Que ERC incumpla por enésima vez sus propias promesas y nos quiera vender gato por liebre, ya no debería extrañar a nadie. Desde los tiempos en que la señora de Ginebra, en su regreso pródigo a la tierra, dijo que venían “para acabar el trabajo”, y el trabajo se acabó con la presidencia de la Generalitat en manos de un defensor de la represión, desde entonces todo es esperable, y nada es sorprendente.
También entonces aseguraron que el título de Muy Honorable se lo cedían a Salvador Illa porque venía acompañado de un “modelo singular” de financiación que nos otorgaría “la llave de la caja” y derivaría en un concierto económico. De hecho, bajo estos parámetros la militancia avaló el acuerdo de investidura, con una Esquerra que votaba una y otra vez en el Parlament a favor del concierto. Pero todo era nuevamente mentira, una mentira vestida de grandilocuencia retórica, publicitada a bombo y platillo, felizmente encubierta por la prensa del régimen —catalán—, que se siente pletórica ante este republicanismo servil e inofensivo.
A estas alturas todo el que sabe de la materia ya tiene claro que el acuerdo Sánchez-Junqueras para la financiación es una tomadura de pelo monumental que, en expresión de Niño Becerra, representa pura calderilla para Catalunya, y para Germà Bel, una bolita del truco del trilero. Incluso Foment del Treball, en general pactista, ha dicho en boca de Sánchez Llibre que es un acuerdo “claramente insuficiente” que no detendrá el agravio económico, ni mejorará la situación de infrafinanciación que padecemos. Al contrario, consolida el carácter autonómico de Catalunya y garantiza el café para todos que desangra nuestra economía. Solo hay que mirar bajo el traje pomposamente adornado con quincalla brillante, para darse cuenta de que no hay “ordinalidad”, ni “singularidad”, ni “lluvia de dinero”, ni recaudación eficaz de impuestos, ni ningún esfuerzo por pensar, imaginar, diseñar, negociar una financiación justa para una nación secularmente expoliada. Recordemos que solo en lo que respecta a la falta de infraestructuras, Catalunya arrastra en los últimos años más de 42.500 millones de euros (dato de Foment del Treball).
Las trampas han quedado rápidamente al descubierto. Primero, es mentira la afirmación de Illa de que el nuevo modelo garantice la ordinalidad porque asegura que Catalunya será la tercera en aportar y la tercera en recibir. “Bullshit!”, que dicen los ingleses, y el desmentido lo da magistralmente Niño Becerra: “Cualquier nuevo modelo que no contemple los balances fiscales interregionales es un pegote que, en el caso de Catalunya, se transforma en calderilla: recibirá con este “nuevo sistema” 21.000 millones más. Pues bien, el déficit fiscal interregional para 2026 es de 23.000 millones. Antes Catalunya era la tercera en contribuir y la décima en recibir (la decimotercera, contando los niveles de precios). Ahora será la tercera en contribuir y la NOVENA en recibir”. Y añade el economista: “De risa”.
El pacto no representa ningún cambio estructural para Catalunya, se perpetúa el déficit fiscal y no salimos del régimen común de la LOFCA
A partir de aquí, el resto de las bolitas trileras: no se tiene en cuenta la población real, sino el “constructo artificial” (Germà Bel dixit) de la “población ajustada”, que no cuantifica el coste real de los servicios; no se tiene en cuenta la diferencia del coste de vida, que castiga especialmente a Catalunya; no se hacen públicas las balanzas fiscales, y finalmente, ni capacidad normativa, ni gestión, ni recaudación de todos los impuestos generados en Catalunya, a pesar de las múltiples ocasiones en las que nos han vendido el acuerdo al respecto. Al final, el pacto no representa ningún cambio estructural para Catalunya, se perpetúa el déficit fiscal y no salimos del régimen común de la LOFCA. Ni singularidad, ni ordinalidad, y, tal como ha avisado Antoni Castellà, “ni un solo euro” para reducir el déficit fiscal catalán.
Calderilla, quincalla y estafa, el triángulo del timo a los catalanes que ERC y PSOE acaban de perpetrar bajo los focos y sin ningún tipo de pudor. Lo peor de todo es que juegan con un tema tan sensible como la infrafinanciación que ahoga y empobrece a nuestro país, y lo hacen sin ningún pudor, motivados por la ambición de poder de sus líderes y los intereses espurios de sus partidos. Encima, ayudan a alimentar el bajo vientre de la catalanofobia española, siempre necesitada de ganar cuatro votos atizando el espantajo catalán.
Es agotador. Es agotador contemplar tanta pobreza estratégica, tanta cobardía personal, tanta mediocridad intelectual y tanta iniquidad política. Esto es lo que tenemos y sufrimos, y, sin embargo, todavía hay quienes aplauden con las orejas.