El más que discutible buen gusto del alcalde de Barcelona le lleva a afirmar cosas como que "el Tour es el acontecimiento más importante que ha vivido Barcelona desde los Juegos Olímpicos del 92", y entonces uno se da cuenta de que no se trata de falta de visión o de criterio, ni de un arrebato veraniego, sino de falta de buen gusto. Un problema de incorregible mal gusto, del que ha hecho ostentación en más de una ocasión. Su natural tendencia a la horterada y su absoluta ausencia de sentido del ridículo, con gorra o sin ella. Aun así, viniendo de la inauguración de la torre de Jesús y de la vuelta al mundo que ha dado la culminación de su construcción, cuesta creer que un alcalde suelte disparates tan flagrantes. Sinceramente, creo que Collboni solo ve determinadas cosas, de una estética y un tono muy concretos, como si su vida fuera una fiesta de purpurina o el perfil de Instagram de un "Awake Dreamer" con loft en el 22@. Barcelona es escenario de grandes acontecimientos y es bueno que así sea, y, en efecto, el Tour ha salido muy bien. De lo que se trata es de mantener la compostura, llevar cerrada la cremallera del provincianismo y saber distinguir una carrera de bicicletas de los verdaderos acontecimientos históricos de la ciudad. Los grandes y los pequeños.
Los irreales Juegos Olímpicos de Invierno lo intentaron, la materializada —y derrochadora— Copa América también, los coches de Fórmula 1 derrapando por el paseo de Gràcia ya nos avisaron: se trataba de "superar" el verdadero acontecimiento histórico de los últimos años, que fue el 1 de octubre. Polémico, conflictivo, con un mal desenlace, pero ejemplo para la posteridad de lo que un país y su capital pueden hacer, democrática, pacífica —y creativamente— cuando se lo proponen: nada menos que un acto de liberación nacional. Una "quimera", dice el alcalde, tan orgulloso, en cambio, de los días del orgullo de otras antiguas "quimeras". El 1-O fue y seguirá siendo, por mucho que les reviente, el acto más progresista y más "Mamdani" que ha vivido la capital en los últimos años. Pero ellos intentan por todos los medios superar una etapa demasiado poco festiva y demasiado cargada de amargura (y que, según los miopes lobbies económicos, "ensuciaba" o "desfiguraba" la imagen de la capital): eso sí, con los autoritarios como vencedores eternos de la partida.
Desde 2017, todos los grandes acontecimientos organizados deprisa y corriendo en Barcelona han parecido más bien enormes derroches, más circo que pan, horteradas monumentales, maniobras de distracción y sobredimensionamientos de los resultados para hacer creer que Barcelona es solo alegría y lentejuelas. En ese sentido, para ser aún más claro, este estilo se diferencia muy poco del de los combates de boxeo frente a la Casa Blanca de Trump. Barcelona, afortunadamente, no es nada de eso. El alcalde lo sabe, pero prefiere decir tonterías y minimizar la reciente culminación del templo de Gaudí (con confiscación de esteladas a los coros, por supuesto, porque también "desfigurarían" demasiado el acto). Collboni no menciona ese acontecimiento histórico; prefiere olvidarlo cuanto antes porque no pertenece a su mundo, porque rebosa catalanidad y trascendencia, porque no es efímero sino permanente. Como la piedra, pero también como las cicatrices que aún no han cicatrizado.
El 1-O fue y seguirá siendo, por mucho que les reviente, el acto más progresista y más "Mamdani" que ha vivido la capital en los últimos años
Además, Barcelona está hecha de pequeños acontecimientos. Aunque tengan sentido por sí mismos, son también los que hacen posibles los grandes espectáculos como el Tour, los conciertos de Rosalía o de Bad Bunny, el Primavera o el Sónar, el Mobile World Congress o incluso la Super Bowl, si algún día llegara el caso. En Barcelona está en marcha, para empezar, la ampliación del MNAC, un hecho nada menor, aunque sí con vocación de permanencia y no de "acontecimiento" efímero. Un proyecto capaz de multiplicar exponencialmente la proyección del patrimonio artístico —y de la vocación nacional— de la capital. Me atrevería a decir incluso que el MNAC es la última institución que conserva una verdadera voluntad de discurso nacional, sobre todo después de ver cómo se han elegido últimamente los nuevos directores de los museos de arte, empezando por la Fundació Miró. En Barcelona también está por fin en marcha el nuevo Teatre Principal, una iniciativa privada frente a la histórica pasividad consistorial, que de tanto no hacer nada, estuvo a punto de dejarlo caer. En Barcelona puede verse actualmente una exposición gratuita en el Hospital de Sant Pau, absolutamente imprescindible, sobre la relación entre la gran obra de Domènech i Montaner y el templo situado al otro lado de la avenida Gaudí. En Barcelona expone también, en el Centre Excursionista de Catalunya, Ariadna Arnés, con su arte digital y sus "mujeres improbables". Un piso turístico ilegal se ha convertido en sala de exposiciones para denunciar precisamente los anuncios de pisos turísticos ilegales. Por Sant Joan vino a encendernos de nuevo la Flama del Canigó. Todas las semanas ensayan los castellers de los distintos barrios o se bailan sardanas en las plazas mayores. El Orfeó prepara su próximo reto internacional. Ya sé que la baronesa nos instalará un museo de pintores modernistas en el Comèdia, como si el MNAC no tuviera ya suficientes, y sé también que existe una saturación insoportable de conciertos de Candlelight. Pero, al mismo tiempo, Oriol Broggi estrena L'Albada en la Biblioteca Nacional, y en la azotea de La Pedrera actúan todos los viernes excelentes grupos de jazz formados por algunos de los mejores jóvenes talentos del país —del Conservatori del Liceu, el Taller de Músics ESEM y la ESMUC—. Barcelona, por suerte, es mucho más que esa ciudad maquillada para salir de fiesta que los consistorios socialistas insisten en vendernos. Late por sí sola y sabe que es mucho más que una ciudad bonita. Barcelona, de hecho, necesita un alcalde que deje de decir lo guapa que es.
Todo esto, que parece tan evidente, necesita que alguien lo articule en forma de retrato de la Barcelona real y dibuje un proyecto más arraigado y menos frívolo. No, no se trata de renunciar a los grandes acontecimientos, y mucho menos si estos son exitosos; se trata de saber distinguirlos de lo verdaderamente importante y, al mismo tiempo, de pensar iniciativas a largo plazo, que perduren como las torres y no se desvanezcan como el confeti. Se echa de menos —a uno y otro lado— un proyecto, un sentido profundo de ciudad, más allá de la improvisación globalizadora, de la tentación autoritaria o de la lucha contra los califatos. Venimos de unas primarias centradas en los perfiles, pero faltan debates sobre modelos de ciudad. Si esos debates no se producen, si no se escribe, si no se piensa y se construye un discurso inteligente y duradero, acaba ocurriendo que un alcalde sea capaz de decir que el Tour es lo más grande que le ha pasado a Barcelona en más de treinta años. Con permiso, por supuesto, de la esplendorosa cocapitalidad con Madrid.
