El éxito del independentismo en las elecciones catalanas del pasado domingo y su triunfo –en este caso sí, coral, de Junts pel Sí y la CUP– alcanzando 72 escaños de los 135 de la Cámara catalana ha dejado en un segundo plano el terrible batacazo que ha recibido por parte de los ciudadanos el Partido Popular.
Y ello ha sucedido en unas elecciones que han llegado a una cifra récord de participación de casi el 78% de los catalanes con derecho a voto y en las que los electores de la derecha catalana también se han mobilizado al máximo. El hundimiento del PP en las catalanas es incuestionable y el 8,5% de los sufragios obtenidos los ha dejado en una delicada posición de apoyo popular que no se recordaba en las filas conservadoras desde 1992, hace 23 años.
La pregunta ahora es la siguiente: ¿con este resultado, y teniendo en cuenta el poco tiempo que falta para las elecciones españolas, Mariano Rajoy puede salvar la Moncloa para el PP en diciembre? Si vamos al histórico de los comicios celebrados en España la respuesta es que no. La ola de indignación con los populares es tan alta que es fácilmente detectable un proceso de contaminación en el resto de España. Ha pasado en otras elecciones y aunque en unas generales el PP siempre obtiene mejores resultados que en unas catalanas, siempre ha habido una cierta correspondencia entre unos resultados y otros.
Rajoy se enfrenta a un triple reto: Albert Rivera y Ciudadanos le va a reventar su electorado en las provincias grandes y medianas, el PSOE va a tener un comportamiento razonable porque Podemos no retiene el impulso electoral de hace unos meses y, en tercer lugar, no va a encontrar apoyos parlamentarios para continuar en la Moncloa. Sólo hace falta escuchar lo que Rivera dice en los cenáculos de Madrid: "Aspiro a la presidencia del gobierno y si no puedo serlo pactaremos con el PSOE o con el PP; pero nunca apoyaremos a Rajoy". No dejaría de ser curioso que el hombre que quiso destruir a Mas acabe saliendo del poder antes que él.