La publicación del Menjòmetre.cat, que en realidad es una ingeniosa presentación de datos que ya están al alcance de todos, ha tenido consecuencias previsibles. La más previsible es que la extrema derecha del país lo haya utilizado para validar su discurso y alimentar la tendencia a la conspiranoia que la representa en todo el mundo: cualquier gasto público es un mal gasto, un gasto innecesario, un gasto que trabaja contra los intereses de la mayoría, si es que el gasto en cuestión lo han ordenado sus adversarios políticos. Por ingenuidad, por bonhomía o por candidez, la respuesta que ha dado la izquierda catalana a unos datos que —repito— ya estaban al alcance de la población me ha parecido más sorprendente. El miedo favorece la parálisis, y a veces parece que el único método para desactivar las consignas simples de la extrema derecha sean consignas igualmente simples. O igualmente demagógicas.
Si el extremo de la derecha vive de cuestionar cualquier subvención realizada con dinero público, parece que la izquierda vive de defenderla a cualquier precio, incluso cuando el precio en cuestión es el deterioro de la democracia, de la capacidad de fiscalización de la población y de discusión del derroche del dinero que pagamos entre todos. Pero blandir el argumento de que es con dinero público con el que se pagan los tratamientos de cáncer, cuando la conversación orbita alrededor del dinero que se asigna a institutos, y organizaciones, y fundaciones cuyo trabajo cuesta dilucidar, ni combate ni desactiva ninguna consigna de la extrema derecha. Todo lo contrario: poner al mismo nivel la necesidad de destinar dinero a la educación o a la sanidad, por ejemplo, y la necesidad de destinar dinero a una de tantas fundaciones por la paz, es asfaltar el terreno para que las voces más llamativas de la extrema derecha reaccionaria —que es turboliberal en lo económico— puedan decir: “Así las cosas, entonces cualquier impuesto es un abuso”.
Si el extremo de la derecha vive de cuestionar cualquier subvención realizada con dinero público, parece que la izquierda vive de defenderla a cualquier precio
Escribo que la respuesta de la izquierda del país ha sido moderadamente inesperada porque me parece que, ahora más que nunca, es presa de un temor que le impide leer la complejidad de ciertos debates. O que le impide anticipar los movimientos de la facción ideológica que están moral, y política, e ideológicamente impelidos a refutar. Que la izquierda responda de una forma prácticamente dogmática y automática a los anzuelos que le tira la extrema derecha la hace caricaturizable e, incluso, infantil, restándole credibilidad y deslegitimándola para cultivar ningún discurso de oposición. Y que la televisión pública se alinee en los mismos términos y sin matices acaba de redondear la premisa de la extrema derecha de que existe una conspiración woke que ataca y pretende silenciar a quienes ostentan la verdad. Aparte de que les hace de altavoz, y convierte lo que podría haber sido anecdótico y posteriormente triturado por la apisonadora de las redes sociales en un debate político capital.
Que la izquierda catalana —y bastante catalanista— renuncie a construir discursos con argumentos que compatibilicen ideas —que, por cierto, son compatibles de entrada— abre camino a la extrema derecha, que gana cuando iguala todos los debates por abajo. En el caso concreto de las subvenciones y del destino de nuestro dinero, defender lo público y fiscalizar la malversación del dinero público, o la captación de voto que se realiza con las subvenciones, no solo es evidentemente compatible, sino que también es radicalmente imperativo. Lo es para cualquiera que crea que la democracia es la forma de gobierno con menos externalidades negativas, como mínimo. La extrema derecha rema para que parezca que la conversación que le hace falta al país, o que una parte de los ciudadanos quiere abrir, es el grado de necesidad de pagar impuestos: impuestos sí o impuestos no. Por eso, tendenciosamente, la herramienta en cuestión se llama "Menjòmetre". Y en la izquierda, que no van sobrados de vista, han escogido posicionarse acríticamente a favor de un sistema de reparto de dinero que, por varios motivos, es criticable y, sobre todo, debe poder serlo. Me gustaría terminar la columna con algún comentario sobre la derecha moderada del país, pero parece que o no acaba nunca de aparecer, o ha escogido dejarse llevar cómodamente por la polarización y, así, no tener que hacer el trabajazo que tiene por hacer.