Entre los debates intelectuales que sacuden el mundo occidental, la definición de prójimo es una de las más vigorosas, porque es un campo en el que se juega el concepto de humanidad y la propia definición del cristianismo.
Los sectores más conservadores, que cuentan con propagandistas, medios de difusión y capital consistentes, consideran que el principio elemental de la moral cristiana consiste en que la caridad tiene un orden.
Tal como manifiesta JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos de América y católico converso, “hay un concepto cristiano según el cual primero amas a tu familia, después amas a tu gente cercana, después amas a tu comunidad, seguidamente amas a tus conciudadanos y, después de eso, das prioridad al resto del mundo. Gran parte de la extrema izquierda ha invertido completamente esto”.
En estos ambientes fuertemente conservadores, se alega que, en tiempos de confusión moral, en que los sentimientos han sustituido la razón y la ideología, la realidad, es necesario recuperar los principios antes enunciados. Según ellos, la caridad cristiana, lejos de ser un universalismo etéreo, parte de una estructura concreta: primero la familia, después la comunidad y finalmente el mundo. Y añaden que esta jerarquía de valores no es arbitraria ni egoísta, sino que responde a la propia naturaleza del ser humano.
Afirman, sin despeinarse, que la palabra prójimo significa literalmente 'el próximo, el que está cerca'. Y consideran que creer que el prójimo es cualquier persona en cualquier lugar del planeta es una deriva de las ideologías actualmente predominantes.
Probablemente os va a sonar, porque afirman que, en función de esta ideología, se pide a las familias que renuncien a su bienestar por “solidaridad” con desconocidos, se promueve la inmigración masiva sin atender las necesidades de los ciudadanos locales y se exige a los Estados que asuman responsabilidades globales mientras sus propios ciudadanos sufren pobreza y abandono. Basan estos principios en las enseñanzas de santo Tomás de Aquino, y pretenden que la crítica que emite el vicepresidente Vance no es solo política, sino filosófica.
No sé si le planteó este tema al papa Francisco la última vez que se vieron en el Vaticano, justo la víspera de la muerte del pontífice. Pero, en cualquier caso, la respuesta del Papa a esta visión reduccionista del concepto de prójimo ya la había formulado unos cuantos años antes, concretamente en la audiencia general del 27 de mayo de 2016. Explicando la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), el Papa recogía la pregunta que un maestro de la Ley formuló a Jesús: “¿Y quiénes son los otros que debo amar?”, y se sobreentendía: ¿mis parientes?, ¿mis connacionales?, ¿los de mi religión?… En pocas palabras, el maestro de la Ley quería una regla clara que le permitiera clasificar a los otros en prójimo y no-prójimo, en quien puede ser prójimo y en quien no puede serlo. Jesús respondió con una parábola en la que convergen un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas con el culto del Templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro.
La parábola nos enseña que, en palabras del papa Francisco, “no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia sepa amar al prójimo”, porque ni el sacerdote ni el levita auxiliaron a un hombre moribundo que encontraron en el camino. Como afirmaba el Papa, “el sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen”.
De hecho, ignorar el sufrimiento del hombre significa ignorar a Dios. Si no nos acercamos a quienes sufren, no nos acercamos a Dios, y eso es lo que hace el samaritano. Aquel que era despreciado, por el cual nadie habría apostado nada, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo, se compadeció de él, que significa que sus entrañas se conmovieron.
La compasión, el amor, no es un sentimiento vago, significa comprometerse
El samaritano actuó con verdadera misericordia: vendó las heridas de aquel hombre, lo llevó a un albergue, se hizo cargo de él personalmente y proveyó para su asistencia. Porque la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, significa comprometerse.
Jesús, pues, invirtió e invierte la perspectiva: no clasificó a los demás para ver quién es prójimo y quién no. Un cristiano, si quiere serlo y no solo decirlo, debe convertirse en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo será si en su corazón hay compasión, es decir, la capacidad de sufrir con el otro.
Un cristiano está llamado a recorrer el mismo camino del buen samaritano, porque nuestro prójimo no es solo el cercano, sino toda persona que sufre, sea donde sea, esté donde esté. El papa Francisco lo dejó claro: “el verdadero amor no hace distinciones entre personas, sino que ve a todo el mundo como el conjunto de personas que necesitan nuestra ayuda y cercanía”. Espero que seamos conscientes de ello y que disipemos dudas.