Los políticos españoles son de vergüenza ajena. Unos, los conservadores, porque son una pandilla de corruptos, orgullosos de serlo porque se consideran impunes. Otros, los de extrema derecha, porque pretenden acabar con la pluralidad nacional que conforma España desde la unión dinástica con un nacional-populismo neofalangista. Y todavía hay otros, los socialistas, que han perdido de tal modo su identidad ideológica que para conseguir que les escuchen, en vez de esparcir la idea de fraternidad propia del socialismo se apuntan a dar grandes voces con consignas nacionalistas. De los populistas de izquierda —o sea, Podemos— no vale la pena ni hablar, porque son como el nicaragüense Daniel Ortega: les gusta vivir como burgueses mientras sermonean al personal o organizan consultas trampa pera seguir al frente del mamoneo. Sólo les falta declararse católicos. O partidarios del esoterismo. ¡Qué panorama! En España ya nadie recuerda que la política es análisis y acción. Y, por encima de todo, un método para lograr el cambio sin violencia.

En Madrid, la política es sólo ruido y odio. Guirigay nacionalista, con Albert Rivera, alias Aznar, marcando el paso a los otros partidos. Afirman los articulistas catalanes del unionismo blando que la culpa de todo lo que está pasando en España es de los independentistas catalanes, que han despertado el monstruo nacionalista y autoritario español. Agresivo, legionario. Para este tipo de articulista —o “raza” de articulista, señor Iceta, habría podido escribir, con pleno derecho, el nuevo jefe del Govern—, la culpa es de la víctima y no del agresor. De lo que no cabe duda es de que la política española se ha “renacionalizado” y es hoy más intolerante que en 1978, por poner como punto de referencia el año en que se aprobó la actual Constitución. El miedo a la pérdida de identidad española en favor de una identidad europea ha provocado que los partidos españoles busquen a quién endosarle el mochuelo. A buscar un culpable de sus frustraciones. Y lo ha encontrado en los catalanes, de quienes los españoles hablan en global, sin distinciones, como si fuéramos comparables a los inmigrantes que les dan tanto miedo a los nacional-populistas europeos.

El colaboracionismo catalán con el poder español autoritario o directamente fascista no es nuevo

La técnica de culpar a la víctima de lo que has hecho tú es la que utilizó Franco para fusilar a los defensores de la República que se opusieron a la revuelta militar de 1936. Comprendo que el unionismo se oponga con todas sus fuerzas a la independencia de Catalunya, pero no que traspase los límites de la democracia. Cada día que pasa es más evidente que la nueva “causa general” contra el independentismo es un montaje tan monumental y falso como lo fue la primera, la que dirigió el catalán Eduardo Aunós, ministro de Justicia, “para destapar las manifestaciones más destacadas de la actividad criminal de las fuerzas subversivas que en 1936 atentaron abiertamente contra la existencia y los valores esenciales de la Patria”. El colaboracionismo catalán con el poder español autoritario o directamente fascista no es nuevo. Albert Rivera no es una excepción. En absoluto. Los catalanes somos una sociedad nacionalmente escindida porque perdimos el Estado hace muchos años y hemos tenido que asimilar los cambios sociales y políticos sin ejercer el poder que habría podido regularlos. Al contrario, con el Estado al que pertenecemos en contra.

Circula por Internet una fotografía donde se ve una mesa con un montón de comensales, como si fuera la comida de una boda. Según parece la foto corresponde a un mediodía de uno de los días que en Barcelona se celebraba el torneo de Tenis, el Open de Pedralbes. Repartidos por toda la mesa estaban los capitostes del Grupo Godó —siempre escrito en castellano—, empezando por el Conde, el director de La Vanguardia, el siempre servicial Màrius Carol, Pere Guardiola, director general comercial del Grupo, y Josep Caminal —aquel a quien se le “quemó” el Liceo y que fue secretario de organización de CDC de la época Roca—. Los tres comían con los líderes de los partidos que el pasado mes de octubre aprobaron el artículo 155 que suspendió la autonomía y depuso el Govern de la Generalitat. Los invitados a esa comida eran, por consiguiente, Xavier García Albiol y Jorge Fernández Díaz, del PP, una reliquia franquista; Inés Arrimadas y Fernando de Páramo, dos muestras del nacional-populismo español que actúa en Catalunya; y Núria Marín y Miquel Iceta, los sepultureros del PSC. En Lleida, en 1981, también se celebró una comida restringida antes del golpe de Estado del 23-F de los poderes españoles contra la Constitución y, sobre todo, contra el Estado de las Autonomías. De esa cena no existe ninguna fotografía y es una lástima que no las haya, a pesar de que sabemos que Antoni Siurana, el alcalde socialista de la capital del Segrià, y Joan Reventós, entonces primer secretario del PSC, compartieron mantel y conversación con Alfonso Armada, aquel general golpista que el Gobierno de España de Felipe González indultó alegando razones de salud; aquel Armada que había manifestado varias veces “su lealtad a la Corona y al ordenamiento jurídico constitucional”. Con antecedentes como ese, no debe sorprendernos la presencia de Iceta y Marín en la mesa de los apóstoles del 155.

El unionismo es hoy ácido sulfúrico que está disolviendo la democracia con la persecución de los independentistas

No sé de qué hablaron los comensales que asistieron a la comida del Tenis Barcelona, ni en qué idioma lo hicieron, pero puedo imaginármelo, en especial después de haber visto la coincidencia argumental de los tres partidos unionistas, junto con los principales articulistas del diario de los Godó, contra el nuevo jefe del Govern de Catalunya, Quim Torra, en la sesión de investidura presidencial. La deshonestidad política de estos partidos, que ha alcanzado unos extremos patéticos, acompañada de la deshonestidad intelectual de los articulistas, la de los unionistas pero también la de los soberanistas benévolos que no saben si han ganado o han perdido, está embruteciendo la democracia. La está destruyendo. España no ha madurado democráticamente en los casi cuarenta años de parlamentarismo constitucional de esta segunda restauración borbónica. Tampoco lo consiguió durante la primera, la de 1876, puesto que en 1923 España padeció una dictadura y en 1936 una la Guerra Civil, después de un breve periodo de aceleración democrática, de inteligencia republicana —por resumirlo a la manera de Ortega y Gasset—. Las causas de aquella Guerra Civil todavía persisten. Los historiadores del régimen, los que escriben en El País o en La Vanguardia, pueden argumentar lo que les de la gana, pero es evidente que los militares africanistas que se sublevaron contra la República lo hicieron para acabar con los masones “rojo-separatistas”. Contra los comunistas y contra la autonomía de Catalunya, digámoslo alto y claro, aunque contaran con la colaboración y la complicidad de muchos catalanes, de los partidarios de la “rectificación”, como Fernando —desde el 1936 quería que le llamasen así, en castellano— Valls Taberner, el antiguo dirigente de la Lliga. Los que entonces denunciaron “la falsa ruta” catalanista eran tan catalanes como los comensales unionistas del torneo tenístico de este año. Nadie nace vacunado por ser catalán, ¿verdad? Hay catalanes de todo tipo y condición. Por eso los hay que son de mala raza.

Quim Torra jamás debería haber pedido perdón ante unos ataques orquestados con mala fe por el unionismo. Se debe seguir siempre la recomendación del cardenal Mazarino y no bajar la guardia en público bajo ningún concepto. Lo peor del unionismo no es que reduzca a prisión a los independentistas y que les quiera arruinar la vida. Lo peor es, precisamente, que se inventa la realidad. De buenas intenciones, están llenos los panteones y por lo tanto no es necesario entretenerse en combatir las difamaciones. El unionismo es hoy ácido sulfúrico que está disolviendo la democracia con la persecución de los independentistas. El hecho de que a los unionistas no les pareciera un escándalo que se metiera en la cárcel a Jordi Turull en plena sesión de investidura, dice bien poco a favor de las cualidades morales de sus dirigentes. De los conservadores y de los nacional-populistas españoles no se puede esperar gran cosa. Tienen un poso antidemocrático que aflora a todas horas. De los socialistas, en cambio, sorprende que se hayan apuntado al descrédito de Quim Torra con tuits como el de Pedro Sánchez, que le llama el “Le Pen de la política española”. ¿Cómo se puede ser tan cretino? No podemos perdonar ni la acción ni la intención. A esta gente hay que declararles la guerra total. Esta gente no es que quiera acabar con los independentistas, es que pretende adiestrarlos, reeducarlos. Y sin embargo los unionistas no podrán engullirles porque representan el 50% o más de la población. Lo intentaran con mentiras y malas artes, que es lo que han venido haciendo los conservadores y los nacionalistas neofalangistas españoles durante años. Ahora, además, y visto lo acontecido durante el último medio año, cuentan con el apoyo de aquellos socialistas que, en España, se han transformado, si es que ya no lo eran anteriormente, en un nuevo nacionalismo socialista. La historia demuestra que las fronteras políticas son muy vulnerables.  Pierre Laval, por poner un ejemplo, antes de ser el viceprimer ministro del gobierno de Vichy había sido diputado socialista. Mitterrand pasó de seguidor de Pétain, de ministro de las Colonias, del Interior durante la guerra de la independencia de Argelia, a primer presidente socialista de la República francesa. Rien ne va plus.

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