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La cantidad de banderas palestinas en los balcones y en las plazas vascas durante esta semana de visita estival me ha parecido un cambio estético destacable, si hemos de considerar (que ya es mucho considerar) las banderas o carteles de las calles de Euskadi como termómetro del estado de la cuestión vasca. No es que las pintadas y las pancartas con la palabra Independentzia hayan desaparecido, pero sí han perdido su carácter subversivo, de novedad, de conflicto urgente, para ceder el paso (estéticamente, insisto) a la urgencia de resolver el problema palestino. No me parece exactamente incongruente (dentro del conflicto de Oriente Medio, la causa palestina puede asociarse, salvando todas las distancias, al caso de una nación sin Estado y ocupada por otro Estado), pero sí desvirtúa inevitablemente la reivindicación propia, la mezcla y la contamina con una causa lejana, que me recuerda a la gente que se prepara para maravillarse ante el próximo eclipse de sol: fascinante y diferente, pero nos han quitado la luz.

Se nota mucho cuando una sociedad está en conflicto y cuando, aun estándolo, lo disimula o lo disfraza. Ese no es el problema; una electricidad permanente puede terminar friendo cualquier causa. Lo interesante es entender por qué ocurre y cuándo ocurre. En Catalunya puede que haya disminuido el número de esteladas en los balcones en comparación con 2017, pero siguen siendo muchas. Muchísimas. Y diría que desde junio incluso más. Contarlas no dice nada sobre la vigencia o la "normalización" de ningún conflicto, sino sobre su estado de acción o de reposo. El momento político de diálogo con el PSOE, en el que los más entusiastas parecen ser ERC o Bildu y los más escépticos Junts y el PNV, arrastra toda la temperatura ambiental: no puede existir una gran ola mientras uno de esos partidos siga aferrado al frente obrero y decida aplicar una generosa capa de maquillaje de izquierdas a un movimiento que es (y seguirá siendo) ideológicamente transversal. No puedes esperar grandes manifestaciones independentistas ni ebullición en las calles si el mensaje político final es que ahora no toca. El problema no es si toca o no toca —cuestión perfectamente opinable—, sino si ese "ahora no toca" acaba desactivando en exceso, por el paso del tiempo o por la falta de avances, la propia identificación del conflicto. Todo ello sin olvidar, por cierto, que —al menos recientemente— en Euskadi hubo manifestaciones a favor de las selecciones nacionales propias. En Catalunya, hoy por hoy, eso ni siquiera se contempla.

Las reivindicaciones a favor de Palestina desvirtúan inevitablemente la reivindicación propia, la mezclan y la contaminan con una causa lejana

Es cierto que mantenerse en tensión permanente es muy difícil, casi imposible, e incluso improductivo. Pero también es cierto que existes en función de si hay conflicto. Para entendernos: sin conflicto, Catalunya y Euskadi son comunidades autónomas. Con lengua, con boina y barretina, con tradiciones e incluso con instituciones o deportes autóctonos, pero cuando el conflicto se difumina, acaba imponiéndose el conflicto más vistoso, por ejemplo, Palestina. El resultado es la sustitución de la bandera vasca del balcón por la bandera de un país lejano, lo cual está muy bien, pero el caso es que la tuya ya no está. Si no está, no estás. Si no hay muchas esteladas en los balcones, solo existes a medias. Si no hay una suma masiva de adhesivos del CAT en las matrículas, la E normaliza la atmósfera. Si el president de la Generalitat hace todo lo que dice el PSOE, solo existes a medias. Si el conflicto queda reducido a aquella competencia o a esta concesión, o a la definición de quién es un gran tenedor, dejas de existir. Das paso a otra cosa, a otra existencia, más pequeña, peligrosamente cercana a la inexistencia. Ni siquiera Pujol, el gran autorrepresor de la deriva conflictiva, dejaba pasar demasiado tiempo sin recordar que tenemos un asunto pendiente. Y no mediante la retórica, sino a través de provocaciones calculadas y efectivas. Y cuando abandonó esa estrategia durante demasiado tiempo, apareció Maragall para impulsar un nuevo Estatut. No era la independencia, no, pero era bronca. Bronca autóctona. A partir de entonces, durante un buen puñado de años, solo se hablaría de nosotros (y en eso consiste, en buena medida, el arte de existir).

Creo que se acercan meses de bronca, dicho sea de paso. No sé si en Euskadi, que también (las elecciones españolas tendrán que volver a poner a cada cual en su sitio), pero sobre todo en Catalunya, donde la renuncia excesiva a la bronca tiene, clarísimamente, las horas contadas por una simple cuestión de supervivencia política. Los tiempos de calma tampoco pueden durar para siempre y también pueden acabar siendo suicidas, improductivos, casi imposibles de sostener. De repente, de tanta anestesia, te das cuenta de que es el médico o el reposo los que podrían terminar matándote. De repente, ya no es que menos gente hable de ti: es que ya no habla nadie. No existes. Ni como conflicto ni, posiblemente, como nación. No hay ninguna nación verdadera en el mundo que no entre en conflicto cuando tocan su soberanía. Basta con mirar a España y sus colonias africanas. A veces, basta con que un buen puñado de gente, allí o aquí, empiece a saltar la valla…