivel político de Madrid, de la Generalitat o municipal. El liderazgo aparece cuando una persona tiene la voluntad de ponerse al frente de un grupo y, a la vez, este grupo le reconoce el papel de líder. Para hacer un símil, es el capitán de un gran barco, con poder de decisión para orientar la nave de la economía y la sociedad hacia algún lugar concreto. En ausencia de liderazgo, la nave se la lleva la corriente, la inercia, que aplicado al crecimiento económico sería una especie de “crecer por crecer” sin norte. En el caso de la Generalitat, su presidente (sobre todo) y sus consejeros deberían tener ideas claras y compartidas de lo que consideran que contribuye al progreso. Dijo Séneca: “no hay viento favorable para quien no sabe adónde va”, pues eso, los políticos deben saber adónde quieren llegar. En otra escala, el liderazgo es perfectamente aplicable en el ámbito municipal, al menos en ciudades de cierta dimensión y, por qué no, también en municipios pequeños.
- Profesionalización del alto funcionariado. Existe actualmente un proyecto de ley de Empleo Público en curso que va en esta línea, pero yo añadiría que es necesario minimizar los cargos políticos al frente de las administraciones públicas. El alto funcionariado, que ocupa la escala inmediatamente por debajo de los cargos electos, debe ser competente, estable en el puesto, con experiencia y amplios conocimientos del área en la que están especializados. Con la profesionalización se evitarían los problemas de competencia técnica y de experiencia de altos cargos nombrados por la vía política; y también (y no es trivial) evitar los tiempos muertos que se generan antes de relevar a un cargo político, que no inicia cosas porque le queda poco tiempo en ese puesto, y después, cuando lo ocupa otro cargo político que debe aterrizar, aclimatarse y hacer propuestas propias —a ser posible, distintas a las de su predecesor—. Para poner una cifra, en la Generalitat, con un centenar de cargos políticos debería ser suficiente; el resto de cúpulas directivas debería estar en manos de profesionales públicos que, lógicamente, actúan bajo las directrices políticas del gobierno, pero que garantizan pericia, racionalidad, ahorro de tiempos muertos, mejor gestión del dinero de todos y, no menos importante, celo en la aplicación real de las leyes a través de inspección y control de su cumplimiento.
- Evaluación permanente de las políticas públicas. En actuaciones y en proyectos de gran alcance económico y social, harían falta análisis técnicos en profundidad sobre eficiencia, eficacia, opciones, costes y beneficios, antes de llevarlos adelante. Y una vez aplicadas, habría que hacer el correspondiente análisis de resultados. Hablamos de rendir cuentas de actuaciones, de decisiones y de políticas públicas, justificándolas con claridad técnica antes, y dando transparencia a los resultados obtenidos después. Y asumiendo la responsabilidad. Proyectos como el alargamiento de una pista en el aeropuerto de El Prat, la firma de acuerdos en materia de transporte ferroviario, leyes medioambientales, territoriales, de protección social y otras de gran incidencia económica y social, deberían ser objeto de evaluación rigurosa ex-ante y ex-post.
- Una pieza adicional que sería de gran utilidad para acompañar a los tres elementos indicados sería la creación de una especie de consejo de sabios, al estilo del que existe en países como Alemania. Un grupo limitado de personas de gran prestigio profesional, independientes y de sólida formación, que dan su opinión analítica y fundamentada sobre proyectos de políticas públicas de envergadura ex-ante y sobre la marcha de la economía. Un consejo de expertos de este tipo debería tener apoyo legal y estructura adecuada para sus funciones.
Con estas cuatro patas de una mesa imaginaria de la gestión pública, no dudo de que el dinero de todos se podría gestionar mejor y que sabríamos hacia dónde vamos.