De las conversaciones con agnósticos y con ateos, sobre todo cuando agnósticos y ateos atraviesan momentos de dificultad, he sacado algunas de las lecciones más valiosas para mi vida interior. El Espíritu sopla donde quiere, y a veces tomando un café con una amiga o unas cervezas con un grupo de amigos he entendido con más despertar aspectos del misterio que siempre es Dios que haciendo un rato de oración con toda la intención de orar. En momentos de crisis, el agnóstico y el ateo miran al creyente con un ademán que cae entre la envidia y la admiración y desean creer como lo hace él. “Me gustaría tener fe como tú” es un deseo que he visto expresar a gente a quien quiero cuando les ha tocado atravesar los momentos más crudos de la existencia; eso es, en el tipo de lenguaje privado que usamos los cristianos, en los momentos en que el peso de la cruz con la que todos cargamos se ha hecho notar más que nunca. Aunque el suyo es un anhelo que responde a una necesidad del alma, la de la trascendencia, también es cierto que bebe de un malentendido: la noción de que Dios es un calmante emocional, un elemento externo autogenerado y de autoconsumo que tiene la función de ofrecer consuelo y ser bálsamo para las heridas. 

Dios no elimina el sufrimiento. Dios, de hecho, ni siquiera elimina la incertidumbre. Dios sostiene en el dolor y la incertidumbre, pero en ningún caso los excluye de la vida, porque entonces estaría deshaciendo la vida misma. La experiencia que compartimos creyentes y no-creyentes es que los momentos de dolor son momentos de encrucijada: el sufrimiento vivido en primera persona nos revela aspectos sobre nosotros mismos, sobre lo que deseamos, sobre cómo amamos y sobre la gente que nos rodea que parece que esté hecho expresamente para enmendar la manera como hemos estado viviendo hasta entonces. Esta es una encrucijada de soledad y silencio. Cuando las tinieblas se lo hacen todo suyo, cuando la muerte, o la ruptura, o el sinsentido nos conducen a dudar del valor de nuestra propia existencia, sin embargo, el creyente se reorienta confiando en el sentido del propio dolor. Dios impide que el sufrimiento se convierta en desesperación porque la esperanza que infunde no es la concepción infantil de que todo irá bien, sino el convencimiento de que, vaya como vaya, encaje o no en la lógica humana, tendrá un sentido sobrenatural. Y no me refiero a una “recompensa” en el Cielo. La experiencia del creyente que ha continuado creyendo es que, a la sombra de las cruces que le ha tocado cargar, se escondía una luz discreta, pero presente ya en la tierra.

Viernes Santo es la muestra de que Dios no ahorra dolor, porque no nos ahorra humanidad

Viernes Santo es la muestra de que Dios no ahorra dolor, porque no nos ahorra humanidad: ni a su Hijo, ni a la Madre de su Hijo, ni a las mujeres que acompañaron a Cristo a la Cruz, ni a Juan, que habiendo sido visto con Jesús decidió no esconderse. De hecho, tampoco ahorra sufrimiento a los discípulos que, asustados, desaparecen del mapa. Sábado Santo, en cambio, es la encrucijada en el calendario, porque es el momento en que la falta de fe encamina a la desesperación de Judas y la fe encamina a la esperanza a María. Es momento de duda y de incerteza. También es momento de silencio y, en muchos casos, del tipo de soledad que la incomprensión induce. Sábado Santo es el día en que la fe es más perfecta que nunca porque es el momento de creer que a pesar del sufrimiento, y a pesar de la cruz, y a pesar del sentimiento de derrota absoluta que a menudo enturbian los sentidos, incluso cuando las cosas no son evidentes y la sentencia parece escrita, Dios actúa. 

G.K. Chesterton escribía al final de Ortodoxia que “la alegría, que fue la pequeña publicidad del paganismo, es el secreto más grande del cristianismo”. Su carácter “secreto” puede ser descrito en estos términos porque, igual que la fe en Dios, es una alegría que no echa raíces en la ausencia de tribulación, ni en lo que es aparente. Aquello que agnósticos y ateos admiran o envidian en momentos de crisis, en realidad, no es un bienestar superficial, o una inconsciencia absoluta, o una distancia con las propias emociones, es todo lo contrario: paz de espíritu, conciencia sobrenatural, y una comprensión radical de la misma humanidad a través de la humanidad de Cristo. Durante el Triduo Pascual, en misas y oraciones y manifestaciones de religiosidad popular en las calles, a menudo se hace referencia al gesto de que “nos unimos a la cruz de Cristo”, pero la experiencia de quien cree es que es Él quien, con su cruz, se une a la nuestra y, rasgando las membranas de la soledad más íntima, nos sostiene porque nos comprende. Sábado Santo es la señal en el calendario que expresa cómo, cíclicamente, la vida situará nuestro espíritu en una encrucijada. Y cómo, cíclicamente, podremos adentrarnos en un descubrimiento de sentido que la hará más gustosa y plena, porque poco a poco iremos desentrañando el misterio. Los años nos enseñan que, por la gracia de Dios, lo único que es verdaderamente definitivo es que todo vuelve a empezar. Hoy es Sábado Santo, y mañana es Domingo de Resurrección.