Primero fuimos a Toronto y ahora estamos en Montreal después de haber pasado unos días en la ciudad de Quebec. Estamos de viaje de novios, pero continuamos viajando como siempre, con la timidez de un turista que no quiere molestar demasiado a los autóctonos. Esto no quiere decir que no hayamos hecho de guiri fastidioso visitando lugares masificados como las cataratas del Niágara, paraje espectacular a pesar de nosotros, los turistas, los cuales tenemos a la disposición de nuestros gustos consumistas unas tiendas solo superadas en kitsch por las de Benidorm o Port Aventura. De todos los visitantes, destaca un numeroso grupo de judíos ortodoxos que se hacen notar con su actitud arrogante. Van en manada, con la petulancia de los que consideran infrahumanos al resto de mortales. Ellos son el pueblo elegido por Dios y por los lobbies de Estados Unidos. También hay mucho turismo de la make America great again. No todos son MAGA, pero lo parecen por las maneras de cowboy que gastan. Las cataratas están repartidas geográficamente entre Canadá y EE. UU. y Trump les prometió que el país de Leonard Cohen sería el 52.º estado antes de que acabara su mandato y lo votaron como pusilánimes.
De la visita a Niágara acabamos cansados, remojados, con el recuerdo difuso de Marilyn Monroe y con ganas de llegar a territorio francófono, aquel que Denys Arcand retrató en dos maravillosas películas tituladas El declive del imperio americano y Las invasiones bárbaras. Por cierto, el título de esta última lo he empleado en algún artículo para explicar la situación de Barcelona y la pérdida de identidad de la capital de Catalunya.
Una de las cosas que me interesaba de mi aterrizaje en tierras quebequesas era comprobar in situ la situación actual del movimiento independentista, y tengo la percepción de que está en cuerpo presente. Muerto, pero no enterrado, igual que el movimiento independentista catalán. Porque aunque aquí hablan francés y mantienen vivas sus herencias francófonas, los deseos independentistas de Quebec ya no se perciben ni en las tiendas de souvenirs. He encontrado —oh, milagro— una única camiseta fleurdelisé sin Canadá en el pecho y con la bandera estampada con las cuatro flores de lis, que representan la herencia francesa, con un fondo azul que simboliza la lealtad y la perseverancia. Desgraciadamente, el ambiente parece pasteurizado después del último referéndum de autodeterminación celebrado, como si la región estuviera ahora gobernada por una versión canadiense del honorable Salvador Illa, con todo lo que esto significa de pérdida de identidad y de sucursalismo. La camiseta fleurdelisé que me he comprado va acompañada de una frase que dice: "Quebec, je me souviens".
La sociedad quebequesa parece despolitizada, aunque mantiene un cierto carácter cosmopolita, a veces bohemio, muy ligado a la idolatrada gran Francia del siglo XX. Quizás se trata de nostalgia, incapaces de encontrar en la Francia actual un referente en el que mirarse. Los espejos se han desmenuzado y hay una sensación de laissez faire que me recuerda mucho al ambiente derrotista que se vive en ciertos sectores de mi país, exceptuando los orgullosamente xarnegos, grupito subversivo que tiene como modelo sociocultural la Feria de Abril de Sant Adrià del Besòs. La multiculturalidad regionalista no tiene fronteras.
Sin embargo, Montreal todavía desprende un aroma de libertad que en España hace tiempo que está fiscalizada. Y no es por la marihuana, legalizado su consumo en el año 2018, droga que se respira por las calles del país con la perseverante y desagradable fetidez de unas axilas sin desodorante, y se palpan sus estragos, por ejemplo, en unos sintecho de mentes empañadas y perdidas en un solsticio existencial eternamente invernal. Evidentemente, hay sintecho arrastrados por las continuas crisis económicas que han ido podando la sociedad del bienestar mundial desde principios del siglo XXI. A pesar de las miserias, Canadá todavía emite aquella imagen de lugar de llegada de la gente que escapa de los Gilead en construcción y de los cuentos de criadas. Mis ganas de viajar a Canadá —mi amor por Leonard Cohen y sus musas es incondicional— tienen su origen en los deseos de mi abuelo Joan de visitar un país que admiraba en contraposición a EE. UU., imperio que detestaba. Desgraciadamente, murió con el deseo incumplido.
Quebec ya no es el ejemplo a seguir, ni Catalunya es el ejemplo de ningún territorio que se quiera independizar
En Canadá caben 19,8 Españas, viven menos habitantes que en todo el reino borbónico y no malgastaré suficientes vidas para conocer todos los poliedros de un país en el que conviven dos realidades en que una, la anglosajona, se está comiendo la francófona. Una cantinela que me suena, con la diferencia de que nosotros vivimos en un Estado que nos detesta y que nos quiere aniquilar culturalmente con una constitución hecha a medida de los poderes fácticos del km 0. No es el caso de Canadá. En Montreal, por ejemplo, toda la señalización está en una sola lengua, la francesa, y una Convivència Cívica como la que holgazanea por Catalunya no sería admitida.
El problema de Quebec es que pudieron votar por su independencia, ganó el no y los soberanistas perdieron el tren y la fuerza para continuar reivindicando. Quebec ya no es el ejemplo a seguir, ni Catalunya es el ejemplo de ningún territorio que se quiera independizar. Por muchas razones, empezando por los políticos que representan el independentismo y acabando por los políticos constitucionalistas que viven con el objetivo de nutrir el chiringuito cortesano.
Da pereza volver a Catalunya. Da pereza volver a España. En Quebec, sin embargo, solo he encontrado una única camiseta fleurdelisé con una frase estampada que dice "Quebec, je me souviens" e incapaz de asumir la realidad, vuelvo a casa convencido de que el sueño ha muerto, y de que el espejo quebequense se ha roto definitivamente.