El otro día, hablando con un conocido, me quedé con la boca abierta cuando me dijo que hay muchos jóvenes que se declaran asexuales; es decir, que no sienten ninguna atracción sexual hacia otras personas y que, por lo tanto, no hacen el acto sexual, no cogen, no echan un polvo, no copulan, no hacen el amor (para los más románticos), no follan… Verbos que, si continuamos por este camino, caerán en el olvido. Yo, como buena boomer que soy, le dije, toda escandalizada, que era absolutamente imposible que eso fuera cierto, que se lo inventaba, y que, en caso de ser cierto, era catastrófico. Que ahora entendía por qué los jóvenes están tan deprimidos; que una vida sin sexo es una vida muy triste. Que el sexo —obviamente consentido y con alguien que te trata con respeto— es una fuente de alegría y de felicidad. Que el mundo ya es bastante deprimente como para ir rechazando joyas como el sexo. Que… Después de hiperventilar durante diez minutos, decidí que —quizás ya— me estaba pasando de rosca y frené. Pero mi cabeza no estaba de acuerdo con aquella decisión y empezó a hacerse preguntas: ¿por qué no tienen ganas de follar?, ¿se puede vivir o ser feliz sin sexo?, ¿la tierra es redonda?, ¿todavía me queda leche en la nevera?, ¿ho tenim a tocar?
Dejando de lado las mujeres (peri)menopáusicas, que por un tema hormonal perverso, además de perder la autoestima y la dignidad entre sofoco y sofoco, pierden el deseo sexual, no encuentro normal —llamadme anticuada, carca, arcaica, obsoleta…— que una persona joven —si no hay ningún problema subyacente— no tenga deseo sexual ni ganas de experimentar en este ámbito. Y si es normal, no lo encuentro justo y puede tener consecuencias nefastas en los jóvenes y en la humanidad. Así que decidí ponerme en contacto con la NASA, el MI6, el Mosad, el Club Super3 y La Trinca para descubrir qué se escondía detrás de aquella inapetencia. Y este es el entresijo que he sacado. Por un lado, está el factor psicológico: la ansiedad, el estrés y la depresión son unos grandes inhibidores sexuales, cuyas causas pueden ser múltiples (vivir en un mundo capitalista y perverso, tener una familia desestructurada, haber sufrido experiencias sexuales o relacionales traumáticas, tener una baja autoestima, tener miedo de decepcionar al otro, haber sufrido un coitus interruptus un 27 de octubre…). Y el factor de la salud física: desequilibrios hormonales, obesidad, problemas de salud crónicos, trastornos de conducta alimentaria… y un largo etcétera que hacen muy difícil poder disfrutar de la sexualidad con normalidad.
Prefieren el estímulo intenso de la pantalla al sexo real porque la realidad les parece aburrida, poco intensa y decepcionante
Por el otro, abusar de las pantallas, las redes sociales y la pornografía 2.0 —que, en mi opinión, es casi siempre consecuencia del factor psicológico—, que los aleja del tocar con los pies en el suelo, les crea expectativas irreales, los desensibiliza y hace que prefieran el estímulo intenso de la pantalla al sexo real porque la realidad les parece aburrida, poco intensa y decepcionante. A consecuencia de este factor, los jóvenes interactúan menos cara a cara porque sin el muro de la pantalla no se sienten seguros. La presencialidad los hace sentir vulnerables y la evitan tanto como pueden. En definitiva, un gran cataclismo social, cuyas consecuencias se sumarán al resto de cataclismos que vivimos actualmente.
A la conclusión que llego, después de haber hablado largamente con los mandamases, es que los jóvenes tienen miedo de echar un polvo, más que por el acto sexual en sí, por las consecuencias que puede tener a corto y largo plazo psicológicamente. Porque prefieren estar tranquilos y no tener altibajos emocionales que arriesgarse a pasarlo bien. Porque prefieren tener la realidad controlada (en la medida de lo posible) que aventurarse a ser heridos y pasarlo mal. El sexo no les compensa el posible desengaño, aunque haya un 80% de probabilidades de que no llegue a producirse. Tienen la mirada enfocada en el futuro en vez del presente. Han dejado de ser espontáneos (que no es sinónimo de irresponsables) en la única etapa de la vida que es posible serlo un poco. Han querido saltarse una etapa vital que echarán de menos en las siguientes. Como mujer de casi 47 años (el 6 de agosto es mi cumpleaños), solo os puedo decir una cosa (y creo que no me equivoco): la vida es demasiado corta y complicada como para no aprovechar las pocas cosas buenas que nos regala.