En esta columna ya os habíamos avisado. He escrito muchas veces que convertir el catolicismo en una ideología es rebajarlo y vaciarlo de contenido, con la intención de emplearlo políticamente a conveniencia. Esta semana, en una reunión con los obispos del Estado español, el Santo Padre ha alertado de los peligros de instrumentalizar la Iglesia para ganarse el voto católico. Me parece que, en el Estado español, en ninguna otra cuestión como en la cuestión del trato que merece la inmigración, resulta tan obvia la ruptura entre quienes utilizan el catolicismo como un disfraz identitario más para alimentar la alteridad con los moros, y quienes verdaderamente están dispuestos a escuchar y llevar a cabo la doctrina de la Iglesia católica, que significa universal. Podríamos usar el lenguaje de la salud mental, y la empatía y la compasión para desgranar los motivos de esta distinción. En el fondo, sin embargo, es un asunto de conciencia y adscripción con la institución de la que se forma parte y, en último lugar, de obediencia.
La tentación de hacer del catolicismo una ideología para acabar rebajándolo al terreno de la política solo puede hacerse desde un desconocimiento o desde un menosprecio. Desde el desconocimiento de la profundidad de las raíces de la Iglesia y de la radicalidad de la propuesta de conversión de Cristo, en primer lugar. Y desde el menosprecio de lo que supone esta profundidad y riqueza, que no cabe en los límites de las ideas. Creer que Cristo es el hijo de Dios no es una manera de pensar, ni siquiera es una manera de sentir: creer que Cristo es el hijo de Dios nutre una fe que empapa todas y cada una de las facetas del ser, y en consecuencia todas y cada una de las facetas de la vida del creyente en cuestión. Con la excusa de la política, y de la cultura, y de las tradiciones, el catolicismo se relega a núcleo de la identidad colectiva merecedor de respeto, por supuesto, pero desprendido de todo su sentido. La extrema derecha utiliza el catolicismo de disfraz, pero, a la hora de la verdad, ni comulga con las tesis de su doctrina, ni rinde la obediencia a la Iglesia por la que el catolicismo tanto se ha caracterizado. Y por la que tanto ha sido estigmatizada.
La extrema derecha utiliza el catolicismo de disfraz, pero, a la hora de la verdad, ni comulga con las tesis de su doctrina, ni rinde la obediencia a la Iglesia
Pero la jerarquía, ¡ay!, también sirve para esto: para que no pongan en tu boca discursos que no son los tuyos. Para poder marcar el límite de lo que es y de lo que no es. Para poder definirte, y para que no lo hagan los demás con unos intereses sospechosos, una agenda política propia y una aproximación ideológica contemporánea contraria a siglos de estudio y oración. La rigidez eclesial también sirve para no dejarse llevar por el compás político del mundo, ahora que los partidos reaccionarios vertebran sus discursos avivando el odio y el señalamiento al forastero de un modo indefendiblemente descarnado. Creo que no me tiro a la piscina si escribo que muchos de los que nos sentimos parte de la Iglesia nos sentimos parte de ella aún más intensamente, o comprendemos más profundamente su sentido, su carácter y sus fundamentos, ahora que, una vez más, vemos según qué perfiles oponiendo resistencia desacomplejadamente a las tentaciones ideológicas del mundo.
El problema de utilizar el catolicismo para construir una alteridad es que la vocación de universalidad del catolicismo lo hace incompatible de entrada. Y que intentar construir una alteridad a través del catolicismo con la intención de usar la diferencia como argumento para el maltrato contradice la doctrina social de la Iglesia, porque contradice el Evangelio. Ahora hay un grupo de histéricos, sobre todo en la extrema derecha española, que ponen en duda abiertamente la autoridad del papa León XIV porque les ha regañado. Cuestionar al Santo Padre abiertamente es posiblemente —y caricaturescamente— lo contrario de lo que creen que es. Y revela hasta qué punto el suyo es un catolicismo ideológico hecho a medida, sin ningún interés ni en la espiritualidad, ni en la Iglesia de la que dicen formar parte, ni en coger un Nuevo Testamento, leérselo de vez en cuando y tomarse la molestia de recibir de primera mano el mensaje de Cristo, y no el mensaje del youtuber de turno sobre Cristo. En fin, era de esperar que la ola reaccionaria en el Estado español quisiera alimentarse de la fuerza del sustrato religioso del catolicismo para darse sentido. Y era de esperar, también, sobre todo para quienes nos relacionamos con la institución directamente y no desde el prejuicio heredado, que la Iglesia acabara parándoles los pies.