Ignacio Garriga es catalán y negro —a él le gustará, por ideología, que no lo tilde de persona racializada— y es uno de los líderes de una formación catalanófoba y racista. Cualquier psicólogo que se encontrara ante un caso clínico de este tipo diría que el paciente sufre de autodesprecio, vinculado, a menudo, a trastornos como el de la ansiedad, la depresión o el trastorno de personalidad límite. Garriga, sin embargo, rompe cualquier marco conceptual psicológico que busque explicar la conducta, las emociones y los procesos mentales humanos. Si un radiooyente lo escucha sin haberlo visto nunca en imágenes, dudo, a menos que posea una perspicacia superdotada, que llegue a vislumbrar que el líder de Vox en Catalunya es una persona racializada —perdona, Ignacio— y que se autodesprecia; al contrario. El discurso de Garriga —de macho alfa ibérico— se construye en base a una ideología en la que ni un catalán ni un negro tendrían cabida, a no ser que disfrutaran en la práctica del masoquismo.
Conclusión: Ignacio Garriga no se menosprecia a sí mismo, sino que disfruta de la contradicción hasta extremos superlativos.
Steve Bannon, el mentor ideológico de toda esta generación de fachas, les instruyó muy bien. Lo importante es inundar de eslóganes cortos, impactantes y polémicos los medios de comunicación y las redes sociales, y desde hace unos días están propagando, ayudados por los Motos, Quintanas o Abads de turno, un principio que han bautizado como “prioridad nacional”, y que se basa en priorizar al nacido en España y de padres españoles de nacimiento a la hora de recibir prestaciones, subvenciones o ayudas de la seguridad social, o a la hora de acceder a las políticas públicas de vivienda o de salud. La prioridad nacional es, en sí misma, una contradicción, porque todo aquello en lo que se sustenta este país disfuncional —la monarquía— queda en entredicho. Según esta prioridad nacional, ninguno de los dos reyes —el emérito y el preparao— tiene derecho a vivir de las subvenciones de las que suelen vivir las monarquías de países que mueren ahogados en la nostalgia autocomplaciente de un pasado glorioso.
El término 'prioridad nacional' ha aparecido como por arte de magia durante las elecciones en la Comunidad Autónoma de Funcionarios de Extremadura, una comunidad nacida para hacer de la subvención un modus vivendi, y el partido Vox lo ha empleado como línea roja para repartirse cargos con un PP que ve el poder como ven los yonquis una jeringuilla de heroína. Como era previsible, el PP ha aceptado los preceptos de la prioridad nacional presentada por Vox, con una teatralidad que recuerda al padre que lleva de putas al niño para comprobar si es un macho como es debido, y después se queja porque el niño se le ha convertido en putero.
Todos los que votaron, desde la equidistancia o desde el socialismo constitucional, la aplicación del artículo 155 también son víctimas potenciales de estas prioridades nacionales
El asunto preocupante de toda esta prioridad nacional es lo que oculta, que no es nada más que un deseo de vindicta. Ahora es el turno de tocar las narices a los migrantes de origen o nacidos en tierras de infieles, y una vez que el PP y Vox lleguen a la Moncloa, la prioridad nacional se pluralizará para convertirse en unas prioridades nacionales que se trasladarán a todos los ámbitos que pongan en duda la unidad de la patria.
Ante esta prioridad, me viene a la memoria Me llamarán, un poema de Blas de Otero que cantó magistralmente Paco Ibáñez y que dice: Me llamarán, nos llamarán a todos. Tú, y tú, y yo, nos turnaremos, en tornos de cristal, ante la muerte. Y te expondrán, nos expondremos todos a ser trizados ¡zas! por una bala. Bien lo sabéis. Vendrán por ti, por ti, por mí, por todos. Y también por ti.
El poema, escrito en el ámbito de la dura represión franquista, esboza a la perfección el talante de este país nacido para fabricar garrotes viles o construir paredones.
Y mira por dónde que les avisamos. Todos los que votaron —desde la equidistancia o desde el socialismo constitucional— la aplicación del artículo 155, y que vivieron el juicio a los políticos del procés desde la equidistancia o desde el socialismo constitucional con una tranquilidad vergonzosa, también son víctimas potenciales de estas prioridades nacionales. Fueron cómplices haciendo seguidismo de los representantes de una España que nunca aceptó alquilar la finca a otros conciudadanos tras la muerte del Generalísimo, y ahora les tratan como a okupas.
Escuchando el discurso del president Illa en la gala celebrada en el Liceu para conmemorar los 150 años de la empresa Damm, pensé que el Molt Honorable empieza a jordipujolear en el tono y en la forma de la arenga. Para un socialista del sector florista —de los de la Camarga—, debe de ser duro sufrir una metamorfosis que lo esté asimilando a un político al que detestó tan desacomplejadamente, que su odio no le dejó intuir que vivía en un país tan equivocado que ni su españolidad fraternal servía, por defectuosa, para salvarse de la inquisición ultra. Si, como dicen las encuestas, el president Illa vuelve a ganar las elecciones autonómicas, deberá mover cielo y tierra para que estas prioridades nacionales no signifiquen la eliminación de la inmersión lingüística, el cierre de los medios de habla catalana, la ilegalización de los partidos independentistas, el adelgazamiento de la Generalitat y la persecución de todo lo que Ignacio Garriga ha convertido en objetivos a batir. Lo tendrá difícil el Molt Honorable, que vivirá amenazado por un 155 perpetuo si Vox y PP tienen mayoría absoluta. Incluso un cargo como el de president de la Generalitat también puede convertirse en una de las prioridades nacionales. Diez años más tarde, y a diferencia de cuando apoyó la aplicación del 155, no gozará ahora del favor de Dios, de la patria y del rey y, mucho menos, del poder judicial.
