Cuando leáis este artículo, yo todavía arrastraré una resaca. No de vino, sino de emociones. Ayer celebramos nuestra boda por sorpresa. Pitu Roca ofició la ceremonia en casa de mi suegra. Todos los invitados pensaban que venían a celebrar nuestro cumpleaños —que también—, pero acabaron brindando por nuestro "sí".
—Mis vestidos de novia tienen garantía para que el amor dure toda la vida —me dijo Josep Maria Peiró.
Hace quince años ya me había probado uno de este diseñador al que adoro. Lo descarté porque me casaba en el Duomo di San Gimignano y acabé llevando un vestido que se parecía más al de una primera comunión —como la tradwife italiana que no logré ser— que al de Carrie Bradshaw que llevaba ayer.
Para quienes piensen que soy incapaz de guardar un secreto, aquí tienen la prueba de que se equivocan. Llevaba meses callando tanto el tema del pregón de la Mercè con mi padre como el de mi boda secreta. Daniel y yo nos hemos casado a escondidas. No se lo contamos a nadie hasta ayer. La gente creía que venía a celebrar nuestro cumpleaños, ya que, casualmente, compartimos fecha de nacimiento: él cumplía sesenta y yo cuarenta y cinco. Nadie sospechaba nada. Y eso era precisamente lo que queríamos. Que nadie se estresara —ni nos estresara— con el vestido, los regalos o todos esos detalles que a menudo acaban haciendo sombra a lo más importante. Hemos aprendido de los errores. Somos repetidores en esto de las bodas. Hay gente que prefiere ser el primer amor; nosotros preferimos ser de los últimos.
He tardado mucho en reconciliarme con la idea de volverme a casar. Mi primer matrimonio me dejó KO. Hacía solo cinco años que me había divorciado, tras un proceso largo y doloroso. Ya sé que las comparaciones son injustas, pero también son inevitables. Si mirarais las fotografías de mi primera boda, pensaríais que fue perfecta. La realidad es que viví toda la preparación con una angustia inmensa. Y la noche de bodas él desapareció porque tenía que acompañar a unos amigos. Ni ese día fui el primer plato. Yo, sentada en la cama, vestida de novia, incapaz de desabrocharme los cientos de botones de la espalda, durmiendo sola, todavía vestida y esperando a alguien que no llegó. Quizás por eso esta vez quería hacerlo todo al revés. Hacer la Pascua antes de Ramos. Sí, sí, ya hemos hecho los deberes de la noche de bodas. Firmamos los papeles un lunes de mediados de junio. Por la mañana, había dejado a los niños en la escuela e incluso había ido a nadar para quitarme los nervios. Quería que fuera un día normal. O mejor dicho: un día nuestro sin cosas superfluas que pudieran robarnos la calma y la alegría. Porque Daniel es mi marido y con él todo tiene otro sentido. Él es mi refugio. Y no solo cuando tengo frío. Una persona capaz de abrazar mis muchas imperfecciones sin intentar corregirlas. En un mundo tan obsesionado por la apariencia, él es mi verdad. Con él no necesito interpretar ningún papel, ni fingir una versión mejor de mí misma. Hace más de veinte años que nos queríamos como amigos con un poco de amor platónico. Y cuando le miro a los ojos, sigue apareciendo ese chico sin edad con el que casi nos besamos en aquella terraza. Aquel beso que no nos atrevimos a darnos entonces tuvo que esperar mucho tiempo, hasta que la vida nos volvió a poner en el mismo lugar mental. También siento la bendición de su hijo, Marc, al que no llegué a conocer, pero del que hemos aprendido cómo degustar la vida. Ver a Daniel amar a mis hijos como si fueran suyos es uno de los actos de amor más profundos que he presenciado jamás.
Mi marido Daniel es mi refugio y con él todo tiene otro sentido
—Mimo a tus hijos todo lo que no he podido seguir mimando a Marc.
No sé si ante una frase así toca llorar o sonreír. Yo solo sé hacer una cosa: besarlo y darle las gracias.
Desde fuera, puede parecer que sea yo quien le haya devuelto la alegría de vivir. Pero nosotros sabemos la verdad. Es él quien me regala los mayores ataques de risa de mi vida.
—Cásate con quien quieras, mientras no te separes nunca de ti misma —me dijo mi madre.
He tardado años en entender qué quería decir.
Y ahora sé que esta es mi verdadera boda. No porque sea la segunda, sino porque es la primera en la que no he tenido que dejar de brillar para encajar. Al final, cuando te casas en segundas nupcias —en mi caso (o en terceras, en el caso de Daniel)—, no es solo porque creas que esta vez irá mejor, sino que habla de tu fe en seguir creyendo en el amor. Esta idea me la regaló la también escritora Marta Carnicero, que me entregó en mano su ramo cuando se casó con Óscar. Esto, en nuestro primer verano como pareja con Daniel. Mi ramo tampoco lo he lanzado al azar. Se lo he dado a mi madre y hemos aprovechado para que, también de sorpresa, renovara los votos con mi padre para celebrar sus bodas de oro. No creo que, por cuestión de tiempo, los podamos alcanzar, pero es muy bonito tenerlos como ejemplo de complicidad, paciencia, humor y picardía. He descubierto que la vida no es una carrera, sino un viaje. Que el lujo no es lo que se fotografía, sino lo que se siente. Que el amor no es encontrar a alguien que te llene, sino a alguien ante quien te puedas permitir estar entera.
El hijo mayor de Daniel me ha traído el ramo, y el anillo de compromiso lo fue a elegir Daniel con su primera mujer, con la que nos llevamos genial. Hoy tengo un nuevo título: el de "madrastra". Me encanta esta modern family porque, con la edad, prefiero las cosas reales a las perfectas. Y sí, ¡somos unos valientes!
Hay vinos que necesitan años para llegar a su punto justo. Quizás el amor también. Aunque brinde con mi marido con agua, porque es exalcohólico. Se puede luchar contra todo menos contra el desamor. ¡Que vivan los novios!
