Está flotando en el ambiente de Catalunya y de España una inquietud en torno al crecimiento demográfico impulsado por la inmigración en este siglo XXI, un fenómeno mucho más acentuado que en los otros países de la UE. Un aumento que viene motivado por dos factores que actúan en sentido opuesto: por un lado, sumando, un mercado de trabajo con más demanda de trabajadores que oferta; y por el otro, restando, la baja fecundidad catalana y el envejecimiento de la población. Algunos datos que presento sintetizan estos dos factores.
Catalunya ha recibido históricamente grandes flujos de inmigración, el más importante de los cuales desde los años 1950 hasta 1975, cuando se produce una gran industrialización que no encuentra suficiente mano de obra nativa para cubrir la demanda de trabajo. En esta época, se atrajo esencialmente a personas del resto del Estado español, hasta el punto de que a principios de los años 80, una tercera parte de los residentes en Catalunya había nacido en otras comunidades autónomas. En aquel momento, los extranjeros representaban un poco menos del 2%. El resto eran nacidos en Catalunya, muchos de ellos, ya, hijos de inmigrantes del resto del Estado de etapas previas.
Entre 1975 y 2000, la inmigración se detuvo y el país se instaló en una cifra prácticamente constante de unos 6 millones de habitantes, de los cuales unos 900.000 habían nacido en Andalucía (la primera zona aportadora de trabajadores y de población), y a gran distancia le seguían Extremadura, Castilla y León y Castilla-La Mancha, con unos 150-175.000 cada una.
Después, las cosas han dado un giro de 180 grados con la incorporación de extranjeros. En 2025, la población de Catalunya se cifra en 8.124.126 habitantes oficiales (los reales, una incógnita, probablemente son bastantes más). De estos ocho millones, cinco han nacido en Catalunya, 1.100.000 han nacido en otras comunidades autónomas y 2.039.015 han nacido en el extranjero, lo cual sitúa el peso de este último grupo exactamente en el 25,1% del total, tras un crecimiento sencillamente espectacular de 1,9 millones de personas, cuando en 1986 eran menos de 100.000.
Los extranjeros han crecido un 425% desde 2001 y un 1.943% desde el año 1986
La dinámica de la composición de la población catalana por lugares de nacimiento a lo largo de los últimos cuarenta años habla por sí sola: los nacidos en Catalunya han crecido un 14%, los nacidos en el resto del Estado han disminuido un 33% (porque sus hijos ya han nacido en Catalunya y porque han venido relativamente pocos en este período) y los extranjeros han crecido un 425% desde 2001 y un 1.943% desde el año 1986. Esta ola de inmigración tiene sus justificaciones, tanto económicas como políticas, pero también es resultado de una dinámica demográfica propia estancada/decreciente.
En efecto, tomemos las variaciones de población en Catalunya divididas en dos componentes claramente diferenciados, como son 1) el crecimiento natural de la población (que significa nacimientos menos defunciones) y 2) el crecimiento migratorio. En el período 1981-2000, el crecimiento total de la población fue de algo más de 300.000 personas, un 40% de las cuales eran inmigrantes; en cambio, entre 2001 y 2024, la población catalana creció en 1,9 millones de personas, de las cuales el 90% son inmigrantes. En el conjunto del período 1981-2024, la inmigración ha aportado el 82% del aumento de la población.
Esto es así, también, porque a lo largo de este período el crecimiento natural de población ha sido muy pobre, con algunos altibajos, pero siempre en unos rangos de registros pequeños, debidos a la baja natalidad. Pero últimamente todavía está empeorando: si hasta 2017 el crecimiento natural siempre había tenido signo positivo (bajo, pero positivo), desde 2018 no ha parado de ser negativo, es decir, cada año hay más muertes que nacimientos. En total, entre 2018 y 2024, el crecimiento natural de la población ha sido de -80.000 personas, mientras que el crecimiento migratorio era de 642.000.
Esta es la situación actual y esta es la dinámica en la que estamos instalados, sin que en el horizonte se vislumbren signos de cambio. Se siguen creando muchos puestos de trabajo y no se cubren internamente, a pesar de unas tasas de paro que en la mayoría de los países se considerarían inaceptables. Se siguen ofreciendo trabajos de salarios bajos y condiciones que no interesan a los nativos, lo cual, acompañado de las políticas laborales y de inmigración que históricamente ha aplicado el Estado español (y en las que Catalunya no tiene nada que hacer), hace pensar que seguirá reforzándose la dinámica de los últimos años. La estructura productiva descansa más en la cantidad que en la calidad y, sobre todo, en trabajos con salarios bajos y de baja productividad.
Mientras todo esto sucede, el edificio de los servicios públicos, que no estaba preparado para soportar tanto crecimiento demográfico, se tambalea, está completamente tensionado; la calidad de los servicios se resiente, el territorio recibe una presión creciente, la identidad colectiva va a la baja, el nervio de la cultura catalana (la lengua) se está devaluando, la vivienda está tensionada y el país que habíamos conocido está transfigurado; es otro.
Probablemente, los que vengan detrás de nosotros lo refigurarán de algún modo, pero también podría ser que estuviéramos transitando desde la condición de país avanzado, de nación, a una región despersonalizada y que se empobrece.
