Llegó, vio, venció. Que un papa haya hablado en las Cortes es especialmente interesante para los juristas. Algunas personas han manifestado su desprecio por el hecho de que en las Cortes se produjera una ovación de siete minutos tras el discurso que allí pronunció León XIV, por el hecho de que una mayoría de los congregados, teóricamente, no compartieran parte de lo que dijo. Porque quien afirmó estar allí en calidad de obispo de Roma manifestó ideas con las que unos u otros, a izquierda y derecha, podían sentirse cómodos, y también otras que, directamente, impugnaban leyes que una mayoría de los diputados presentes habían aprobado no hace tanto. Las portadas de los periódicos al día siguiente de ese encuentro daban fe de la aparente paradoja: cada cual hacía suya la parte de lo dicho que conectaba con su respectiva sensibilidad material. Pero, en realidad, sus palabras volaban a otra altura, instaban a los presentes a anclarse a un plano superior, espiritual. Y yo creo que esa es la razón de la ovación. Cuando la verdad habla, el ruido cede paso al silencio, y este, en comunidad, deviene admiración. Lo sepa la comunidad o no.

Cuando el papa habla, no habla un hombre, habla el eslabón que une a Dios con sus criaturas. “Lo que tú ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dijo Jesús a Simón Pedro. Habla, por tanto, como vicario de Cristo, el mayor provocador, el que vino a indisponer al padre con su hijo, a la madre con su hija, y a decir que en el día de santificación del Señor también cabía la urgencia en el trabajo. Y que al César lo que le toca. ¿Y a Dios? A Dios, lo que es de Dios.

El Papa habló en el Congreso en una clave que poco tiene que ver con lo terrenal, a pesar de las innumerables ocasiones en que la Iglesia ha caído en las garras del mundo, del demonio, o de la carne. Habla León XIV y le dice al legislador positivo que el debate de los representantes de la soberanía nacional no necesariamente conduce a la verdad. Que la ley no es buena por ser ley, sino por ser verdadera. Que la verdad no es relativa, aunque las leyes en más de una ocasión no tengan más remedio que serlo, y que la cuestión no estriba en tener razón, más aún cuando la razón solo consiste en la fuerza de tener algunos votos más que el adversario, como últimamente se ha visto en nuestras Cortes y como sin duda también se verá en el futuro, si ganan los adversarios de los que ahora son mayoría.

Cuando el papa habla, no habla un hombre, habla el eslabón que une a Dios con sus criaturas

En la clave en la que el papa habla no hay contradicción entre afirmar la dignidad del doliente y la del desvalido y al tiempo afirmar que también son dolientes aquellos a los que hemos otorgado el derecho a prescindir de la vida en vez de ayudarlos a soportar el dolor, y que también es desvalido el ser aún no nacido (eso que todos hemos sido antes de nacer) como también lo es la madre gestante que decide prescindir de él porque todo en su entorno es hostil a que lo tenga, desde la precariedad económica al susurro social de que si es madre malogrará su futuro. El papa no tiene otra opción que decir que ese abandono del otro atenta contra la ley de Dios, porque para Dios todos somos igual e infinitamente valiosos, y sobre todos, sin distinción de raza, condición social, pero también de momento vital, extiende su infinito amor. Por eso, su eventual impugnación de las leyes humanas no es hecha en ningún caso desde la condena a la persona individual que opta por estas acciones extremas, sino desde la invitación a la reflexión sobre lo que tales acciones significan, para que seamos conscientes de que las decisiones que tomamos tienen sobre nosotros mismos y sobre el mundo una consecuencia. De ahí que muchos pensemos que estas leyes han sido adoptadas para librar de responsabilidad a los poderes públicos, que de ese modo no deben atender las necesidades de las madres gestantes y, por supuesto, de aquellas personas dolientes que tal vez acompañadas optarían por seguir vivas en vez de pedir la muerte. Consolados, arropados y queridos, todos somos más libres de decidir.

El Papa ha venido a decir, por eso, que cualquiera de nosotros, en cualquier circunstancia, es contemplado por Dios como algo único e insustituible, también aquellos que están a punto de apagarse, también aquellos que están por llegar. ¿O no es así como tomamos a esas personas antes de nacer y cuando están a punto de morir en el caso de quererlas con nosotros? Pues bien, lo único que nos dice el Papa es que el valor de la vida no depende de que para los demás sea o no sea valiosa; que el valor de la vida es en sí, como diríamos de todas las vidas que no valen nada en tantos lugares del mundo y que, en cambio, reivindicamos que lo valgan. Porque lo valen.

El Papa, en las Cortes, solo podía hablar desde la moral católica, pero curiosamente es la misma que comparten todas las religiones del mundo, al menos las grandes religiones del libro, las del diálogo intercultural, las que hablan en sintonía con un Dios amante de sus criaturas y que, en el caso del catolicismo, las mira además misericordiosamente. La mayor y mejor terapia para hacer crecer la autoestima de cualquier criatura humana: Dios te ama como eres y te pide que te esfuerces en parecerte cuanto más puedas a tu Creador. No hay mejor gasolina para cualquier institución o empresa, cabiendo que caerás mil veces, pero pidiéndote siempre que te levantes una más. Pues aquí estamos, derribados en tierra hasta ayer y de nuevo hoy a punto de levantarnos.