El viernes pasado me entusiasmó un tuit de la periodista y simpatizante de Junts per Catalunya, Pilar Calvo, en el que la antigua cara del fútbol en TV3 agradecía los 473 votos que había obtenido en el proceso de primarias para elaborar la lista del 14-F de la formación puigdemontista. Como explicaba ella misma, quedando novena en votos en toda Catalunya y ayudada por la ley de paridad de género, Calvo las tenía todas para acabar luciendo un número más que digno a la lista de Junts en el Parlamento —que era, suponemos, el motivo por el cual la votaban los electores concurrentes en las primarias— cosa que no acabará de ocurrir y, cito textualmente el hilo de tuits, "porque el presidente @KRLS (Carles Puigdemont) y el Secretario @jordialapreso (Jordi Sànchez) me han pedido que vaya a Madrid a ocupar uno de los escaños que quedarán libres en el @Congreso_Es (el parlamento de los enemigos)."

Antes de que los troles juntistes se me abalancen al cuello, sé perfectamente que el reglamento de las primarias juntistes sólo contaba como vinculantes los ocho primeros nombres de cada lista, que Pilar Calvo ya se había presentado a las listas del Congreso con Laura Borràs como número 7 y que la misma metodología de estos falsos comicios (y escribo "falsos" porque cualquier cosa que organice un crío que viene del comunismo como Jordi Sànchez siempre acabará siendo fraudulenta) dejaban abierta esta elección personal. Mi objeción no es metodológica sino conceptual, pues si para alguna cosa debe servir un proceso de primarias es justamente para que un candidato independiente haga lo que le piden sus electores, no lo que le proponga el presidente de su formación o el Secretario de la misma. Lo importante es el vínculo con el votante, no el método.

De hecho, si hilamos fino y atendemos al espíritu de unas primarias como dios manda, la decisión de Calvo sería poco ética en relación a unos votantes que la han apoyado para que sea diputada en el Parlamento, por mucho que estos mismos votantes, al fin y al cabo, estén encantados con el hecho de que llene una de las vacantes de Junts en el Congreso. Porque aquí, insisto, lo importante es el vínculo de las promesas que tú has hecho a tus electores y el marco donde este programa personal se desarrolla (en este caso, el Parlament de Catalunya) y no aquello que pueda hacer gracia a Carles Puigdemont, a Jordi Sànchez o a la Virgen Maria, en caso de que tal personalidad fuera militante de la formación convergente. Eso también vale para Elsa Artadi, que fue la segunda persona más votada en las primarias pero que, pequeño detalle, antes se había comprometido con los ciudadanos de Barcelona |para toda una legislatura como concejala del Ayuntamiento.

Como os podéis imaginar, a mí me importa un bledo si Pilar Calvo o Elsa Artadi acaban en el Parlamento, en el Congreso o donde cojones sea, porque eso de la política catalana cada día es un asunto menos interesante. Lo que me importa es recalcar como la política de la tribu se ha acostumbrado de una forma absolutamente parsimoniosa a aceptar, o incluso alabar el carácter espumoso de los compromisos que un político adquiere con sus electores. ¿Si nuestros representantes no cumplen ni con los mínimos de democracia en el interior de sus partidos, creéis de verdad que tendrán más en cuenta el valor del vínculo que los une a sus electores? Alguien opina que un partido que presenta al barcelonés (perdón, el graciense!) ¿Ramon Tremosa por Lleida sólo para que el conseller acabe mojando y tenga su correspondiente acta de diputado tendrá algún tipo de coraje al levantar DUIs o aplicar referéndums? ¿Verdad que no?

De hecho, fijaos si tiene gracia la cosa, que la primera vuelta de las primarias de Junts tenía por único objetivo escoger el número 1, una decisión que el propio Puigdemont rompió con ese acto tan feminista de ponerse delante de Laura Borràs para ayudarla a ser presidenta. Después, la misma Borràs ha pactado números de lista con Demócratas y Solidaritat (en el primer caso, por cierto, Antoni Castellà también decidió pimplar-se unas primarias de su partido donde la militancia había decidido presentarse a las elecciones en solitario) que no estaban incluidos en ningún reglamento. Pero incluso así hay un factor interesante, pues por mucho que los convergentes hayan intentado urdir un proceso de primarias dirigido, los juntistes no han heredado la gracia de Pujol o de Prenafeta para controlar todas estas jaranas, y el desbarajuste ha implicado que se les colaran en la casa grande perfiles más descontrolados.

Así ha ocurrido con ácratas como Joan Canadell, un político que a pesar de ser un puigdemontista declarado, tiene agenda propia y que puede acabar inoculando algún virus interesante en el inmovilismo pactista de Laura Borràs. ¡Sea como sea, que el procesismo haya reivindicado durante años lemas como "Queremos votar"! y que siga protagonizando procesos de elección de candidatos muy parecidos a los de partidos tradicionales (en el caso de Esquerra, las primarias se hacen directamente consultando el Espíritu Santo de Lledoners) no deja de ser un retrato perfecto de una manera de obrar absolutamente enquistada en los mecanismos más vetustos de la política española. Todo eso es lo que queríamos superar con la independencia. Pero de eso de la independencia mejor que ni hablemos, porque si no saben ni disfrazar unas primarias de transparencia ya me diréis si sabrán hacer un estado...

 

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