Cuando a media mañana he sabido que Podemos propondría una moción de censura, enseguida me ha venido a la cabeza la maniobra que hizo ayer Marine Le Pen. Ojo, no estoy comparando Podemos con Le Pen. Hablo estrictamente desde el punto de vista de olfato político y agilidad estratégica para obtener un beneficio mediático inmediato y, sobre todo, debilitar al rival.

Lo que hizo la líder del Frente Nacional francés y candidata a presidenta de la República fue tirar un cubo de agua a Emmanuel Macron, su rival en la segunda vuelta, y aprovechar la ola generada para surfear.

Resulta que en Amiens, por cierto la ciudad de Macron, hay una planta de la marca Whirlpool que será deslocalizada en breve a Polonia, a pesar de tener beneficios. Se perderán 380 puestos de trabajo en nombre de lo que aquí conocemos tan bien consistente en aumentar todavía más estos beneficios pagando sueldos más bajos en un país más pobre. Macron fue a reunirse con los representantes sindicales de la empresa, pero en vez de ir a la fábrica y evitar posibles conflictos, los citó en un despacho de la Cámara de Comercio del centro de la ciudad. Mientras, Le Pen aprovechó la situación y en el mismo momento fue a la fábrica para decir a los trabajadores que ella salvará la empresa y que ella es la esperanza de futuro. Y se fotografió con todo el mundo. Y recibió un baño de masas.

Y ahora usted me preguntará: "¿oiga, y como salvará la empresa?". Y yo le respondo: No lo dijo y da igual. Es la homeopatía política: "yo le prometo la curación a todos sus males, tenga fe y verá como todo se resuelve". Es la repetición del Trumpismo, dirigirse a la clase obrera, la más castigada por la crisis presente y la clase que tendrá más difícil adaptarse al futuro que llega, y ofrecerles promesas que todo el mundo sabe que no se cumplirán. Pero que la gente compra porque está desesperada y se agarra a ellas porque no le queda otra cosa.

Haciendo esta maniobra, Le Pen sumó apoyos y ofreció una imagen de ángel que ayuda a los desválidos pero, sobre todo, perjudicó la imagen de Macron, que ha quedado como alguien alejado de la realidad y que se esconde en oscuros despachos. Una cosa parecida a la que ha hecho hoy Podemos.

Con la moción de censura cogen la bandera de la indignación, que se extiende como una mancha de aceite entre la gente después de todo lo que estamos viendo desde hace dos semanas, donde cada día es peor que el anterior: la Comunidad de Madrid, Pujol, la fiscalía y la sensación infinita de corrupción al por mayor entre una impunidad total. Y no sólo toman la iniciativa en medio de un oasis de silencio sino que debilitan a su gran rival, el PSOE, que aparece como un partido del "sistema" que no hace nada para evitar la descomposición.

¿Soluciones? Ninguna. De reales, quiero decir. Pero es que este no el tema. Lo que busca Podemos es el golpe de efecto. El "yo soy la solución a una crisis que nadie resuelve y que yo sí que resolveré". Se trata de imagen, de posicionamiento propio y de desubicación del rival. Vaya, lo que se había hecho toda la vida, pero con la diferencia de que ahora todo llega a más gente.

Y, ¿sabe por qué la gente se los compra? Porque tienen motivos para hacerlo. Muchos.

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