Tradición es aquello que alguien empezó a hacer un día. Y hay tradiciones de miles de años, como los solsticios de verano e invierno que el cristianismo católico convirtió en Sant Joan y Navidad. Y hay tradiciones recientes como el Saloufest que, por cierto, este año también lo han celebrado, pero como no ha aparecido en los grandes medios, parece que no haya existido.
Y una de nuestras grandes tradiciones es Sant Jordi, una fiesta que consistía en que la gente tomaba la calle, paseaba, se regalaban rosas de floristería y libros firmados por escritores y escritoras.
Pero la cosa evolucionó. Y las flores las empezaron a vender todo tipo de centros de recreo, asociaciones, particulares, familias numerosas con furgoneta, conocidos y saludados. Y los libros empezaron a firmarlos todo tipo de seres vivos capaces de rentabilizar editorialmente una fama, por muy pequeña que fuera.
Y la evolución continuó con rosas de colores y olores mejorables o músicos firmando CD's a manera de fiesta total de la “cultura”. Hasta que hemos llegado a una transformación que puede significar un cambio importante de los usos santjórdicos: los disfraces y las selfies.
Este año muchos (y muchas) de los que vendían rosas en las paradas han ampliado la costumbre iniciada no hace mucho de ofrecer su producto disfrazados. De dragones, de princesas, de caballeros, de animales diversos y de cosas que ahora no le sabría decir (bueno, y que los disfrazados –o disfrazadas– tampoco le sabrían explicar mucho). Por lo tanto, si eso continúa así, pronto Sant Jordi será el tercer carnaval del año y se añadirá al propio Carnaval de toda la vida y al Jalogüing (que sería el carnaval infantil).
Y también este año muchos escritores (y escritoras) y gente diversa que firma, ha destacado que se han encontrado un número importante de gente que ya no quiere una firma en el libro, sino una selfie. Y en algunos casos ya pide la foto sin ni llevar ni el libro. Y en muchos otros casos, la gente pide si se puede hacer una selfie y la foto la acaba haciendo una tercera persona, con lo cual la tradición del concepto selfie también está cayendo por la pendiente. Bien, y el propio concepto de hacer tú una foto de una cosa, que ahora ha pasado a ser “hacer una selfie”, cosa que en principio sería imposible.
En todo caso, estas transformaciones no son malas, al contrario. Cuando una cosa tiene vida se mueve. Si evoluciona y se adapta es porque a la gente se la ha hecho totalmente suya. Y eso implica larga vida para una fiesta que, en esencia, sigue tratándose de pasear, observar, amar y compartir. Nos hagamos una foto con Mercè Rodoreda, nos firme un CD Mario Vaquerizo o nos regale una rosa Víctor Amela.