Cargando...

Después de años de una quietud de ultratumba, sobreviviendo solo en fórmulas de gobierno casi sociovergentes como la de Lluc Salellas en Girona, parece que la pasada Diada ha hecho renacer el entorno cupaire y el de la izquierda independentista en general (el fenómeno también ha tenido especial visibilidad por el hecho de que, en las movilizaciones por todo el país, se podía ver bastante juventud, que de costumbre suele militar en tal embrollo). Este resurgir es entrañable, porque hasta ahora la oposición cupaire al Govern de Salvador Illa había sido mucho más discreta que el alboroto continuo de aquellos tiempos en los que el rencor contra el mundo de Convergència propició el envío de Artur Mas a la papelera de la historia; de hecho, la gente más progre del país ya no protesta mucho contra los sociatas, porque nuestros radicales se han fijado la nobilísima tarea de ser el estandarte de la lucha antifa.

La cosa tiene cierta gracia porque, basándolo todo en muscular oposición contra el auge de Aliança Catalana, la izquierda radical no solo está provocando que el partido de Orriols vaya creciendo cada día más en lugares donde la CUP fue casi hegemónica, sino que también está consiguiendo acabar formando parte quintaesencial del vodevil autonómico. Fíjense cómo, de pasarse casi dos lustros dentro del más crudo de los silencios mediáticos (el último hit de los cupaires fue el Erasmus suizo de Anna Gabriel y sus continuadores solo se han dejado ver en espacios como las tertulias inframentales de La Turra, conducidas —nada casualmente— por la descendencia femenina de un antiguo capataz del partido), ahora volvemos a tener las nuevas amazonas en primera plana, aunque sea por la excusa de los comentarios que suscita su pechamen o por las palizas policiales que ha recibido su fotógrafo oficial, Jordi Borràs, bella vedette de nuestra santa tribu.

A los partidarios de mantener el statu quo ya les va bien que Catalunya se entretenga con esta guerra civil de pacotilla entre compatriotas, un conflicto que —en el fondo, como ocurre siempre— es absolutamente inexistente, y no solo porque muchos votantes de la CUP estén viajando a Aliança, sino también porque no creo que la mayoría de los chavales de Arran o de Poble Lliure piensen que sus padres y abuelos se están transmutando en una especie de neonazis matamoros (uno de los problemas ancestrales de los catalanes, ay, es que nos pone nerviosos entender que, al fin y al cabo, todos pensamos básicamente lo mismo). En cualquier caso, tanto al Estado como a los virreyes catalanes les hace muy felices que el país se enrede en esta guerra absurda de extremos donde, por mucho que pese a todo el mundo, ni unos son hijos privilegiados de Stalin ni los otros la reencarnación de Mussolini. Nada puede garantizar mejor la unidad de España que la rencilla entre compatriotas...

Nunca les discutiré el disenso ni la radicalización de las propuestas, siempre que tengan como finalidad pensar como catalanes y desde una absoluta prioridad propia

Para solucionar este asunto, yo apostaría por hacer una cosa tan sencilla como dejar de importar debates que pertenecen al callejón sin salida español. Porque tampoco es tan difícil de ver que la dinámica entre el (supuesto) fascismo y el (supuesto) antifascismo es el intento de la prensa del 155 para que Catalunya experimente la misma pugna de bloques que ahora vemos en el Congreso. Pues bien, ante cualquier situación de enfrentamiento importado, la solución es pasar de ello olímpicamente. Esto no quiere decir, como gritaba Jordi Graupera en el Fossar también durante la Diada (cuidado, rey; diría que te quieren sacar del congelador para cuando vuelva el Santcristo), que entre nosotros no podamos estar en desacuerdo ni discutirnos hasta que los labios se nos duerman. No hay que comprar las tesis de los otros en términos educativos o migratorios, pero sí que hay que entender claramente que el enemigo principal del independentismo es el Estado castellano.

Puedo entender que muchos conciudadanos suspiren por una Catalunya ancestral bien pura que escape la porosidad de la globalización, como también puedo entender perfectamente que haya partidos que luchen por destrozar el capitalismo de amiguetes que todavía impera en el país, si es necesario con fórmulas cercanas al comunismo. Yo no les compro ninguno de los dos escenarios, pero eso qué más da: lo importante es que nunca les discutiré el disenso ni la radicalización de las propuestas, siempre que tengan como finalidad pensar como catalanes y desde una absoluta prioridad propia. Aquí, como comprenderán perfectamente, no se llega haciendo copy-paste de las luchas dialécticas entre los desafortunados Rufián y Abascal. Ahora que volvemos a tener una relativa rendija de fuerza, hay que gastarla de forma más sabia. Si la izquierda renace porque lo considera el país, que así sea; pero háganse todos juntos un favor y no caigan en la trampa de los podemitas.