François Truffaut, uno de mis cineastas favoritos, está enterrado en el cementerio de Montmartre, y cuando voy a París —mucho menos a menudo de lo que desearía—, siempre le hago una visita de cortesía y de agradecimiento por las maravillosas películas que ha legado a la gente corriente como yo. Y no soy el único que visita su tumba cubierta de flores y, a veces, de cartas escritas por incondicionales. Yo nunca me he atrevido a establecer una relación epistolar por pudor. Mi francés, cojo, es incapaz de manifestarle en metáforas todo el amor que le dedico, y mi homenaje es silencioso, apenas un susurro y unos pasos alrededor de su sepulcro, talmente como las amantes de Bertrand Morane, el protagonista de L’homme qui amait les femmes, película que rodó en 1977.
Amar a Truffaut es rendirse a la nouvelle vague, y 400 coups, Baisers volés o L’argent de poche fueron mi puerta de entrada al mundo fílmico de otros cineastas de un movimiento que revolucionó el lenguaje cinematográfico y, también, las vidas de mucha gente nacida a lo largo del siglo XX, hasta que las redes sociales convirtieron a la generación 2.1 en una verdadera huérfana de la memoria. A Truffaut le debo haberme enamorado del cine de Claude Chabrol, de Éric Rohmer, de Louis Malle, de Jacques Rivette, de Agnès Varda, de Jacques Demy y de discípulos suyos, como Claude Sautet, Bertrand Tavernier o Philippe de Broca. Y, por supuesto, de Jean-Luc Godard, cineasta a quien dedico este artículo, con el permiso del director Richard Linklater.
Le tengo una envidia sana, a Linklater. Él es el cineasta que me hubiera gustado ser como amante del cine y que nunca llegué a ser por ausencia de talento. El cineasta texano es el más francés de toda su generación, el más francés de los cineastas estadounidenses, con el permiso de Spielberg, Scorsese, Benton, Penn o Altman, los primeros en adoptar la libertad narrativa de la nouvelle vague en las películas que rodaron, y que revolucionaron el cine de Estados Unidos durante los años sesenta. Pero la maestría de Truffaut y compañía es muy evidente en Linklater. Cada plano del director de la trilogía del Antes del destila el amor por el celuloide que transmitía Truffaut cuando perseguía al joven Doinel por las calles de París
Curiosamente, Linklater nació en el año en que Godard estrenó À bout se souffle, y su nueva película titulada, evidentemente, Nouvelle Vague explica, con un memorable blanco y negro, cómo se rodó la obra fílmica que hizo de Godard el enfant terrible del cine europeo, fama que quiso mantener y nutrir a lo largo de su longeva carrera, y que le llevó a protagonizar intensos debates y crueles enfrentamientos con sus compañeros de generación, criados todos en la redacción de la revista Cahiers du cinema bajo la tutela intelectual de André Bazin. Godard y Truffaut rompieron su larga amistad a raíz del estreno, en 1973, de La nuit américaine, una maravillosa película que Godard criticó duramente. La respuesta de Truffaut fue una carta de veinte páginas. La muerte prematura de Truffaut en 1984 dejó la historia de desamor en el limbo del deseo de la reconciliación.
La nouvelle vague forma parte de una grandeur que nosotros, españoles, muy españoles, o españoles por imperativo legal, difícilmente alcanzaremos
A diferencia de Linklater, yo no tengo hacia Godard un amor incondicional por su cine, pero la película Nouvelle Vague me ha animado a volver a ver À bout de souffle con la mirada de un cautivo de unos tiempos en los que siempre deseé haber vivido en plenitud de condiciones y no con los ojos de un niño nacido en 1966. Después de ver la película, sigo pensando que muchas de las llamadas genialidades de Godard fueron motivadas por la falta de conocimiento de la técnica cinematográfica y de su narrativa, y no por las inventivas de un director que hizo del egocentrismo el escudo de todas sus inseguridades, lo que no quita la magia a una película que desprende la modernidad perenne de las obras que han revolucionado el mundo. Entiendo, por su simbología, que Linklater escogiera À bout de souffle para declarar su lealtad a la nouvelle vague, y desearía que su película sirviera para engendrar nuevos adeptos que llenen de cartas de amor las tumbas de Truffaut, Godard, Rohmer, Varda, Malle, Rivette y la de sus actores fetiche Piccoli, Noiret, Belmondo, Moreau, Ronet, Seberg, Audran, Laffont, Karina, Schneider, Brialy o Dorléac, un verdadero tour de force para los mitómanos como yo por los cementerios de Francia.
En la película de Linklater aparecen eminencias de la época debidamente anunciadas, perfectamente identificables, como si la juventud tuviera el poder de la eternidad. Sale Juliette Gréco, memoria sentimental del director, pero también podría haber comparecido Charles Aznavour, protagonista de Tirez sur le pianiste, cantante de origen armenio al que idolatro más por canciones como Hier encore que por su experiencia como actor al servicio de Truffaut.
La Francia de hoy también echa de menos la nouvelle vague, porque forma parte de una época en la que la grandeur estaba justificada. A diferencia de España, Francia ha tenido una voluntad exportadora de su saber, seguramente por un amor propio tantas veces criticado, pero, sin duda, tantas veces justificado por la nouvelle vague y por tantas cosas, pequeñas y grandes, que me hacen sentir un desgraciado por ser miembro in aeternum del Reino de España. A menudo me pregunto por qué no me parieron en Francia, en uno de los viajes paternos a Perpinyà para ver películas como Masculin, féminin de Godard o La guerre est fini de Alain Resnais, ambas estrenadas en 1966. No podían. A mi padre le habían prohibido salir del territorio porque era un ex-preso político y le habían retirado el pasaporte.
Mi abuelo Joan repetía a menudo una frase: “Maldito tamborilero del Bruc, si se hubiera metido las baquetas por el culo, ahora seríamos franceses”. Entonces no lo entendía del todo, ahora sí. Y no es que la Francia actual esté mucho mejor que nuestra tierra conejera, pero hay nostalgias y nostalgias, memoria y memoria, y la nouvelle vague forma parte de una grandeur que nosotros, españoles, muy españoles, o españoles por imperativo legal, difícilmente alcanzaremos.
