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A estas alturas, todo apunta a un porrazo histórico de Junts en las municipales de Barcelona. El guirigay que ha precedido a la elección de Jordi Martí como candidato no ha ayudado, está claro. El hecho de que, en unas elecciones como las de la capital, el bagaje político y la experiencia del candidato como concejal no cuenten para nada, tampoco. Que Jordi Martí sea un personaje desconocido fuera del partido y considerado, dentro del mismo, una especie de tecnócrata merecedor de la luz gris del segundo plano, no influirá favorablemente en los resultados electorales. Convendremos que los aires de hombre abatido y sin mucha imaginación tendrán unas consecuencias electorales nefastas, pero cuando llegue el momento en que las consecuencias en cuestión se hagan efectivas, no será justo que el partido se excuse en el candidato

Jordi Martí es un candidato poco atractivo incluso para el votante convergente clásico barcelonés, a quien le empiezan a llegar los cantos de sirena de Aliança. Pero el problema de Junts Barcelona —y en todo el país— no es solo Jordi Martí, y no lo será el día que, para purgar la derrota, el partido lo use de chivo expiatorio. Junts no ha sabido cultivar un espacio ideológico ni durante ni después del procés. De hecho, Junts no ha sido capaz de cultivar un espacio ideológico definido desde su eclosión, pero a golpe de liderazgos y de explotar cínicamente el recuerdo del primero de octubre, a pesar del agujero de la abstención, ha salvado bastante los muebles. Ahora que el rédito de los liderazgos está agotado y que en Barcelona no tienen la carta del resentimiento contra Colau de la que Xavier Trias se servía, las cosas pintan mal.

Junts no tiene un proyecto para Barcelona. Junts no tiene un proyecto para el país. Para tener una noción de capitalidad y un horizonte para la nación, hay que tener una propuesta concretable que no haya sido vaciada, previamente, de toda credibilidad

Junts no tiene un proyecto para Barcelona. Junts no tiene un proyecto para el país. Y no tiene ninguna de las dos cosas porque, para tener una noción de capitalidad y un horizonte para la nación, hay que tener una propuesta concretable que no haya sido vaciada, previamente, de toda credibilidad. Jordi Martí podría ser un candidato flojo con una idea de Barcelona fuerte, heredero de un proyecto que le viene grande, pero legatario de algo, al fin y al cabo. No es el caso. Aliança capitalizará el discurso del orden que interpele a los bajos instintos del votante del Upper —catalán y español—, el PSC jugará a la Barcelona diversa cocapital del Estado español, y a Junts les dará la sensación de que les han quitado el bocadillo antes incluso de la hora del recreo. Faltos de un centro de ideas propio, el debate político habrá sido previamente condicionado sin que hayan incidido en él. Incluso Elisenda Alemany, con sus reels absurdos, se ha guardado un lugar en la carrera. 

Ya lo compadezco, al eterno concejal. Tolerado como candidato porque el partido no tenía mucho más que ofrecer, apela cándidamente a la solvencia y al conocimiento de la ciudad. Pero cuando llegue el momento y se ponga de manifiesto que los de Martí serán los peores resultados de Junts en Barcelona en lustros, la grisura del candidato servirá de excusa a Puigdemont para no asumir la negligencia de base que impide que Junts gane espacio. Pensaron que las rentas del procés serían inagotables, que para no heredar las taras de Convergència era mejor mantener un posicionamiento ambiguo en el eje social —o, directamente, no tenerlo—, que bastaba con rapiñar cuatro consignas de otros partidos en función de cómo soplara el viento para seguir flotando, y que desdibujarse les saldría más a cuenta que pensar en las necesidades del país en términos propios y trazar un nuevo camino. Una mezcla de pereza y vedettes. Y de pensar "sácame de aquí, mátame allí", hasta que a quien le ha tocado morir ha sido a Jordi Martí Galbis.