Juan Vicente Boo es uno de aquellos periodistas vaticanistas sagaces y solventes, nacido en Galicia y vivido abundantemente en Roma, que te gusta seguir porque sabes que no te engatusarán ni harán crónicas enjabonadas. Tratándose de un corresponsal vaticano veterano, eso es un mérito. Llegó a Roma en 1998. Lo conocí un año después cuando llegué yo, y he podido observar su trayectoria y cómo ha cubierto la información religiosa. Sabe mucho más de lo que escribe: es un periodista de cultura, raza y calle.

Ahora Espasa le ha publicado Descifrando el Vaticano, un libro que puede contentar a quien no tiene ni idea de qué es el Vaticano pero que no decepciona a quien ya lo conoce un poco. Boo, consciente de que el Vaticano es misterioso, atractivo, complicado y desconcertante, se erige como maestro coctelero que con ingredientes divinos y mundanos hace saber, por ejemplo, que el líder espiritual de mil trescientos millones de católicos no tiene nunca un día "sano" y tranquilo, porque reparte siempre el día con tormenta y calma, pero en dosis diferentes según el momento del día. Presenta interioridades de uno de los estados más pequeños y fascinantes del mundo, no solo por su naturaleza, sino por su influencia. Una de las primeras aclaraciones que hace es distinguir entre la Santa Sede y el Estado Vaticano, los dos sujetos de derecho público internacional y reconocidos, pero con lógicas muy diferentes.

Las funciones de la Santa Sede son de gobierno y doctrinales, y van desde una encíclica a una canonización o un nombramiento de obispos. Tareas religiosas, apunta Boo. En cambio, las funciones del Estado Vaticano son logísticas: la policía (gendarmería) vaticana, correos, los jardines vaticanos... La Ciudad del Vaticano es todo un entramado físico y espiritual de entidades curiosas: conviven un colegio etíope, una antigua estación de ferrocarril, una torre de los vientos, el cuartel de la Guardia Suiza, los Museos Vaticanos, Sant Marta, donde vive el Papa, jardines, conventos, un helipuerto... La Santa Sede es única en su género: es un organismo religioso y jurídico que gobierna la Iglesia (católica) universal. Establece relaciones diplomáticas con los Estados, firma convenios internacionales y no tiene embajadores sino nuncios (nuncios apostólicos). La Santa Sede forma parte de las Naciones Unidas como observador permanente y no como estado miembro. La Secretaría de Estado es la torre de control, en palabras de Boo, mientras que la descripción de quien pululapor Roma no puede ser más acertada: santos (muchos), burócratas sin alma (unos cuantos) y delincuentes (por suerte, pocos).

Descifrar el Vaticano, del todo, osaría decir que es una misión imposible, pero los intentos de transparencia y difusión son buenos

Para seguir la información vaticana, como cualquier otra información especializada, las fuentes tienen que ser diversas: no solo las que coinciden con nuestra manera de pensar -sería un foco de desinformación- ni tampoco los que crean escándalo por defecto. Ni la incredulidad, ni la autocredulidad. El problema más grave con que se encuentra el Papa actual sobre la mesa es doble e interno: los abusos sexuales por parte del clericato, y la corrupción. El papa Benedicto fue muy elocuente, a pesar de que alegórico, cuando dijo, el 11 de mayo d 2010, que "hoy vemos de manera terrible como la mayor persecución de la Iglesia no viene de los enemigos externos, sino que nace del pecado dentro de la Iglesia. Y que la Iglesia necesita aprender de nuevo la penitencia, aceptar la purificación, aprender de nuevo el perdón y también la necesidad de justicia. El perdón no sustituye la justicia".

Esta idea, que para perdonar hay que resarcir, hay que indemnizar, ofrecer ayuda, pagar, en definitiva, es mucho más innovadora de lo que parece, y el papa Francisco lo está implementando, así como la lucha contra los corruptos, pero no los malversadores dentro de la curia vaticana, sino en las diócesis de todo el mundo. Muchas de las renuncias de obispos han gestionado pésimamente sus diócesis, con favoritismo y corruptelas varias.

Entender estas entrañas, y cómo la historia ha ido configurando lo que hoy es el Vaticano, reclama mucha paciencia y gestión adecuada de silencios e informaciones, de gestos y de indicios. Descifrar el Vaticano, del todo, osaría decir que es una misión imposible, pero los intentos de transparencia y difusión son buenos. No es una isla, ni lo que pasa se queda solo entre aquellos muros.

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