Pasa en cada entrega de los premios Gaudí que asistimos todos juntos a un escaparate de la vergüenza ajena. A veces más obvio, a veces más discreto, pero el impulso de acompañar la recogida de un premio de una retahíla de reivindicaciones siempre es demasiado goloso para dejarlo escapar. Este tipo de discursos son un género propio en sí mismo. Nacen de un cálculo: que sea lo bastante crítico para ofrecer la imagen de que el mundo del cine —o de la cultura, grosso modo— cabalga algún tipo de vanguardia intelectual y política, pero que no cuestione el statu quo del que, en realidad, maman los implicados. Que apelen a luchas lejanas o cercanas, pero en abstracto. Que sirvan para, sea cual sea la cuestión, mostrar que están en el lado bueno de la historia. Es como si no bastara con el premio que tienen en las manos, porque el premio más dulce no es el de la validación artística, ni siquiera el de la validación laboral en términos genéricos: el premio de verdad es la validación moral.
En el atril de los Gaudí, el cine acaba pasando a un segundo plano y quien recoge el premio habla del mundo para, en realidad, hablar de sí mismo
Este tipo de discurso busca interpelar al público poniendo el foco sobre las que interpreta que son las preocupaciones de un sector ideológico concreto, pero ese mismo sector ideológico a menudo vive desconectado de la realidad de aquellos a quienes dicen representar. Queriendo ser cercanos, queriendo manifestar hasta qué punto son conscientes de su “privilegio” o queriendo abanderar según qué clamor, solo se revelan como un colectivo adicto al autoconsumo, politizado en la medida en que politizarse les reviste de capital social de cara a su público objetivo, que es lo que ofrecerá la caricia moral en retorno. Pero esta politización impostada, desvinculada de la raíz de los conflictos de fondo que tensan la sociedad, es excesivamente gestual e, incluso, un punto infantil. En el atril de los Gaudí, el cine acaba pasando a un segundo plano y quien recoge el premio habla del mundo para, en realidad, hablar de sí mismo.
La tentación nace del planteamiento de dar voz a quien quizás no la tiene, o de poner el altavoz a disposición de quienes están al margen. Pero precisamente porque la cultura —o, como mínimo, la cultura que estaba representada en los Gaudí— forma parte del statu quo, las proclamas siempre están circunscritas a unas temáticas estandarizadas y siempre funcionan a medio gas. Y quizás es eso lo que lo hace un punto grotesco: aquello que se hace —o que se dice que se hace— para los demás, para el colectivo que sea en función del discurso que toque, en realidad es el lubricante que permite que el sistema —el que sea— continúe funcionando tal como funciona; y que la crítica se ciña al atril, a la emotividad y al sentimentalismo justificados por el premio, y a la posibilidad de ganar espectadores cuando toque publicar el siguiente artefacto cinematográfico, a ver si el marketing del discurso del año anterior ha hecho su efecto.
Diría que incluso los que ideológicamente pueden tener puntos en común con según qué consignas detectan que la voluntad cosmética las enturbia, las estropea y merma su credibilidad. Quiero pensar, vamos, que esto es así. Que hay algo en la teatralidad de todo esto que chirría y que destapa una dinámica reivindicativa ideada para acomodar conciencias y puestos de trabajo más que para sacudir conciencias asumiendo el riesgo de que el trabajo se resienta. Y también para afianzar un sistema político que alimenta con dinero público todo este entramado. Nada es casualidad. Tampoco lo es que no se hablara del caos de Rodalies, ahora que los trabajadores no se pueden utilizar como arma contra la catalanidad. O que los comentarios sobre el estado de la lengua catalana en la que debería ser la noche del cine en catalán —que es la noche del cine en castellano subvencionado por los catalanes— fueran anecdóticos, adjetivando generosamente. Este ambiente de intereses entremezclados acaba dejando de majara a aquel que no se doblega ante él y lo condena al ostracismo. Que de un escenario así pueda salir alguna reivindicación verdaderamente rupturista y con potencial transformador, cuesta de creer. Quizás bastaría con dar las gracias y hacer pasar al siguiente.