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"Nadie puede llevar la máscara durante mucho tiempo"
Lucio Anneo Séneca

Marruecos solo es fiable en su falta de fiabilidad, exactamente como Pedro Sánchez. Es la constante de la política exterior e interior de un país, y cualquiera que deba negociar o entenderse con ellos debe tenerlo en cuenta. Pueden prometerte, negociar, firmar, afirmar, declarar y es seguro que, en algún momento, incumplirán, se saltarán lo pactado o dirán lo contrario. Almas gemelas. Por eso, ninguna de sus dos versiones sobre lo sucedido la semana pasada en Ceuta tiene credibilidad, y la mayor prueba es que coinciden. Cuando las versiones del transgresor y del avasallado coinciden, algo falla.

Esta vez puede que los alauitas se hayan pasado de la raya en su juego de probar hasta dónde llega la respuesta, la unidad, los apoyos y la efectividad. ¡Ojo, que lo puedo hacer! No porque no les haya servido para comprobar que la unidad es endeble —del propio Gobierno, del país, de la UE—, que la respuesta es tardía y pacata y que la efectividad solo se ha producido por la propia disposición del agresor a recoger cable, sino por haber mostrado claramente a la Unión Europea qué bazas llevan en la guerra híbrida y la amenaza real que suponen. A la par han dejado al ya débil Gobierno —a ellos no los engaña el agitprop porque llevan siglos de ventaja— desnudo en su incapacidad real o sobrevenida ante todos los socios europeos.

Ese Sánchez que afirma no saber lo que iba a pasar, que lo achaca a razones absurdas, como unas mafias pro bono o unos influencers aficionados a la prosa jurisprudencial; ese Sánchez que intentó primero ocultar y minimizar los hechos y que luego obvió utilizar los mecanismos del Estado para controlar situaciones de esta gravedad, aunque él mismo afirmó que era un ataque a la soberanía española; ese Sánchez que fue a hacerse la foto, se sacudió el polvo y puso una playlist en redes antes de largarse de vacaciones; ese Sánchez no entra en el molde de un líder europeo que gobierna una democracia occidental. A lo mejor, ni entra en ningún molde, porque el jefe del gobierno marroquí —que se había venido a Baleares de pachanga— fue llamado por Mohamed VI y obligado a regresar. Hay frivolidades que no se entienden ni en democracia ni en satrapía. Europa va a bajar el suflé, va a enmascarar la disensión y el malestar evidente con Sánchez, del que ya saben que solo piensa en su permanencia en el poder, y a la par va a intentar tirar de pasta para adormilar un rato a Marruecos.

La realidad es que el episodio de la invasión de territorio de un Estado por el equivalente en civiles a un cuerpo de ejército precisa de una reflexión de calado que debería hacerse en los estamentos nacionales habilitados para ello. Una incursión de guerra híbrida como esa se adentra en la llamada zona gris en la que combaten desde hace tiempo muchos países fronterizos de la UE. No son agresiones armadas, por lo que contestarlas de esa forma podría amplificar el conflicto. No son exactamente migraciones masivas, por lo que la visión onegeística o meramente policial del asunto tampoco sirve. El problema es que tenemos en Ceuta a 3.000 efectivos preparados para algo que probablemente no sucederá nunca —una acción armada marroquí— y que no los podemos emplear, o solo con reservas, para la amenaza real que se ha repetido en 2021 y 2026. Aun así, tarde, se ha ordenado al ejército que barra la ciudad para recoger a los rezagados y llevarlos a la frontera. Ahora queda lo peor: los delincuentes que no pueden volver, los que se han hecho fuertes en varios puntos de la periferia ceutí y los subsaharianos que se sumaron de rondón y que Marruecos no piensa recibir porque no son suyos, aunque procedan de su territorio.

Europa va a enmascarar el malestar evidente con Sánchez, del que ya saben que solo piensa en su permanencia en el poder

Es un nuevo problema para el que existen soluciones. El ejército no tiene por qué estar únicamente para el empleo de la fuerza letal, sino que puede emplearse de otra manera. Existen capacidades intermedias. De facto, nuestras tropas se certificaron en crowd and riot cuando acudimos a Bosnia, conforme al estándar aliado para control de masas civiles, manifestaciones y otros disturbios, y se han empleado en otros muchos conflictos como fuerzas de paz o interposición: Irak, Afganistán, etc. El término técnico en la OTAN es el de Intermediate Force Capabilities y consiste en dotar a todas las unidades de Ceuta y Melilla, por ejemplo, de capacidades y competencias no letales de intervención. Hay muchos militares españoles con estas certificaciones dispersos en destinos, pero parece necesario que sean las unidades de frontera las que las tengan y sean dotadas de material no letal como barreras rápidas, medios acústicos, deslumbradores, marcaje y vehículos de contención. No es la pasta lo que nos aleja de tenerlo, es un problema de concepto. Sé que habrá voces que, por motivos refractarios, se opongan, pero si el combate va a ser en la zona gris, debemos tener efectivos preparados para la zona gris.

A la par, los expertos recomiendan reforzar toda la capacidad de vigilancia y de documentación para poder tener las pruebas que internacionalmente permitan demostrar quién abrió la barrera, quién movió a las masas, quién promovió la agresión a la soberanía de otro país. Permitir, además, que las propias comandancias generales de ambas ciudades autónomas tengan previsto planeamiento para poner en marcha desde el primer momento en que comience un fenómeno de estas características. Ahora estamos en la peor situación: no podemos ni debemos sacar medios letales frente a civiles, la cadena de mando con cabeza política es muy reticente a usarlos y, cuando se hace, se hace sin demasiada cobertura competencial.

Hemos de suponer que Sánchez no ha desertado de sus obligaciones y está pensando en todas estas cosas mientras dormita en La Mareta con una playlist de fondo. Pero el caso es que no es cierto. El tipo que no quiso ni reunir al Consejo de Seguridad Nacional en el mayor incidente de seguridad vivido en democracia solo está pensando en cómo salvarse él y su carrera política. Todo esto para un narcisista solo son escollos incómodos que la vida pone en su brillante carrera hacia la autosatisfacción. Para el resto, para los ciudadanos sensatos y para los europeos, es el último y más grave episodio de la incapacidad de un gobierno en fallo multiorgánico al que no le importa dejar un erial o gobernar un erial si pueden seguir descansando en palacios a costa del contribuyente.