Mis lectores más espabilados habrán visto enseguida la forma tan artificial y dal niente con que la polémica sobre las infraestructuras ha aterrizado de nuevo en el lodazal de la política catalana. En primer término, la regurgitación de los porcentajes entre la inversión pública del Estado y el PIB catalán (o el robo impositivo por medio del cual pagamos la fiesta madrileña) resulta el enésimo intento del procesismo de meternos en la máquina del tiempo. El gesto no tiene nada reivindicativo, ya que ERC y Convergència alimentan al PSOE con una fidelidad monástica; todo es, simple y crudamente, un intento del Govern para que las élites catalanas vuelvan a apuntarse al carro de la reivindicación, en Barcelona se hagan actos llenos de corbatas y pecheras operadas pidiendo un mejor aeropuerto, y el nuevo opositor a la cátedra de Enric Juliana se invente una expresión bonita para describir al catalán fastidiado.
Afortunadamente, a pesar de los intentos de la partidocracia catalana para convertir a los ciudadanos en autómatas, la mayoría de los electores tiene memoria. Sabemos, pues tampoco hace falta mirar muy atrás, que eso del catalán fastidiado acaba con resultados históricos del PSOE a Catalunya y una visión más simpática pero igualmente colonial del socialismo en el kilómetro cero. El debate de infraestructuras rompe las paredes del ataúd donde los autonomistas lo tenían escondido, en definitiva, solo porque la queja sistemática le funciona igual a Aragonès que a los burócratas de la Moncloa. La cosa tiene mucho cachondeo; hace pocos días, mientras estaba en la tertulia de mi amigo Basté, pude comprobar cómo los niños del PP vuelven a hablar del déficit infraestructural catalán como si fueran convergentes de toda la vida. No hay mejor forma de hacer que no pase nada, en definitiva, que ahogarnos aburridos en la sopa de los debates estériles.
El debate de infraestructuras regurgita porque el poder quiere hacer volver a la mayoría de ciudadanos al pasado y el procesismo busca en el incentivo de trenes y carreteras la última y agónica metáfora para obligar a votar a la peña
Como los españoles son unos cachondos, los socialistas han cerrado rápidamente la discusión haciendo uso de su ministra catalana y de la antigua vicepresidenta, Carmen Calvo, excusando el déficit en el retraso de adjudicaciones y la lentitud comprensible de ejecutar las obras después de una pandemia. Esta última ha aprovechado el delirio humorístico del presente (que incluso le da cierto relieve intelectual) felicitando a la tribu por haber echado al PP del Parlament. Lo que decía; unos cachondos. Para saber que la mayoría de estas infraestructuras no se culminarán en décadas no hace falta un estudio riguroso; basta con salir de Clot-Aragó con Rodalies y ver cómo la futura estación de la Sagrera tiene cuatro o cinco obreros encima de unas estructuras de cemento que todavía no conforman ni el esqueleto básico del futuro edificio. Es muy probable que veamos antes acabada la nauseabunda remodelación de la Sagrada Familia.
Mientras pasa todo eso, los aparatos ideológicos del procesismo siguen eliminando cualquier forma de vida inteligente en el país. Desde hace semanas, las madrinas catalanas miran con mucho ánimo todo el debate de las infraestructuras y su máxima preocupación es si Mariona ganará 'Eufòria' contra toda la caterva de rivales plurisexuados con que la postmodernidad televisiva amenaza el paradigma de una señorita catalana como es debido. Al mismo tiempo, sus nietos cada vez viven la política con más desidia y, visto que los precios de volar se encarecerán radicalmente, muchos de ellos dejan la ciudad para empezar una vida rural de huertecillo y cultivo idealizada desde Barcelona. Hará falta que los jóvenes independentistas del país estén atentos, porque la máquina de distracción masiva ya les empieza a perfilar como futuros consellers de la autonomía, regalándoles tribunas mal pagadas.
El debate de infraestructuras regurgita porque el poder quiere hacer volver a la mayoría de ciudadanos al pasado y el procesismo busca en el incentivo de trenes y carreteras la última y agónica metáfora para obligar a votar a la peña. La única forma de contrarrestar todo este vómito es ayudar a los jóvenes a no perder la memoria del 1-O y hacer lo posible para que una parte significativa de electores se quede en casa en las próximas municipales. Yo os ayudaré no solo a ver el futuro, también a llegar a él. Paciencia.