La campaña electoral de las midterms yanquis ha sufrido una sacudida debido a una guest star sorprendente llamada inteligencia artificial. Las declaraciones de algunos de sus promotores y empresarios, según los cuales existe hasta un 10% de probabilidad de que el artilugio en cuestión pueda acabar con la raza humana, han causado que la mayoría de los candidatos tengan que posicionarse ante el advenimiento de un nuevo tecnoapocalipsis. Mientras demócratas y republicanos cavilan cómo regular un poder que, por ahora, asusta y fascina a partes iguales, Donald Trump se ha limitado a decir que dirimir los usos de la IA es una mandanga, pues para controlarla solo se necesita de un presidente muy listo (quiere decir como él mismo, vaya). Lo que no dice el amo del mundo es que, básicamente, su forma de ser listo ha sido atenuar los ánimos de los capataces de la industria tecnológica a base de contratarlos con dinero público.

A diferencia del contestatarismo tecnofóbico-ludita habitual, que ha recelado de cualquier innovación, prisionero de una visión atávica del hombre como artesano (dicho de otra forma, que se ha mostrado contrario a inventos como la rueda o el magnetófono porque, a la larga, nos hacen caminar menos y perder memoria auditiva) o del libre mercado como una máquina de triturar al proletariado (en el sentido de que una simple fotocopiadora elimina la figura del escribiente), el pavor contra la IA esconde un sentido más profundo. Si pensamos que una parte de la inteligencia humana se basa en el arte de buscar el conocimiento en la propia herencia textual y relacionar todo aquello que se esconde en ella, es lícito creer que una sociedad de hombres y mujeres que consulten las recetas de estofados o la dialéctica hegeliana al ChatGPT puede acabar abocándonos a una nueva tipología de individuo mucho más ensimismado, caprichosamente perezoso y, al límite, más embaucable.

Aun así, cuando los moguls de la industria tecnológica advierten de los peligros de esta nueva herramienta (gracias a la cual han adquirido cantidades pornográficas de pasta), saben perfectamente que, a diferencia de otras épocas de la historia humana, ahora las tendencias apocalípticas conforman parte del appeal de cualquier producto. No es extraño que, además de informáticos y científicos en general, los capataces de la IA se hayan rodeado de muchos colegas filósofos, la mayoría de los cuales les deben haber explicado que una mercancía sube de valor si aparece revestida de un aura morbosa. Del mismo modo que uno vive tentado por la droga a pesar de tener un conocimiento más informado que nunca de sus males, será muy difícil que los gobiernos puedan delimitar los usos de la IA sobre todo porque, oso insistir, ellos son los primeros que han esprintado cagando leches a las oficinas de Anthropic o de Meta para adquirir sus gominolas.

Trump ha atenuado los ánimos de los capataces de la industria tecnológica a base de contratarlos con dinero público

De hecho, este pasado mayo, el Departamento de Defensa estadounidense publicitaba un acuerdo (de información clasificada y con un presupuesto todavía muy opaco) con las empresas SpaceX, OpenAI, Google, Nvidia, Reflection, Microsoft, Oracle y Amazon Web Services con el objetivo de incorporar sus hallazgos a la maquinaria militar-armamentista. En el fondo, y esto sí que es un problema ancestral, aquí no se está dirimiendo solo la problemática de una tecnología que todavía sobrepasa nuestra comprensión; lo que sobre todo está en juego es la relación entre un gobierno y los nuevos empresarios omnipotentes del futuro (más aún, cuando el actual morador de la Casa Blanca es un empresario que hace política y que la utiliza para seguir obteniendo ganancias). Como decía antes, y de una forma clara, de momento Trump ha optado por engrasar y controlar la máquina de los nuevos césares a base de convertirlos en columna vertebral de su burocracia.

En este sentido, las élites de Estados Unidos no solo están encantadas con este nuevo tecnoapocalipsis que excita la indisciplina de los ciudadanos a la hora de emplear artilugios supuestamente peligrosos, sino que, además, también deben disfrutar de lo lindo con el hecho de que estos últimos sean quienes pagan el gasto… sin ni siquiera saberlo (a todo esto hay que añadir que Trump no es especialista en cobrar impuestos significativos a los hombres blancos más ricos del mundo). De momento, más que un apocalipsis tecnológico, lo que vivimos es una forma encubierta de socializar las ganancias de los hipotéticos transformadores del mundo. Esto también ocurrió con la invención de internet, un espacio virtual que empezó a emplearse para finalidades militares-estratégicas y que, ahora ya lo podemos decir, nos ha hecho igual de informados que de cretinos. Pero ahora ya no hablamos de acceder al conocimiento, sino de generarlo para dominarnos.

Por fortuna, los americanos todavía disfrutan de una democracia lo suficientemente sólida para discutir sobre todos estos asuntos en campaña. Nosotros, desdichada y pequeña tribu, solo nos podremos adaptar.