El rechazo tan mayoritario de los docentes al acuerdo sindical con el Govern confirma que la principal preocupación de maestros y profesores nunca ha sido el salario, sino las condiciones de trabajo. Tanto el Govern como los sindicatos han demostrado una visión muy corta al tratar como un simple conflicto laboral lo que en realidad es una crisis general del sistema educativo, que no se resuelve únicamente con dinero.
Siempre hacen falta más recursos, por supuesto; será necesario incorporar educadores e integradores sociales, psicólogos, psiquiatras... pero antes es preciso definir un modelo, repensar los criterios pedagógicos, la escuela inclusiva, el aprendizaje basado en proyectos y, por supuesto, recuperar la autoridad del maestro y también del director del centro. Eso es mucho más difícil que subir los salarios y requiere un debate de ámbito nacional y unos interlocutores válidos y bien predispuestos.
Los tiempos cambian a un ritmo acelerado que obliga a revisar teorías, principios, proyectos y modelos en casi todos los ámbitos, pero la impresión es que los gobiernos y los partidos en general improvisan ante las situaciones con el único objetivo de salir del paso, como si no hubiera futuro más allá de la semana próxima.
Seguramente la falta de respuesta política a los nuevos desafíos sociales, económicos y culturales es lo que ha propiciado que entidades de la sociedad civil de origen diverso consideren necesario alzar su voz para romper una cierta sensación de inmovilismo e indiferencia respecto al futuro del país.
La falta de respuesta política a los nuevos desafíos sociales, económicos y culturales es lo que ha propiciado que entidades de la sociedad civil de origen diverso consideren necesario alzar su voz para romper una cierta sensación de inmovilismo e indiferencia respecto al futuro del país
Así, en pocas semanas han surgido documentos, manifiestos y propuestas que tienen por objetivo identificar los desafíos, abrir el debate para afrontarlos y plantear respuestas. En esta línea, sea bienvenido el debate que ha agitado el Informe Fénix; el documento de Foment del Treball sobre inversiones en infraestructuras; un manifiesto del grupo de ingenieros que podemos identificar como el Colectivo Cerdà; la nota de opinión del Cercle d’Economia sobre inmigración; también el nuevo documento del colectivo Economistes pel Benestar y el decálogo de Òmnium, presentado por su presidente, Xavier Antich, con motivo de su reelección.
Sostienen los firmantes del Informe Fénix que “el modelo económico vigente en Catalunya, basado en sectores con salarios tan bajos que los hacen económica y socialmente deficitarios, es insostenible” y que “si no se adoptan medidas estructurales, el país se enfrenta a un retroceso económico y a una ruptura de la cohesión social”. Coincide bastante con la advertencia realizada por el Cercle d’Economia: “Si queremos avanzar hacia un modelo económico de mayor productividad, es imprescindible que la política migratoria esté alineada con ese objetivo”, porque “seguir gestionando la inmigración como se ha hecho hasta ahora dificulta el cambio de modelo económico que el país necesita”.
No queda muy lejos el documento de Economistes pel Benestar, que avisa de que “sin gobernanza, el riesgo no es la inmigración, sino su mala gestión”, advierte contra “la inmigración masiva no planificada” y concluye: “Como en otros momentos de la historia de Catalunya, la inmigración puede ser una gran oportunidad, pero solo si se gobierna con realismo, exigencia y visión de país. Una política migratoria propia debe formar parte de un proyecto nacional moderno: orientado al progreso económico, a la cohesión social y a la construcción de una identidad compartida basada en derechos, deberes y pertenencia”.
La gestión de la inmigración tiene que ver con el modelo económico, que depende en buena medida de las infraestructuras, y ya hizo sonar todas las alarmas la patronal Foment del Treball con el documento que cifraba en 60.000 millones de euros el déficit de inversiones en Catalunya, una clara denuncia de la negligencia del establishment político, al que exigía “capacidad institucional para planificar, madurar, licitar, ejecutar y mantener las infraestructuras de manera sostenida”.
Prácticamente la misma tesis defienden los ingenieros del grupo Cerdà, lamentando que durante los últimos años “el país ha renunciado a la ambición que nos caracterizó” y “ha dejado que los grandes proyectos de infraestructuras se paralizaran por falta de consenso y por miedo al conflicto”.
Valdría la pena aprovechar que la sociedad civil se muestra bien dispuesta a repensar el país para que, dejando la política al margen, expertos, académicos, profesionales y científicos den un paso adelante y se autoconvoquen a un gran debate pluridisciplinar en el que los ciudadanos se sientan implicados y que marque un nuevo rumbo para el país
Existe, por tanto, una coincidencia general en reclamar “un gran debate nacional”, pero no basta con uno solo. La enseñanza, las infraestructuras, la transición energética, el cambio tecnológico, el modelo económico, el derecho a la vivienda, la inmigración, la lengua y la cultura... cada ámbito requiere un debate propio, pero en realidad son interdependientes. El presidente de Òmnium lo ha resuelto hábilmente fijando como principal objetivo estratégico para los próximos años trabajar por la “construcción nacional”.
Como presidente de una entidad que ahora se declara independentista, Xavier Antich se ve en la obligación de matizar que “no trabajamos por la construcción nacional porque hayamos abandonado el objetivo de la independencia. Es precisamente porque queremos la independencia que trabajamos por la construcción nacional”. Seguramente, Antich matiza porque el concepto de “construcción nacional” nos remite a tiempos pretéritos, de la Renaixença, de la Mancomunitat, del Congrés de Cultura Catalana y del restablecimiento de la Generalitat. Entonces se hablaba poco de independencia, que al fin y al cabo es una opción estrictamente política, y mucho de las necesidades del país.
Ahora, sin embargo, nos encontramos con que la política —no toda la política, sino la politiquería que monopoliza el espacio mediático— se mantiene ensimismada en disquisiciones de vuelo gallináceo alejadas de la realidad cotidiana: sobre cuándo deben celebrarse las elecciones, sobre las joyas de Zapatero, el TikTok de Rufián, el desbarajuste del Govern de Salvador Illa y el ir sin rumbo de Junts. Esa espuma envenena cualquier iniciativa de reflexión y aplaza indefinidamente la construcción.
Así que valdría la pena aprovechar que la sociedad civil se muestra bien dispuesta a repensar el país para que, dejando la política al margen, expertos, académicos, profesionales y científicos den un paso adelante y se autoconvoquen a un gran debate pluridisciplinar en el que los ciudadanos se sientan implicados y que marque el nuevo rumbo del país. El Congrés de Cultura Catalana de finales de los años setenta desarrolló ideas y proyectos en más de quince ámbitos, desde la economía hasta la ordenación del territorio, de la investigación a la historia, de la arquitectura al turismo, de la educación a la sanidad... Después, la política no tuvo más remedio que asumir y llevar a la práctica sus conclusiones, así que pensadores de Catalunya, ¡uníos!
