Este fin de semana, los catalanes que amamos Catalunya y el catalán hemos tenido una hemorragia de felicidad y satisfacción gracias a Carles Rebassa, el escritor mallorquín que ha ganado el último Premi Sant Jordi con la novela Prometeu de mil maneres. Rebassa, durante el discurso de agradecimiento, ha dicho claro y en catalán, y desde un gran altavoz, la Nit de les Lletres Catalanes, lo que muchos catalanes teníamos ganas de proclamar a los cuatro vientos desde el coitus interruptus de 2017: “Tenemos que tener una legislación que haga que el catalán sea imprescindible para vivir en los Països Catalans. Y esto, los virreyes y los títeres que nos gobiernan no lo harán posible nunca. Esto tan solo lo podemos hacer posible nosotros, si nos volvemos a determinar como hicimos hace nueve años, antes de que cobardes, insensibles y traidores nos dejaran con el culo al aire. Volvamos a hacerlo, pues”. Y se lo ha dicho literalmente a la cara. Sin complejos. Con autoestima. Sin bajar la cabeza y sin que le temblaran las piernas. De verdad, Carles, gracias por despertarnos de esta pesadilla de sumisión y abrirnos la puerta de la esperanza. Nos has cargado las pilas para no flaquear en la travesía del desierto de la liberación de los Països Catalans. Y, mientras tanto, los políticos que estaban presentes (el actual president de la Generalitat, Salvador Illa; el presidente del Parlament, Josep Rull; el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni) haciendo como si oyeran llover, como si no fuera con ellos. Hace tantos años que miran hacia otro lado, que parecía que les hablaban en chino. Carles, sin embargo, se lo ha estampado en la cara. “Sin lengua no hay ni país, ni libros, ni proyectos, ni rondallas, ni estrategias, ni nada”, ha dicho muy acertadamente. Por eso la destrucción de la lengua catalana siempre ha sido —y todavía es— el objetivo principal de todos aquellos que quieren convertir Catalunya en una provincia más de España.
Cualquier lingüista que no viva de subvenciones sabe que el bilingüismo en Catalunya significa la muerte del catalán, sea por sustitución o por asimilación lingüística
Carles Rebassa i Giménez —que, como yo misma, y como muchos otros catalanes, tiene un apellido que no es catalán, y que claramente ya da por sentado que un catalán no es quien tiene 8 apellidos catalanes, sino quien ama los Països Catalans y el catalán— podría haber hecho un discurso sobre el charneguismo y victimizarse un rato ante los espectadores —y recibir un par de subvenciones—, pero ha preferido hacer todo lo contrario: ser una persona adulta y responsable y exponer la realidad de Catalunya (y de los Països Catalans) tal como es, echando por tierra todas las mentiras y manipulaciones que se han dicho y llevado a cabo durante muchos años contra los catalanes: “Ni discursos apocalípticos, ni mentiras bilingüistas, ni racistas, ni franquistas que nos acusan de racistas, ni pactos autonómicos por la lengua”. Algunos ejemplos: hacernos creer que los catalanes somos unos intolerantes, fascistas, racistas y nazis por hablar en catalán a los castellanos que viven y trabajan en Catalunya (y que no quieren aprender el catalán porque dicen que es un dialecto que no sirve para nada), o que el bilingüismo es la solución a todos los problemas de convivencia que hay en Catalunya. Cualquier lingüista que no viva de subvenciones sabe que el bilingüismo en Catalunya —donde hay una lengua minoritaria y minorizada, que es el catalán, y otra que es imperialista e impuesta porque tiene todo un Estado detrás, que es el castellano— significa la muerte del catalán, sea por sustitución o por asimilación lingüística. El bilingüismo es una utopía que nos intentan vender los Estados con lenguas imperialistas para matar las lenguas minoritarias y/o minorizadas sin tener que gastarse ni un duro ni hacer ningún esfuerzo, y quedando como unos santos.
Ha hecho más Carles Rebassa con esta reflexión pública que todos los políticos “catalanes” en 9 años. Y el motivo de que esto sea así es muy sencillo: querer es poder. Hay mucha gente que dice que quiere, pero sus actos demuestran que no. Quien no quiere, encuentra cientos de excusas para no lograr lo que predica. Parole, parole, soltanto parole, que decía Mina Mazzini a un Alberto Lupo que prometía lo que no podía cumplir. Convirtámonos todos en una Mina Mazzini, o en un Carles Rebassa, que dicen basta, se acabó lo que se daba, a una España que no solo nos ha dado la espalda, sino que nos la ha apaleado sin remordimientos siempre que ha sido necesario.