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En casa vivimos de alquiler y —debido a la provisionalidad que ello conlleva y también, por qué no decirlo, a una militante escasez de dinero— no habíamos querido instalar aire acondicionado en el piso. Durante el último lustro, hemos intentado paliar la llamarada climática del hogar con una serie infinita de ventiladores, iniciativa de consecuencias nefastas, pues los trastos en cuestión no han servido una mierda (al contrario, se han limitado a repartir el aire cálido con más entusiasmo para ver si podían matarnos). Nuestros amigos, gente avezada a la praxis, nos habían recomendado que compráramos un pingüino, pero mi costilla y yo, de una forma absolutamente incomprensible, preferíamos pasar el verano como dos acelgas escaldadas con tal de no dirigirnos a uno de los establecimientos que tenemos a solo diez minutos del Call para comprar uno. No era un problema de pasta; simplemente, disfrutábamos siendo tercos.

Me corrijo, ya que esta conducta descabellada no solo debe imputarse a nuestra alma cabezota. Todavía diría más: comparto con mi estimada una espantosa porfía que me liga a anhelar el dolor autoinfligido; en mi caso, la enfermedad se ha expresado —durante varias etapas de mi vida— en el consumo desaforado de libros, alcohol, estupefacientes y una multiplicidad oceánica de anos. En cuanto a Alba, su amor a la desdicha se manifiesta de un modo más sibilino, a través de una compulsión ermitaña y un descuido de sus heridas (ya me perdonaréis la vaguedad, pero si concreto más, se me enfadará —con razón—, diciéndome que solo hablo de sus defectos). Por este motivo, me atrevo a insistir, hemos llegado a demorar hasta un lustro la compra del pingüino, el cual, una vez instalado en casa sin ningún tipo de esfuerzo, nos ha permitido respirar de nuevo y pasar este enésimo verano africano con una dignidad bien merecida.

Tendemos a pensar que el amor se funda en lo mejor de nosotros mismos y, por consecuencia lógica, que las personas deciden compartir la vida aristotélicamente, optimizando (¡puf!) sus mejores cualidades. Contraria y fatalmente, acabamos unidos de forma inexorable a la alteridad, y más aún si se trata de una pareja, gracias a los rincones existenciales más execrables de la propia identidad. Yo podría pensar que Alba me quiere por mi inteligencia y mi genio (rasgos que, en realidad, son infinitamente inferiores a lo que yo presupongo), pero, en realidad, el único interés que le despierto es mi infinita estulticia y la condición tullida a la hora de afrontar las mínimas exigencias prácticas de lo cotidiano. A su vez, yo debería adorarla por su fortaleza y valentía, que nunca he visto así encarnadas en ningún otro humano, pero permanezco a su lado, básicamente, debido a su contumacia en el más absoluto delirio. 

Tendemos a pensar que el amor se funda en lo mejor de nosotros mismos y, por consecuencia lógica, que las personas deciden compartir la vida aristotélicamente, optimizando (¡puf!) sus mejores cualidades

Esto se expresa de forma objetiva en el caso del pingüino, un ser benigno que ha aparecido en nuestras vidas solo cuando nos acercábamos a la muerte por ebullición e incluso nuestros amigos más fieles ya no se atrevían a venir a cenar a casa. El pingüino ha entrado en casa, en definitiva, solo cuando nuestra espantosa protervia había adquirido unas dimensiones incomprensibles incluso para dos masocas de la vida. Uno pensará que, una vez adquirido el pingüino, y por la misma regla de tres, nuestro amor debería extinguirse por falta de duelo. Que no se asuste el lector ni las respectivas familias, porque hace días que el lavavajillas se ha ido a tomar por saco y, en vez de acatar la inexorable reparación y bofetada económica, en casa intentaremos resucitarlo de las formas más absurdas e improductivas. Esto nos dará aire, to sum up, durante unos meses, y así podremos volver a ejercitarnos en la atracción conyugal hacia la impotencia.

A lo mejor algún día terminarán las penurias y todos los electrodomésticos funcionarán la mar de bien. Hay que temer este momento futurible, puesto que, contrariamente a un servidor (quien, a pesar de años de terapia, sigue disfrutando mucho más de la penuria que de los éxitos), mi costilla ha ido haciendo las paces con la vida con una sensatez admirable. En esto pienso cada noche cuando Alba se va a la cama y yo, servidor y tan buen compañero como me permite Immanuel Kant, llevo el pingüino a la habitación conyugal para que descanse fresca como un gazpacho de cereza. Mientras la costilla se adormece, yo veo documentales espantosos de asesinos en serie en Netflix en el salón, con la única compañía de uno de los setenta ventiladores que compramos fútilmente, pensando en el día en el que me abandone gracias al impulso vital y a la audacia de un experto en Foster Wallace o de un monitor de CrossFit. Quizás hará bien, pobrecita mía, porque ya es hora de que abrace la paz del disfrute.

En estos momentos, mientras lucho inútilmente por dormirme, oigo el pingüino de lejos —tan magnánimo como resistente— diciéndome que no me preocupe, que el instrumento a reparar está dentro de mí, pero que el frío todo lo disimula.