Desde hace ya bastante tiempo, se nos anuncia, con gran despliegue de medios técnicos y humanos, la amenaza de la inminente llegada de la extrema derecha. Como si fuera el único mal que nos atenaza. Como si haciéndole frente y venciéndola ya lo tuviéramos todo resuelto. Rufián, nuevo Cid Campeador de las Españas, lidera una cruzada para el reclutamiento de tropas de infantería con las que enfrentarse a ella. No seré yo —más bien al contrario— quien niegue los peligros reales de estos probables advenedizos que quieren devolvernos a pasados funestos (o futuros ignotos peores), pero, como sabrá cualquiera que pise de vez en cuando una librería, ya existen montones de expertos que hablan de ello y escriben libros. Tengo tendencia a no centrarme en aquello de lo que todo el mundo habla. Este tipo de consensos pseudoimpuestos siempre me han parecido sospechosos. Quiero hablar, por el contrario, de algo tan o más grave, pero mucho menos atendido y que, de hecho, no es una mera amenaza, por desgracia, sino una realidad plenamente consolidada que ya ha minado y corrompido de lleno los cimientos de nuestras democracias: la normalización de la excepción.

El pensamiento paradójico (¿‘normalizar la excepción’?, ¡de qué habla ahora este!), tan menospreciado en la tradición filosófica occidental, es, sin embargo, especialmente útil para llegar al meollo de las cosas y las realidades sociales. Me explico: en democracia tenemos que funcionar, en condiciones normales, de un cierto modo, aquel más respetuoso con los procedimientos, los derechos y los tiempos. Así lo hemos establecido, ya que es así como, con más probabilidad, llegaremos a mejores decisiones. Excepcionalmente, cuando una circunstancia especial lo justifica, aceptamos, por necesidad, prescindir de dichos procedimientos, derechos y tiempos de reflexión para ser más eficaces y dar una respuesta más rápida a una situación urgente que nos obliga, puntualmente, a mutar los principios. Pues bien, de forma gradual y general (EE.UU., Europa, España, Catalunya), estos parámetros que estructuran las democracias se han ido invirtiendo. Hemos banalizado la excepción. Tal cual. Actualmente, vivimos la exacerbación más extrema de esta inversión. Sí, también ‘extrema’, como la extrema derecha, pero en el caso de España y Catalunya, protagonizada principalmente por la llamada izquierda. Intentaré poner algunos ejemplos.

Sostengo la tesis de que la extrema normalización de la excepción empezó, como casi todo, con el 'procés'

Decía Rousseau que la voluntad general reside en el pueblo, representado por los parlamentarios, y que se expresa a través de las leyes que estos aprueban... ¡qué cachondo! Pero si los parlamentos ya no aprueban casi nunca las leyes. Lo hacen los gobiernos, con los decretos ley, que en teoría deberían limitarse a situaciones de urgente y extraordinaria necesidad, pero que son más frecuentes que acabar tirado en cualquier rincón del territori (como se llama ahora) en un tren de Rodalies. Te despistas un momento y entre el postre y el café ya te han metido un decreto ley por donde no suena. ¿Qué decir, además, de la obscenidad de los decretos ley ómnibus, aquellos que regulan, ‘excepcionalmente’, en un solo texto, una gran variedad de temas. ¡¿A quién pretenden engañar?!: ¡qué casualidad que temas tan diversos tengan que ser, justo al mismo tiempo, ‘urgentemente’ regulados! Pedro Sánchez ha excelido en la técnica (que parece que ya no cuela, pero que ha colado durante mucho tiempo) de insertar en estos artefactos legales una golosina irresistible para que cada partido de la oposición, cayendo en la tentación, acabe accediendo, inocentemente, a tragarse el sapo entero. ¡Caramba, qué negación más cruda y quirúrgica del parlamentarismo democrático!

Sostengo la tesis de que la extrema normalización de la excepción empezó, como casi todo, con el procés. Antes, por ejemplo, que un tribunal interviniera un Parlament y le impidiera actuar no solo se erigía claramente en la excepción, sino que habría escandalizado a cualquier ciudadano con un reducto mínimo de conciencia democrática. Ahora, después del experimento catalán, lo vemos como lo más normal del mundo. Incluso lo esperamos con deleite y fruición. ¡Venga, otra vez! El 155 es, sin embargo, el emblema de la excepción. Ese 155 cuyo adelanto tanto anhelaba el actual president de la Generalitat. Una vez banalizado y mutado en mera espada de Damocles, cuando vuelva a activarse, ya lo daremos por sentado. Incluso nos diremos: ‘creo que han tardado bastante en volver a utilizarlo’.

La normalización de la excepción se manifiesta, de modo más sutil, en otros ámbitos. Veamos, por ejemplo, una noticia de hace dos o tres días: los partidos de izquierda quieren aprobar en Catalunya una ley para impedir la compra de viviendas con fines especulativos (nota al margen: no pretendo criticar el fondo de este proyecto; de hecho, creo que es razonable regular el mercado de la vivienda, siendo como es un bien de primera necesidad; tampoco diría que se me pueda calificar de juez —trabajo de juez— ‘pro-propiedad’, puesto que ya hace años llevé, sin éxito, el problema hipotecario al Constitucional, en un tema, el del vencimiento anticipado, que después sí que acogería el Tribunal de Justicia de la UE; simplemente pretendo, y aquí acaba la nota al margen, poner de manifiesto una nueva banalización de la excepcionalidad); como decía, quieren impedir las compras especulativas. ¿Cómo? Saben que no lo pueden hacer como algo ‘normal’ u ‘ordinario’. Saben que no pueden prohibir compras de manera indefinida y en cualquier caso. Por eso presentan el proyecto como limitado a situaciones ‘excepcionales’: solo para grandes tenedores, solo en zonas tensionadas y solo por un tiempo determinado. Pero si constatamos que para ser un gran tenedor son suficientes cinco inmuebles, que las zonas tensionadas integran más del 90% de la población y que el período será susceptible de prórroga (y que, evidentemente, una vez aprobado, se prorrogará), entonces nos explotará la cabeza viendo que lo que es, en efecto, excepcional y se nos quiere presentar, correctamente, como excepcional se articula, por el contrario, a través de una normativa aplicable, de facto, casi como normal o habitual. Dicho de otra forma, sería una nueva, pero muy estilizada, banalización de la excepción.

Vivimos instalados, plácidamente, en la excepción. La acariciamos día sí, día también. Da igual si, por el camino, entre escándalo y escándalo del VAR, nos dejamos principios estructurales que creíamos intocables. Pero, eso sí, ¡cuidado, que viene la extrema derecha!