La visita del Papa León XIV ha sido un éxito porque ha llegado en el momento oportuno para que no solo la Iglesia católica, sino también, o sobre todo, las instituciones anfitrionas hayan podido utilizar el acontecimiento —y algunos recursos públicos— en su provecho político.

No tiene mucho sentido protestar por el dinero con el que el erario público ha tenido que subvencionar la visita del Papa. Se trata de la visita de un jefe de Estado, pero además León XIV, más que ningún otro mandatario, es reconocido como el principal referente moral para una parte importante de la sociedad, incluso más allá de los creyentes. La fe es importante, pero la tradición también y, al fin y al cabo... somos lo que somos.

Si además el principal motivo de la visita era la bendición e inauguración de la torre de Jesús, la más alta de la Sagrada Familia, otro referente para creyentes y no creyentes, el esfuerzo estaba justificado. Me disculpará el lector la referencia personal, pero yo nací justo delante de la fachada de la Pasión; mis padres contribuían muy modestamente a la construcción del templo cuando todavía no venían turistas. De pequeño, en la escuela nos repartían huchas y recaudaban limosnas para las obras dentro de la campaña “Entre tots ho farem tot”... y, claro, cuando se iluminó la torre lloré como una Magdalena.

La visita del Papa León XIV ha sido un éxito porque ha llegado en el momento oportuno para todos

También puede entenderse que colectivos legítimamente contrarios a la religión católica y a las posiciones políticas de la Iglesia consideren la subvención un despilfarro de sus impuestos, pero también les ha venido bien para darse a conocer, aunque solo haya sido un poco, porque es evidente que los medios convencionales los han tratado injustamente como si fueran una curiosidad folclórica. Ahora bien, si hay que protestar por la subvención a la visita del Papa, las protestas deberían ser cotidianas, como suelen poner de manifiesto quienes publican el Menjòmetre, porque con los impuestos de todos se subvencionará pronto la Fórmula 1, el Tour de Francia, y antes la Copa América y más atrás incluso la Gala de los Premios Laureus, un negocio entonces de Corinna Larsen, la novia del monarca, sufragado por el Ayuntamiento...

Sin embargo, una cosa es recibir al Papa como corresponde y otra aprovechar la ocasión y dedicar recursos públicos a que el Govern haga propaganda de sí mismo. Convendría saber cuánto ha costado el despilfarro publicitario de lo que se denomina el Govern de tothom, que era innecesario y ha tenido efectos contraproducentes por la sensación de exceso y abuso que ha transmitido incluso cuando el Papa ya se había ido. El Govern ha sido más papista que el Papa porque ve en este ámbito una oportunidad para ganar terreno electoral en la centralidad que antes ocupaba Convergència i Unió y que ahora solo un partido significativamente llamado Convergents intenta arrastrar a Junts hacia el lugar que cree que le corresponde.

El acontecimiento político de referencia histórica fue la intervención de León XIV en el Congreso de los Diputados. El Papa de Roma tuvo el coraje de defender su ideario, que de facto suponía, desde la autoridad moral que se le reconoce, cantarles las cuarenta a todos los diputados y senadores. Se pronunció contra la guerra, en defensa del derecho internacional, contra la discriminación de los inmigrantes, es decir, contra la «prioridad nacional», y también contra el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo y el derecho de todos a una muerte digna. No había ningún grupo parlamentario que, de acuerdo con su ideario, pudiera suscribir al pie de la letra las palabras del Pontífice, pero todos fueron más papistas que el Papa y le dedicaron la ovación más larga que se recuerda. Fue una demostración del cinismo que caracteriza a la política española. Todos estaban a favor del Papa como quien apuesta por un caballo ganador, lo cual también tiene su significado.

Con todo, quien más ha aprovechado políticamente la visita del Papa ha sido sin duda Pedro Sánchez, con un despliegue de los medios públicos absolutamente acrítico que ha relegado todas las informaciones negativas que le afectan. Sánchez no suele ir a misa, pero esta vez vino a Barcelona porque es el único lugar de España donde no le abuchean. Y vino con todos los ministros, que disfrutaron de la sensación de que Madrid no es España. Qué pereza tener que volver, debieron pensar. Menos mal que ahora empieza el Mundial de fútbol y después las vacaciones de verano, cuando todo bicho viviente se relaja.

No tiene mucho sentido criticar la subvención pública a la visita del Papa, pero sí el despilfarro publicitario del Govern de la Generalitat en beneficio propio sufragada con el dinero que sí que es de todos

La cuestión del uso del catalán se resolvió más o menos dignamente gracias a la reacción de los católicos catalanes que fueron capaces de hacer llegar al Papa la realidad que el cardenal Omella no había sabido o no había querido trasladarle de entrada. Al arzobispo hace tiempo que le toca jubilarse y parece que los tiempos obligan a repetir aquella movilización de hace más de medio siglo en plena dictadura franquista: “Queremos obispos catalanes”. La irrupción de la Policía española expulsando a los cantantes por miedo a que cantaran Els Segadors ante el monarca es la demostración más evidente de que la normalidad política de la que suele presumir el president Salvador Illa es mentira podrida. Para la España oficial, las expresiones de catalanidad deben reprimirse sistemáticamente aunque no se salten ninguna ley.

Las comparaciones siempre son odiosas, pero ha sido divertida la rivalidad estética entre la parafernalia madrileña y la solemnidad catalana, siempre contenida pero más elegante. Es la misma diferencia que ha habido también entre la COPE en el Bernabéu y Ràdio Estel en Montjuïc. También en este ámbito el dinero se lo lleva Madrid, porque la emisora catalana de la Iglesia parece dejada de la mano... de los obispos. Después de la visita del Papa, ahora que hay la campaña de la renta y dada la poca confianza que inspiran los gobernantes, sería un momento propicio para que católicos y no católicos pusieran la crucecita del 0,7 % a favor de la Iglesia, pero oyendo la COPE por la mañana no hay efecto disuasorio más determinante.

Y bien, todo ello no tiene nada que ver con el objetivo de la visita de León XIV. Se trata de una visita pastoral que tiene un carácter inequívocamente proselitista y una dimensión espiritual. Se notó más lo primero, un buen show business, que lo segundo. En los últimos tiempos, la religión que aumenta más feligreses en el mundo es el Islam, también en Europa, pero en España, y también en Catalunya, el fenómeno más evidente es la secularización. Según el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) el 51,4 % de los catalanes afirma no tener creencias religiosas. Es una obviedad que Roma tiene que espabilarse. El discurso que hace el Papa contra la guerra y en defensa de los colectivos más vulnerables es susceptible de atraer nuevas generaciones de católicos dada la falta de otros referentes y el relativismo moral en que ha derivado cierta ética progresista. En este sentido, el viaje de León XIV ha removido conciencias y tendrá de rebote efectos positivos para el catolicismo, pero el papel de las mujeres sigue pareciendo una excepción o una anomalía y esto va contra el signo de los tiempos y resta que no suma.