De lo que sucedió este miércoles y este jueves en este país se pueden decir tantas cosas ciertas e importantes que da igual por dónde empieces a contarlas. Es una especie de laberinto de factores del que, si tiras de los hilos con valentía y honestidad, siempre acabas sacando la misma conclusión: las urgencias del país no pueden ser resueltas, soberanamente, por los catalanes. Y eso las agrava y perpetúa. La infrafinanciación estructural de los trenes catalanes es una decisión tomada deliberadamente por el Estado español para triturar el país. El desbarajuste ferroviario es un frente más de una decadencia orquestada que los socialistas han tenido la desgracia irónica de tener que gestionar. Diría que el Govern todavía no se hace cargo de hasta qué punto un muro de contención en la R4, la muerte del maquinista en prácticas y la consiguiente parálisis del país han desnudado su incompetencia total para capitanear cualquier cosa que no sea la pax impuesta, el genocidio lingüístico y cultural y la política de tierra quemada que se promueve desde la Generalitat.

Pero el problema para la gente que queremos acabar de una vez por todas con el secuestro, entendámonos, no es la incompetencia de los socialistas. Ni siquiera es, la verdad, que el Estado español emplee todas las herramientas que tiene a su alcance para regionalizar, empobrecer y descatalanizar Catalunya. La cuestión de fondo es que quienes deberían estar plantando cara políticamente desde la oposición no tienen ninguna credibilidad para plantarla. Las exigencias blandas de ERC y de Junts nacen capadas. Los republicanos han aprovechado la ocasión para reivindicar el falso traspaso y para presumir de la cantidad de “preguntas, interpelaciones, mociones y solicitudes de comparecencia” que han hecho sobre el asunto que nos ocupa. Quiero pensar que, con suerte, a estas alturas ya se habrán dado cuenta de que sus exigencias son ridículas y nacen capadas, dado que los republicanos son uno de los partidos facilitadores del gobierno de los socialistas tanto en Madrid como en Catalunya. Son corresponsables. Hasta que no haya consecuencias palpables en sus amenazas cobardes, cada ataque de dignidad los dejará más en ridículo. Aprovecho la ocasión para presentar una petición pública y formal para que Inés Granollers no deje nunca la política: como elemento caricaturesco, como conglomerado de todas las carencias que arrastra la clase política catalana desde la derrota del procés, es imbatible. 

La imposibilidad de contar con un brazo político que articule de manera efectiva la indignación y la frustración de todos aquellos catalanes que identifican el estado del país con su dependencia española, incrementa la sensación de secuestro

A Carles Puigdemont y a su partido les ocurre algo parecido a los republicanos, porque cada gesto autonomista sirve de recordatorio de la promesa frustrada de dejar de ser una autonomía. Me atrevería a diagnosticar que el grado de esperpento y de pagafantismo que percibe el que un día fue su electorado potencial es menor que el de los republicanos. Y no es por ningún truco de magia de la comunicación política: sencillamente, lo intentan menos. Mantienen un perfil bajo en cuanto a la voluntad de reivindicar las victorias —nulas— en Madrid y se limitan a colgar un vídeo del president en el exilio haciendo un diagnóstico acertado en la medida en que sitúa a España en el centro del conflicto, pero desacertado en la medida en que no contempla la posibilidad de que el president sea concebido como un factor que ha contribuido a que Catalunya siga formando parte de ella. En Aliança Catalana, en cambio, el caos ferroviario se ha utilizado para desgastar a los socialistas, pero no existe ningún indicio de que el reproche en cuestión lo vertebre el nacionalismo catalán. Si el lector ha estado observando el viraje ideológico de Aliança a medida que las encuestas han vislumbrado su ascenso, no hacen falta más explicaciones al respecto.

La imposibilidad de contar con un brazo político —con representación— que articule de manera efectiva la indignación y la frustración de todos aquellos catalanes que identifican el estado del país con su dependencia española, incrementa la sensación de secuestro. La forma de encarar el secuestro de quienes entienden que son españoles antes que cualquier otra cosa, es la de hacer pasar anormalidad por normalidad y favorecer el ambiente de resignación. Asumo que el usuario socialista de Rodalies se sobrepone a las contingencias de vivir en un país con los servicios sobrepasados encomendándose a un bien superior: España. Para quienes no tenemos este recurso, la percepción de ahogo y de falta de medios para revertir o enmendar cualquier cosa es absoluta. No quiero perder la esperanza y quiero pensar que de una clase media jodidamente empobrecida y carente de expectativas de mejora y de acceso a la propiedad, incapacitada para educar a sus hijos en su lengua en su país, para ser atendida por un médico en su lengua en su país, y carente de transporte para acceder —como mínimo— a la capital, pueda surgir la receta para que todo esto reviente como tiene que reventar. Los socialistas viven del silencio, de poner la sordina al conflicto nacional. Pero el conflicto se manifiesta y se manifestará en todas partes mientras los catalanes sigamos existiendo.