Después de la última estafa que quiere perpetrar Esquerra Republicana de Catalunya, habrá que empezar a decir que el histórico partido de Macià se ha convertido en una caricatura grotesca de sí mismo, tan alejado de cualquier compromiso catalán y tan fusionado con los intereses españoles que pasará a la historia de nuestro tiempo como un socio necesario de la desnacionalización de Catalunya. No lo puede hacer peor. O, dicho de otro modo, no puede tomar más decisiones contrarias al espíritu de un partido que tiene o debería tener la defensa de la nación catalana como eje fundamental.
La zanahoria del "tren orbital" es, sin duda, la gota que colma el vaso de una trayectoria de sumisión al socialismo español que marca el partido desde la concesión de los indultos. Habría que saber exactamente qué pactaron Oriol Junqueras con Pedro Sánchez en aquellas reuniones entre Bolaños y Rufián, que tantas sospechas despertaron en otros presos políticos como Jordi Cuixart. "A cambio de su indulto, nuestra rendición", era el runrún que circulaba en la época, idea que quedó remachada por la ignominiosa carta que escribió Oriol Junqueras en junio de 2021, en la que renunciaba explícitamente a la vía unilateral. Este era el párrafo de la sumisión: "Debemos ser conscientes de que nuestra respuesta no fue entendida como plenamente legítima por una parte importante de la sociedad, también de la catalana. En este sentido, quiero reiterar que nuestra prioridad es la vía escocesa, la vía del pacto y del acuerdo, porque sabemos que las otras vías no son viables ni transitables".
Parecía una carta, pero fue una prenda, y desde muchos sectores se entendió como una condición pactada en secreto con la Moncloa. Sea como fuere, después de aquel momento humillante, ERC inició un proceso de alejamiento del independentismo y de entreguismo al socialismo español que, lejos de reducirse, no deja de crecer.
Illa fue el líder socialista que se manifestó con todo el españolismo, Vox y Societat Civil incluidos, en contra del procés catalán, en servil obediencia a las tesis de su maestro Borrell
El último ejemplo es un auténtico paradigma de este giro estratégico que está convirtiendo a la vieja ERC en una patética copia de los Comuns. Ya venían de la incomprensible decisión de investir como president de la Generalitat al miembro del PSC que luchó con más furia contra el derecho a votar y a favor de una aplicación severa del 155. Illa fue el líder socialista que se manifestó con todo el españolismo, Vox y Societat Civil incluidos, en contra del procés catalán, en servil obediencia a las tesis de su maestro Borrell. Investir a Illa era un gesto de claudicación enorme que quedó inmortalizado con la famosa frase de Marta Rovira cuando volvió a Catalunya: "Hemos venido para terminar el trabajo que dejamos a medias". Y el trabajo era acabar definitivamente con el trabajo… Seguramente por eso se volvió a Suiza.
Después de aquel gesto político —que ha sido bendecido con la política agresivamente española de Illa—, vinieron la retahíla de promesas fallidas que el señor Junqueras nos vendía cada vez que hacía la genuflexión a Sánchez. De todo aquello, nada de nada, más allá de la exhibición desacomplejada del cinismo político. Incluso el IRPF nos prometían, y la cosa ha quedado como el resto del humo que han conseguido. Y, finalmente, la cuadratura del cinismo. ERC promete votar los presupuestos de Illa, no en vano se juegan los centenares de cargos que tiene colocados —vía diputaciones y Generalitat— en la teta pública. Cargos que después votan disciplinadamente al líder en los consejos de ERC. Una vez que se ha tragado el primer supositorio, viene el segundo: votará los presupuestos después de las elecciones andaluzas (por cierto, muy catalanes, a tenor de los improperios que nos han dedicado), para no enturbiar los intereses del PSOE. Y tercer supositorio: ni siquiera regalando este poder máximo a Illa es capaz de sacar nada tangible, a excepción de una zanahoria de hace veinte años que no tendrá culminación hasta el 2040 y que depende exclusivamente de la voluntad inversora del Estado, que todo el mundo sabe que una y otra vez es inexistente. En plena situación de colapso ferroviario, con millones de catalanes afectados diariamente, con un déficit inversor criminal, el cura de nuestra tierra nos vende un tren orbital que tiene todos los números de seguir la misma suerte que el corredor mediterráneo, eternamente prometido y definitivamente paralizado.
Esta es la nación que dibuja la ERC de la actualidad: una nación orbital. Es decir, una nación de papel, sometida a los designios del Estado, sin capacidad de decisión ni posibilidad de defensa y gobernada por un hombre cuyo proyecto es hacerla desaparecer. La nación orbital de Junqueras, en sustitución de la nación catalana. Si Macià levantara la cabeza…