Eso que llamamos ‘actualidad’ se produce de forma frenética —un suceso impresionante pisa al otro de forma incesante y anárquica—, hasta el punto de que, si uno no va con mucho cuidado, puede causar irritaciones sensoriales y cognitivas notables. Provoca, además, una especie de alteración en la percepción del tiempo, de tal modo que, si seguimos de cerca los medios y, sobre todo, las redes sociales, fácilmente sentiremos que, como si viajáramos por el espacio, el tiempo se acelera. Se acelera tanto que, en una especie de espejismo memorialístico, tenemos la sensación de que cosas ocurridas hace solo unos días son ya muy antiguas, prácticamente remotas. Se encuentran increíble y engañosamente alejadas. Estas líneas pretenden justificar por qué retorno, en este espacio, a la cuestión de la financiación autonómica. Se trata de una cuestión muy relevante y, además, aunque a algunos les pueda parecer realmente ‘antigua’, la verdad es que no lo es en absoluto. El acuerdo en la Moncloa entre Pedro Sánchez y Oriol Junqueras, que es lo que activó el debate, la polémica y las agrias salidas de tono, no tiene ni tres semanas. Aquel pacto, por otro lado, está perfectamente vivo. Y faltan varios meses para concretarse, si es que se acaba concretando en algo, que ni siquiera eso está claro. Mientras tanto, de aquí a allá, puede pasar de todo.
Con relación a las novedades en el sistema de financiación, hay que conceder a los críticos —singularmente, en el campo político, a Junts per a Catalunya— que el acuerdo no supone en absoluto que Catalunya salga del régimen común. Seguiremos formando parte de él. Salir del régimen común sería la condición necesaria para llegar a un sistema que se pudiera parecer a los del País Vasco y Navarra. Eso sí, si lo que se ha anunciado acaba materializándose, Catalunya dispondrá de más dinero. ¿Por qué? Pues porque algunas modificaciones ahora así lo facilitan. Y también porque un dinero —casi 21.000 millones— que antes se quedaba el Estado ahora va a parar a la bolsa de las autonomías. En resumen, tenemos el mismo sistema, con algunas mejoras —no todas las que harían falta— y más dinero para repartir. Los 4.700 millones suplementarios que se le han prometido a Catalunya representan aproximadamente el 12% del presupuesto de la Generalitat, que no es poca cosa.
Quizás, con los años y las decepciones, me he convertido, entre otras cosas, en un pragmático radical a la hora de mirarme la política. Quiero decir que considero que Catalunya debe continuar incansablemente intentando avanzar, ya sea a grandes zancadas o, si no es posible, con pasos más pequeños. Algunos dirán que esto no es más que el tradicional gradualismo pujolista. A lo mejor sí. Lo importante es no retroceder ni conformarse, sino tirar para adelante, construir. En estos momentos, 'avanzar' significa, en términos de mejora de la financiación, seguir trabajando para que el sistema se parezca al máximo a los que tienen, por ejemplo, países como Alemania y Canadá. O, mejor dicho, se parezca a lo mejor que tienen en Alemania y Canadá.
¿Cómo es posible que los dos grandes partidos soberanistas catalanes no trabajen juntos?
Tras su acuerdo con Sánchez, el líder de ERC hizo una llamada a Junts per Catalunya y a Carles Puigdemont a trabajar juntos. Aparentemente, esta invitación no ha recibido una respuesta positiva, al menos hasta ahora. Pero detengámonos aquí un momento. Porque la pregunta es: pero, ¿cómo es posible que los dos grandes partidos soberanistas catalanes, los cuales, además, son absolutamente decisivos en el Congreso español, no trabajen juntos? ¿Cómo es que no lo hacen ni siquiera en aquellos asuntos trascendentales para el bienestar de los catalanes? Si no lo hacen por la financiación, ¿cuándo lo harán? Alguien que viniera de fuera y desconociera la lamentabilísima historia de la relación entre unos y otros no solo no lo entendería. Es que se echaría las manos en la cabeza. Le resultaría incomprensible y delirante.
Continuemos desde aquí. Creo que lo que está claro es que hay que corregir el rumbo. Hay que vencer los rencores y trabajar juntos. Queda tiempo suficiente. Es necesario que Junts y ERC, ERC y Junts, Puigdemont y Junqueras, Junqueras y Puigdemont, se arremanguen y se pongan a presionar al PSOE para conseguir no solo que el acuerdo de la Moncloa no quede en papel mojado, sino para mejorarlo. Es necesario, por ejemplo, blindar la ordinalidad —que si Catalunya es la tercera en aportar lo sea también a la hora de recibir— para siempre. Es necesario, de alguna forma, introducir la variable del coste de la vida, porque los precios en Extremadura y en Catalunya, por ejemplo, no son los mismos. Es necesario, también, insistir en la recaudación por parte de Catalunya de IRPF e IVA y, en paralelo, exigir las balanzas fiscales, etc.
Unos y otros disponen aún de margen para lograr mejoras. Bastante terreno todavía por ganar. Puede empujar particularmente Junts, que no ha ‘gastado’ en esta batalla sus siete diputados en el Congreso. Dispone todavía de palancas, como diría Joan Laporta. Eso sí: unos y otros deben trabajar incansablemente, lealmente y de forma coordinada. Y con gran determinación. Y dejarse de cuentos. ¿Tan difícil es? Esquerra no puede quedarse de brazos cruzados porque ya haya hecho lo que ha hecho y haya logrado la foto en la Moncloa. Junts no puede aferrarse a que —ciertamente— Catalunya no ha conseguido un sistema como el vasco o el navarro para no hacer nada. Para el rechazo a todo, estético y confortable. Para ausentarse, para quedarse fumándose un puro apoltronado en su sillón. No es lo que le corresponde a un partido catalanista, nacionalista, soberanista o independentista. Un partido como Junts no puede hacer como Aliança Catalana —con España no tenemos nada que hablar— o el PP, que prefiere que sus gobiernos autonómicos pierdan una millonada —con el correspondiente perjuicio para los ciudadanos— porque su peor pesadilla es que algo les vaya bien a Sánchez o a Catalunya. De Junts, creo, mucha gente espera más.