Los pactos para aprobar los presupuestos muestran hasta qué punto el espacio que cada uno busca cobrarse en la negociación no es ideológico. En el sentido estricto del término, tampoco es del todo político. Los partidos buscan la obtención de oficinas y de direcciones generales que materialicen la victoria negociadora que quieren reivindicar. El acuerdo de presupuestos entre el PSC y ERC incluye la creación de una oficina con rango de dirección general adscrita a la Conselleria de Política Lingüística para “impulsar el catalán en el entorno digital”. El acuerdo de presupuestos entre el PSC y los Comuns incluye la creación de una Direcció General de Disciplina en Habitatge con una estructura propia de recursos y personal. El chiringuito es poderoso.
Cuesta decir hasta qué punto estas direcciones generales harán el trabajo que quien las ha negociado dice que harán. De hecho, cuesta decir si el trabajo práctico que hagan interesa verdaderamente a alguien. ¿Quién auditará la relación entre propósito y resultados? ¿ERC y los Comuns ganan algún tipo de poder real engordando la estructura administrativa que depende del PSC? ¿Por qué la prioridad en un marco de negociación es obtener oficinas y direcciones generales cuyo funcionamiento, de entrada, no puedes controlar? Porque ganas un espacio de influencia dentro de la administración en el que hay sueldos —sí, la parte importante es la de los sueldos— que están un poco en deuda contigo, ya que existen gracias a tu partido. Si el chiringuito en cuestión tiene por objeto —teóricamente— uno de los puntales distintivos de tu partido, además, es muy posible que quienes tengan algún papel en él ya te sean más o menos afines. Y estarán otro poco en deuda con el gobierno de quien dependan: en este sentido, el chiringuito hace de terreno común.
¿Por qué tenemos que pagar los sueldos que sustentan estos juegos de aparentes disputas políticas —que no lo son— con dinero público?
El chiringuito es una carcasa vacía que, en el momento del pacto, permite manifestar una distancia ideológica que sirve de maniobra de distracción de lo que ocurre en el plano subterráneo. Los partidos pactantes se hacen una reserva de plaza en la administración que les garantice un retorno electoral más o menos compartido: la lealtad de todos los que dependan de ella. Si ya sabemos que el Departament de Política Lingüística en manos del PSC es un entramado de reparto de dinerito público sin ningún tipo de incidencia positiva en la cuestión lingüística —de hecho, es un altavoz del tipo de discursos que nos desarman—, ¿quién confía en que la dirección general pactada con ERC podrá cambiar algo? No confía en ella ni ERC, porque esta no es la vocación final de la dirección general en cuestión. ¿Quién confía en que una Direcció General de Disciplina —tela, el nombre— en Habitatge no sea una especie de espacio de encuentro de la vieja y la nueva izquierda española que ni puede ni quiere ganarse la vida en la privada? ¿Por qué tenemos que pagar los sueldos que sustentan estos juegos de aparentes disputas políticas —que no lo son— con dinero público?
Que en esta columna se hable de direcciones generales con la palabra "chiringuito" es absolutamente parcial, sí. Es intencionado y tiene la voluntad de exponer el descrédito con el que es vista la parte política de la malla administrativa. O la parte administrativa de la malla política. No quiere ser un flagelo contra lo público, ni una enmienda a la totalidad instrumentalizable por la derecha liberal reaccionarizada, sino una muestra diáfana de una práctica normalizada que, si no es corrupción, sí que parece que corrompe algo. Y que, al fin y al cabo, en nombre del servicio público y el servicio al ciudadano, carcome y vicia la vida política, resta credibilidad a las instituciones y genera —aún más— distancia entre políticos y ciudadanos. Estos últimos se ven obligados a sospechar cuál es la segunda lectura tras los titulares de la prensa política y a relacionarse con ella desde la desconfianza, que, en último término, alimenta las pulsiones totalitarias que hoy reviven. En los pactos de presupuestos, los partidos se reparten el pastel entre ellos con unas consecuencias que afectan la cultura democrática de todo el país y, desengañémonos, también tocan un poco la moral. Al final, acabará siendo verdad que la única forma de tener una vida más o menos cómoda, económicamente estable y laboralmente plácida es dedicarse a hacer fotocopias en la enésima Dirección General de la Nada, a las órdenes de un socialista gris.
